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Las tertulias más 'granadas'
Granada fue una de las primeras ciudades tertulianas, desde las justas poéticas del Renacimiento a El Rinconcillo y Versos al Aire Libre
31.10.07 -

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Las tertulias más 'granadas'
HOY son una pandemia en las radios, donde se dan cita los opinadores profesionales en todo tipo de tertulias muy diferentes de aquellas originarias en las que se reunían una serie de artistas y escritores para divagar sobre sus creaciones. Granada, que precisamente hoy inaugura una exposición en la Casa de los Tiros sobre la tertulia del Riconcillo, es un territorio trufado a lo largo de su historia de estas citas de conversadores, desde las academias del siglo XVIII a las tertulias postrománticas y liberales, pasando por los gloriosos años veinte y la posguerra de Versos al Aire Libre. En unas ocasiones se reunían en palacios y cármenes, pero son los cafés los centros tertulianos más afamados, como el histórico café Alameda, de la citada tertulia del Rinconcillo.

Una de las primeras tertulias granadinas tiene su origen en la que se llamó Academia Trípode, que fue creada entre tres clérigos educados en el colegio granadino del Sacromonte: José Antonio Porcel, 'Caballero de la Floresta'; Alonso Dalda, 'Caballero de la Peña Devota' y Diego Nicolás de Heredia 'Caballero del Yelmo de Plata', sobrenombres todos que aluden a libros de caballerías. El grupo fue alentado por Alonso Verdugo Castilla, tercer conde de Torrepalma y cuarto miembro del grupo, con el apelativo de 'Caballero Acólito Aventurero'. Las reuniones eran irregulares y en principio se hacía una a principios de cada mes. Había un presidente, un fiscal o crítico de las piezas literarias presentadas y un secretario. Al final de cada reunión se proponían temas para la siguiente. La estética cultivada por los académicos apostaba por una restauración de la literatura de los grandes autores del barroco, y muy en particular del cordobés Luis de Góngora. Las tertulias tenían lugar en la Abadía del Sacromonte y desde 1740 en la casa del Conde de Torrepalma.

El Pellejo

Una de las grandes curiosidades tertulianas granadinas la constituye la sociedad gastronómico-artística denominada El Pellejo, surgida del grupo de amigos y familiares que celebraban comidas en el Carmen del Caidero, propiedad del médico López Flores. Aquellas reuniones 'palatales' permanecieron desde 1837 a 1858, último año en el que se completa el 'Libro de actas de la tertulia gastronómica pellejuna', que se conserva en el museo de la Casa de los Tiros.

Al concluir cada reunión se plasmaba en el citado documento todo lo allí sucedido: los manjares degustados, las representaciones teatrales, los recitales poéticos y musicales, y las muchas anécdotas.

Los asistentes a estas reuniones también participaban en los encuentros y veladas artístico-literarias de Granada, entre ellas las tertulias de la casa del músico Mariano Vázquez, en la calle Recogidas. Los grupos de El Pellejo y el de la casa de Mariano Vázquez coincidirán en La Cuerda Granadina.

Los 'nudos' de La Cuerda

La Cuerda Granadina vive sus años de máxima actividad entre 1850 y 1854, y tiene, entre otros muchos 'nudos', a Pedro Antonio de Alarcón como estrella literaria y periodística. No era en sentido estricto una tertulia o una academia sino una sociedad literaria y artística, sin normas ni lugar fijo de reunión, que congrega a los jóvenes creadores granadinos de la época. A este grupo se 'engancharon' celebridades como Manuel Fernández y González y el barítono Jorge Ronconi. El único testigo escrito de aquellas reuniones era 'El álbum de La Cuerda', donde se reflejan las competiciones de ingenio poético en forma de versos, composiciones musicales y dibujos. En la Casa de los Tiros se conservan los ejemplares de estos álbumes de los años 1853 y 1854, en los que se manifiesta cierta decadencia del grupo al marcharse a Madrid muchos de sus miembros.

El nombre de la tertulia tiene su origen en las 'cuerdas' formadas por ciudadanos liberales que los gobiernos conservadores mandaban a las posesiones españolas de Fernando Poo. Los miembros de la comunidad recibían el sobrenombre de 'nudos'. No todos ellos eran granadinos, pero la mayoría de ellos comenzaron su trayectoria próximos a la literatura, la política y los periódicos. Los miembros de La Cuerda son los 'dinamizadores' de la cultura local a través de diferentes diarios: Alarcón, en 'El Eco de Occidente'; Manuel Palacio, en 'Fray Chirimiqui' y 'El Granadino'; y Rafael Contreras, en 'La Constancia'. La Cuerda domina la prensa desde la que imponen sus criterios políticos y culturales. Llegarán a encabezar revueltas, como la que lideraron Alarcón, Leandro Pérez Cossío y Manuel del Palacio, en el alzamiento de 1854 en Granada.

Algunas de las reuniones de La Cuerda se celebraron en la mismísima Alhambra gracias al arquitecto y 'nudo' Rafael Contreras, que disponía de una llave de acceso al recinto. Los habituales eran alrededor de cuarenta. El primero de ellos es Pedro Antonio de Alarcón, a quien se le suma el poeta Manuel del Palacio y el novelista por entregas Manuel Fernández y González. Los hermanos Aureliano y Luis Fernández Guerra eran los grandes eruditos. De entre los periodistas, se encontraba José de Castro y Serrano, y como músico estaba Mariano Vázquez. La Cuerda contó con arabistas de prestigio como Juan Facundo Riaño y Montero, y con el catedrático José Moreno Nieto. En el ámbito netamente granadino destacaron los nombres de Francisco Javier Cobos, fundador de varios periódicos; José Joaquín Soler de la Fuente, periodista y autor de 'Tradiciones granadinas'; y el jienense José Giménez-Serrano, autor del 'Manual del artista y del viajero en Granada'.

Las reuniones tenían también sus excentricidades en plena efervescencia del postromanticismo, como la ascensión a lomos de burros hasta la Alhambra, en una especie de procesión artística, que describiera Manuel del Palacio.

Las citas del Avellano

El entorno de la fuente del Avellano, a los pies de la Alhambra, sirvió de lugar de reunión de los modernistas granadinos encabezados por el precursor de la Generación del 98, Ángel Ganivet. El autor de 'Granada la bella' fue el aglutinador de un grupo en el que se encontraban artistas y escritores, algunos de fuera de la ciudad como Santiago Rusiñol.

El mismo Ganivet dio cuenta de aquellas tardes, donde más que tomar las aguas de la fuente se consumía aguardiente. En el libro 'Los trabajos de Pío Cid', Ganivet describe una sesión de la Cofradía del Avellano, en la que aparecen citados los cofrades con nombre supuesto, tales como 'Antón del Sauce' (Nicolás María López), 'Feliciano Miranda' (Matías Méndez Vellido), 'Perico el Moro' (Gabriel Ruiz de Almodóvar) y otros. Los tres citados colaboraron con Ángel Ganivet en 'El libro de Granada' que vio la luz en 1899, tras la muerte del escritor.

Los cofrades del Avellano, según el testimonio de uno de ellos, Nicolás María López, «departían con serenidad y elevación, en estilo granadino, que sabe combinar la seriedad de los asuntos con el ingenio y la gracia».

Los rinconcillistas

La reina de las tertulias tanto por la altura intelectual de sus componentes y su trascendencia allende las fronteras granadinas fue la de El Rinconcillo, que se desarrollaba en el Café Alameda, que estaba en la Plaza del Campillo, en una casa que hoy se encontraría junto al restaurante Chikito. Mora Guarnido describe el ambiente de aquel lugar en el libro 'Federico García Lorca y su mundo'. Se denominó de tal manera debido a que sus miembros se situaban al fondo del café, detrás de un pequeño tablado donde actuaba un quinteto musical, en un rincón que bien podría acoger a dos o tres mesas.

El personaje dinamizador, como se diría en la actualidad, de aquellas reuniones era Francisco Soriano Lapresa, un hombre leído y provocador de la 'carcundia', que abastecía a los jóvenes de literatura rusa y de lo último de la música europea contemporánea. Al grupo, además de los hermanos Federico y Francisco García Lorca, se sumaba Melchor Fernández Almagro, Antonio Gallego Burín, Miguel Pizarro Zambrano, el filólogo José Fernández-Montesinos, José María García Carrillo, Fernando de los Ríos, el arabista José Navarro Pardo, Manuel Ángeles Ortiz, Ismael González de la Serna, Hermenegildo Lanz, Juan Cristóbal, Ramón Pérez Roda, Luis Mariscal, Ángel Barrios y un jovencísimo Andrés Segovia. El compositor Manuel de Falla también frecuentó aquellos encuentros, aunque en muy pocas ocasiones porque era un maniático de los ruidos. Otro de los más veteranos de aquel jovencísimo grupo era el socialista Fernando de los Ríos, quien fuera ministro de Justicia e Instrucción Pública, y una especie de tutor de los hermanos García Lorca.

Fruto de esta tertulia es la creación de un poeta apócrifo, Isidoro Capdepón Fernández, cuyos textos se atribuyen a Lorca; y los primeros dibujos que de él se conocen. Los 'rinconcillistas' hicieron recibimientos 'apócrifos' a Capdepón, un poeta llegado de las 'Américas' y que venía a representar toda aquella poética que denostaban los jóvenes vanguardistas granadinos.

La tertulia acogió la llegada de personajes tan variopintos como Wels, Rudyard Kipling, Rubistein y Wanda Landovska. Entre los rinconcillistas visitantes se encontraba Nakayama Koichi, alias 'Nakita', 'Torero de Emoción', tal y como rezaban sus tarjetas de visita, y es que era un gran aficionado a los toros. Uno de los personajes escasamente mencionados era el camarero que atendía al rincón, Navarrico, quien había servido en los barcos de la Compañía Transatlántica y decía: «Yo sé llamar hijo de puta a una persona en cincuenta lenguas». Era parecido a la imagen del bufón 'Don Antonio el inglés', de Velázquez. Cuando los 'rinconcillistas' se la mostraron dijo: «Soy yo 'pintao', pero el malángel que lo hizo me pudo poner en un traje decente y no esas ropas de payaso».

Versos al Aire Libre

La sequía intelectual de la más inmediata posguerra es paliada en 1953 por el grupo llamado Versos al Aire Libre. Fue la primera manifestación del resurgimiento de la poesía en Granada, cuyo lema procedía de Ganivet: «La poesía nueva debe hacerse al aire libre».

El grupo alzó la voz en la vida pública de una ciudad en la que ser poeta resultaba ser algo inconveniente, cuando no arriesgado, social y políticamente. «Para la mayoría de la ciudadanía ser poeta equivalía a ser comunista o ser homosexual», señala el poeta Rafael Guillén, uno de los fundadores del grupo, cuyo núcleo estaba formado por José Carlos Gallardo, Miguel Ruiz del Castillo, Julio Alfredo Egea, José García Ladrón de Guevara, el padre Gutiérrez Padia, Antonio Llamas Orihuela, Antonio Moreno Martín, Eusebio Moreno de los Ríos, Eduardo Roca Roca, Pepe López Fernández, Marcelino Guerrero y el trágicamente desaparecido Antonio García Sierra... También se encontraban las poetas Elena Martín Vivaldi, Pilar Espín, Juana Nieves Serrano, Teresa Camero y Mary Cervera.

No sólo asistían a los actos y reuniones semanales poetas más o menos en ciernes, sino narradores -Fernández Castro, Víctor López Ruiz-, periodistas -Corral Maurell, Ruiz Molinero-, pintores -Izquierdo, Revelles, Moscoso, Nono Carrillo, Moleón, Lozano, Juan Manuel Burgos, Santaella, Sánchez Muros, Marisa Navarro, Cristina A. Morcillo, Fernando Belda, Ysmer, Soriano Quirós, Horacio Capilla, Villar Yebra-, escultores -Martínez Olalla, Martínez Puertas, López Burgos, Azaustre, Olmedo, Moreno- y el fotógrafo Guerri.

El grupo contaba con el apoyo y la simpatía de los catedráticos Emilio Orozco y Antonio Gallego Morell, y disponían de las páginas del desaparecido diario 'Patria' con la incondicional entrega de José María Bugella y de Eduardo Molina Fajardo, así como las de IDEAL, con José Corral.

Las reuniones comenzaron en el Carmen de las Tres Estrellas, propiedad de la familia de Ladrón de Guevara. La lectura y comentarios de poemas iba siempre acompañada de limonada, sangría o simple vino tinto con los típicos jayuyos y alguna que otra tapa.

La granadina Casa de América era el 'cuartel de invierno' de Versos al Aire Libre. Guillén recuerda la asistencia una vez de la poetisa cubana Dulce María Loynaz.

Para cada reunión era obligado solicitar el correspondiente permiso del Gobierno Civil, quien destinaba un miembro de la policía, que debía estar presente durante el acto. Así describe Guillén aquellos controles: «Ni que decir tiene que a todas asistía siempre un señor, bastante mayor que nosotros, que se colocaba discretamente en un rincón y que todos sabíamos que era el policía que, para la debida vigilancia y posterior informe, nos tenía asignado el gobernador civil. Era un señor bajito, calvo, que lo pasaba muy mal, pues no podía disimular su condición. Pasado un tiempo, lo invitamos a que se sentase con nosotros y compartiese nuestra charla, lo que hizo de mil amores. El hombre escuchaba y callaba y no se atrevía, en un principio, a tomar parte en nuestras disquisiciones. Pero, claro, tres años son tres años. Un día, ya a punto de disolverse el grupo, nos enteramos perplejos del nombre del ganador del certamen poético convocado por el Liceo. Era nuestro policía. Se llamaba Guerrero Milla».

«Fue la de Versos al Aire Libre una muerte natural. Al margen de la literatura, sus más activos componentes iban alcanzando la edad en que había que mirar el porvenir cara a cara, y así, uno tras o otro, se vio arrastrado por su destino», narra Guillén.
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