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La medicina de Dios
En rincones inesperados aún quedan muchos curanderos que reciben a miles de ciudadanos ansiosos por remediar sus males a través de la fe

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La medicina de Dios
'MANOS DE ORO'. Juan Fernández sana «sin saber cómo» a los que llegan a su cochera a pedirle ayuda. / ALFREDO AGUILAR
EN el siglo de la multimedia, de la telemedicina y de la lucha contra el cáncer, los curanderos, personas que sin ser médicos ejercen rituales en lugares como cocheras, chozas o casas particulares, aún tienen lista de espera. Según una encuesta del CIS, el 17% de los españoles cree en el poder sanador de los curanderos. No es una cifra nada despreciable. Y la verdad es que aunque estén mal considerados, acuden a ellos muchas personas desahuciadas por la medicina tradicional o con verdadera fe en su capacidad para resolver los problemas ajenos.

JUAN FERNÁNDEZ

Curandero. Motril. 61 años

«Si dijera que curo el cáncer sería estúpido»

Juan Fernández es un hombre tremendamente risueño y modesto que lo primero que asevera es: «Yo no curo nada. Curar es muy complicado. Yo sólo alivio. Lo más prudente es decir que la fe que la gente deposita en mí les ayuda a mejorar». A su consulta han acudido personas «con una uña del pie clavada, abandonadas por su pareja, con males de ojo, queriendo dejar de fumar o con problemas de caída del pelo».

Juan sana mediante la imposición de manos. «Me concentro y les mando a mis pacientes mis mejores deseos. Les toco distintas partes del cuerpo según las energías que yo creo. Nadie me lo ha enseñado. Parece que funciona porque la gente vuelve y me recomiendan de unos a otros», explica este hombre que calcula haber atendido a unas 90.000 personas en sus 25 años de oficio.

A muchos clientes los ha hecho «sentir mejor», con algunos se ha «equivocado», pero a ninguno le ha prometido un milagro. «Yo no digo que curo el cáncer ni cosas por el estilo ¿Pero si no lo cura ni la ciencia! Sería un estúpido o un payaso si lo insinuara. Otra cosa es que un paciente con cáncer se sienta mejor después de haberme visitado o que un esquizofrénico se alivie un tiempo... Yo, por mí, estupendo», confiesa este padre de familia numerosa que cobra una pensión de Alemania.

Con 5 ó 6 años Juan ya deseaba «ayudar a la gente», quizá lo llevaba en la sangre porque su abuelo «tenía mucha gracia para curar la culebrina, las verrugas...». «Con unos treinta años yo tenía una 'impresión' que la gente descubrió en mí. Un hombre en un bar repitió por lo menos ocho veces mirándome a los ojos que le dolía un hombro. A mí, no sé por qué, me entró remordimiento de conciencia y le dije que nos fuéramos a un patio para ponerle las manos en los hombros. Allí le di unos toques, casi sin saber lo que hacía, y él salió diciendo que se había quedado nuevo. Él se lo comentó a otra gente que empezó a venir a mi casa», rememora.

En aquella época, una tarde de playa, se le «ocurrió» ponerle las manos en la cabeza a la hija de una vecina aquejada de una otitis. «De verdad, yo no sabía nada, pero sorprendentemente funcionó. Le desapareció el dolor cuando ya estaban a punto de irse al hospital», recuerda antes de contar un episodio similar con un farmacéutico con un dolor de muelas que no mejoraba «ni con morfina».

Juan se muestra orgulloso cuando detalla su logro con un almeriense de 32 años que llevaba mudo desde los 7 años. «Vino con su hermana, que es enfermera. Ella casi se reía, pero el chico sí tenía fe. Yo comencé a meterle los dedos en la boca, de un lado para otro. Era una tontura, pero yo intentaba sacarle algún sonido de la boca, abriéndosela, pellizcándosela Gritó 'ahhh' una vez y le dije que se fuera después de darle una oración y mi foto. Cuando llegó a su casa pronunció 'Juan, Juan'. La hermana me llamó inmediatamente y volvieron al día siguiente. Entonces le moví la lengua y salió diciendo de aquí 'Juan', 'Almería', 'Jorge' Hoy día sigue hablando», explica orgulloso. «Y no te creas, yo mismo digo 'madre mía, las cosas tan tontas que hago', pero funciona y eso es lo importante. Que la gente venga a buscarme me ayuda a tener más energía y a curar mejor», reconoce.

«Ha sido un proceso lento, extensivo, de boca a boca. Jamás he puesto un anuncio. No hay un día que no llame alguien a la puerta. Aquí llegan personas de clase muy alta, muy baja, europeas, musulmanas... Todas son iguales. Sea quien sea lo escucho y atiendo», asegura desde su 'despacho', en Motril. A veces el local se le llena de regalos, «cajas de chirimoyos y carne de membrillo. Nunca he puesto tarifa ni la pondré. Ni siquiera pido la voluntad, aunque hay gente que sí deja dinero en una urna. Si me preguntan 'cuánto es', yo siempre digo que nada», añade este gran aficionado a la lectura.

'La voluntad'

Entre los escasos habitantes de Almegíjar se cuenta 'El santo José', un curandero casi jubilado que en su época dorada, hace unos 20 años, recibía autobuses atestados de gente. Hoy en día «ejerce menos», dice su vecina. Las persianas de su casa están echadas. Él vive dedicado a cuidar sus grandes extensiones de cultivo que, según comentan con cierto miedo las malas lenguas, pudo comprar gracias a la espléndida 'voluntad' de sus pacientes. 'El santo José' reconoció que había muchas enfermedades que no podía curar, pero que ayudaba «a la gente a sentirse mejor». A pesar de su modestia, tuvo devotos a raudales. Siempre fue reticente a hablar con la prensa.

ANTONIA

Paciente de Manuel, en El Fargue

«Noté cómo mi cuerpo se movía sin yo controlarlo»

Al igual que 'El santo José' son muchos los sanadores repartidos por la geografía granadina que no desean salir a la luz de un reportaje. Es el caso de Manuel, en El Fargue, un hombre de unos 60 años que en la cochera de su casa cura los males «mirando la estampa del Señor» y depositando sus manos sobre sus pacientes.

«Él se sienta en un sillón y le pregunta a la imagen divina si el paciente está bien o mal. Si la persona se balancea hacia delante, está bien; si se echa hacía atrás, está mal. Yo sentí cómo mi cuerpo se movía sin yo controlarlo. Luego me puso la mano en lo alto del pecho y me envió sus mejores deseos. A mí me curó la depresión y a mi hija un hombro que se le había salido. También vamos ahora con una amiga con depresión, que está mejor», cuenta Antonia, que describe la 'consulta' de Manuel como una habitación muy sencilla, con varios sofás y una mesa redonda.

«No cobra. Sólo te dice que cuando estés mal te acuerdes de él y le pidas ayuda. A mí me funciona. La prueba está en que tiene gente a montones», dice muy convencida.

También rotunda se muestra la 'Hermana Pura' cuando es invitada a contar su experiencia como curandera. «No voy a hablar, soy analfabeta y no me sé explicar. Si quieres y tienes algún mal, vienes algún día a Cástaras y yo te curo. Pero ya está», dice sin ambages esta señora que ya sólo ejerce en las Alpujarras. Y es que a Pura, casada con un taxista, su marido le ha «prohibido» bajar al Zaidín, en Granada, para pasar consulta. Aún así, hasta su casa se acercan muchos individuos para tratar de resolver problemas cotidianos.

No sólo personajes anónimos acuden a las casas de estas personas con supuestos poderes para remediar achaques que la medicina convencional combate desde hace mucho tiempo. Manuel Lizarra, un curandero de Órgiva que en la actualidad está hospitalizado, trabajó durante medio año en TVE y se codeó con catedráticos que escuchaban atentamente lo que tenía que decir, por ejemplo, con respecto a una enfermedad tan difícil como la psoriasis. Por su modesto puesto alpujarreño, desfilaron en su día 'El Puma' y Lolita, entre otros, pidiendo ayuda para mejorar sus gargantas.

'EL RULO'

Curandero de animales. Pórtugos

«A veces no cura la hierba, sino la fe»

Y de la amplia gama de remedios, rituales y sanaciones varias que se encuentran por Granada, uno de los personajes más peculiares es Antonio José Quirantes, 'El Rulo', un antiguo cartero de Pórtugos famoso por curar a todo animal que se le ponga delante. Los habitantes de aquellos lares creen en él más que en San Marcos, con perdón. Literalmente, 'El Rulo' es un 'curandero veterinario' que ha arreglado los males más rebeldes de media fauna alpujarreña usando plantas medicinales.

Hoy día algunos 'hippies' reclaman sus servicios, pero en su momento, «como había tantas bestias», trabajaba mucho más. Con sólo verlos establece un diagnóstico. «Los bichos no hablan, por eso hay que mirarles el pelo, los ojos, la boca, para saber lo que tienen», explica este descendiente de pastores que conoce al dedillo la vegetación de aquella sierra.

Pero 'El Rulo' tiene un secreto del que nunca ha presumido: «Es la fe en la persona lo que hace efecto. No son las hierbas. Es la fe la que mueve montañas. No sé de dónde me viene, pero, a veces, me han pedido ayuda algunas criaturas y haciendo una cruz con los dedos en su frente les he ayudado. 'Anda, vete, que no te pasa nada', he dicho mientras les hacía la cruz; y han mejorado», añade con modestia este hombre de 73 años que sólo ha ido en su vida una vez al médico. Fue por un problema de lumbares; le dijeron hace tres años que le tenían que operar, pero él se negó. «Me lo curé con unas hierbas, y hasta hoy».

«Es algo que lleva innato y algo le enseñarían sus abuelos. Pero también es verdad que antes, como no había carreteras, a fuerza de ver animales y personas enfermas año tras año se acababa aprendiendo. Es sabiduría popular», afirma su mujer.

MANUEL FARAGÜIT

Curandero y pastor. Lanjarón

«Sólo baja de la sierra los sábados»

Manuel Pozo Villaverde, para muchos 'Faragüit' por ser sus antepasados de la localidad de Guájar Faragüit, es pastor y curandero. Conoce la sierra como nadie, ya que pasa cinco días a la semana trabajando en la finca Ballesteros, a casi 2.000 metros de altitud, en pleno corazón del Parque Nacional de Sierra Nevada. Sólo baja los sábados a Lanjarón «a partir de las diez de la noche», dice su hijo al otro lado del teléfono. Cuando se reencuentra con la civilización, en su casa le aguardan sus paisanos para curarse los huesos, músculos, tendones, nervios, hernias de disco, reumatismos, artritis, lumbago, anginas, diabetes, la urticaria, problemas de circulación y acné. Todo con hierbas medicinales y con sus manos.

Pero los curanderos no son infalibles, también mueren y caen en desgracia. El 'Santo Manuel' de la Venta del Molinillo falleció, tras años viviendo en una choza, rodeado por cientos de fieles que se sintieron ayudados por este anacoreta. Esteban Sánchez, 'el santón de Baza' que sigue vivo y coleando, ha quedado relegado tras haber dañado la vista a algunos fieles obedientes que miraron sin rechistar al sol. Este joven curandero -que en su día, además de frecuentar discotecas, erigió varias ermitas en el pueblo que trajeron de cabeza a los vecinos con sus estrepitosas campanadas- sigue andando por su tierra descalzo y vestido con sotana, animando a sus persistentes seguidores a rezar el rosario todos los domingos.



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