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ALMERÍA - JAÉN - GRANADA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

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Adiós, José Gibert
Las cenizas del paleontólogo que descubrió el 'Hombre de Orce' y revolucionó las teorías sobre la colonización de Europa sobre los primeros humanos, descansan en Venta Micena

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ADIÓS, José. Con el mismo traje de faena que tantas veces te pusistes en tus excavaciones, ayer, tu hijo Luis esparció y mezcló tus cenizas con las de la tierra que tanto amastes, Venta Micena, Orce. Fueron solo unos segundos. El viento las levantó y dejó reposar poco a poco, cálidamente, sobre el sólido y agreste suelo. Suaves pero fuertes, tranquilas pero luchadoras, sin alharacas pero firmes. Como tú fuistes. El silencio fue total entre las cerca de trescientas personas que se desplazaron hasta este inhóspito y recóndito lugar de la provincia de Granada para despedirte. Tus hijos, Luis, Blanca, Patxu y tu mujer, Pepa, se abrazaron como una piña y rompieron a llorar. Todos juntos. Como tú les enseñastes. Blanca no pudo hablar pero te dijo adiós como mejor sabe hacerlo: tocando para tí al violonchelo 'El canto de los pájaros', de Pau Casals. Allí, al aire libre, como tu siempre te sentistes.

Luis, que ha recogido tu antorcha, intentó controlar sus sentimientos pero tampoco pudo. Dijo de ti que habías sido -y seguirás siendo para quienes te conocieron- una persona excepcional como maestro, padre, compañero y amigo... Valiente, solidario, bondadoso, inteligente y extremadamente culto. «Sólo tuvo un defecto -dijo-. Creyó demasiado en la bondad de las personas y, por eso, sufrió la más mezquina de las miserias humanas: la traición».

Sí, la traición de algunos colaboradores, discípulos y profesionales con influencias y carné político que no aceptaron nunca su superioridad científica y lo combatieron intentando desprestigiarlo. No eran ni habían sido protagonistas en un descubrimiento tan importante como el del 'Hombre de Orce' y con saña y falta de argumentos, lo combatieron denegándole, incluso, los permisos para excavar en este yacimiento y hasta afirmando que su hallazgo, respaldado por la mayor parte de la comunidad científica internacional, eran restos de un 'burro'. Rebuznos, diría yo. Simples rebuznos humanos que compartían con sus homónimos equipos un lenguaje común.

Un paréntesis. (Ningún representante de la Junta de Andalucía ni de la Universidad de Granada estuvieron ayer en Venta Micena para acompañar a José Gibert en su última despedida. Siempre llegan tarde a todo lo excepcional y verdaderamente importante excepto para las fotografías).

ADIÓS, GIBERT

«¿Quién no daría la vida por un sueño?». Francesc Ribot, amigo y colaborador de Gibert, hablaba así de su maestro, un hombre «honesto, honrado, coherente» que siempre hizo «lo que le dictaba el corazón». Y su corazón, mente, intuición y conocimientos lo llevaron en 1976 a Venta Micena, un anejo de Orce, en donde su capacidad científica le hizo ver lo que otros no podían por falta de preparación y conocimientos.

...Y vio como hace más de un millón y medio de años esta zona de la depresión Guadix-Baza, hoy un lugar empobrecido, semidesértico y tan árido en el que sólo crecen cardos y esparto, existió un inmenso lago, en el que desembocaban riachuelos de agua dulce que fluían de las sierras cercanas. Era un espacio abierto, rico en vegetación y salteado de arboledas, encinares y pinares, además de contar con una abundante y variada fauna que, según los restos fósiles encontrados, la integraban los ancestros de nuestros actuales ciervos, bóvidos, caballos, elefantes, pequeños bisontes y osos, cabras, lobos, linces hienas, felinos dedientes de sable, conejos, roedores, hipopótamos y hasta tortugas gigantes. No es un cuento. Los restos fósiles hallados en Venta Micena así lo atestiguan.

Este entorno natural lo compartían grupos de hombres, mujeres y niños, de no más de veinte o treinta personas, que deambulaban por los contornos del lago buscándose la vida y defendiéndose frente a sus poderosos enemigos depredadores. Y es que el 'homo' de antes era mucho más vulnerable frente al medio ambiente que el de ahora. Se alimentaba de la recolección de frutos silvestres, bayas, insectos y de la carne de los animales que les deparaba el azar o que obtenían, ocasionalmente, en rudimentarias cacerías en grupo. Utilizaban, como no, simples instrumentos de piedra, cuerno y madera como herramientas para su vida cotidiana y supervivencia pero, aún, no habían domesticado el fuego.

¿Se comunicaban? Claro que sí, aunque es imposible saber cómo, aunque cualquier forma de lenguaje era imprescindible para su cooperación social.

ADIÓS, PROFESOR

En 1982 volvistes a excavar en Venta Micena pero, esta vez, con un proyecto educativo en el que implicastes a numerosos alumnos de dos institutos catalanes a los que no solo acercastes al mundo científico sino, también, al trabajo de campo haciéndoles partícipes como voluntarios en las tareas de excavación.

Entre el material fósil que ese año se recuperó estaba un pequeño fósil craneal, de 8,4 centímetros de superficie y, aproximadamente, 4,5 mm. de grosor que, tras un sin fin de estudios y análisis, se comprobó que se trataba de los restos de un niño de unos cinco años de edad que, posiblemente, debió morir tras el ataque de un depredador. Las teorías de cómo la especie 'homo' había llegado desde África a Europa, se desmoronaron. No lo habían hecho sólo a través de Asia, como los restos hasta entonces encontrados demostraban, sino que también pasaron a través de Gibraltar hacia la península ibérica y en Orce, Venta, Micena, habían dejado su huella de paso que tú, Gibert, con intuición y sabiduría, supistes localizar.

Alimentastes almas para la ciencia y corazones para personas y así, ayer, lo reconoció uno de tus discípulos, Alfredo Iglesias, que siendo un alumno de instituto acudió en Madrid a una de tus conferencias sobre el 'Hombre de Orce' y decidió seguirte en rigor, alma y vocación.

«Para mí, él era un científico muy famoso y, yo un simple, estudiante. Pero me cautivó. A lo largo de 23 años he seguido sus pasos, su obra, su trabajo... Me enseñó todo lo que es evolución, rigor científico pero, sobre todo, vivir con dignidad»...

Alfredo rompió a llorar. Allí, en Venta Micena. Ante 300 personas que lo miraban en silencio y sentían su dolor. Ante las cenizas de quién más que maestro había sido su amigo y compañero.

ADIÓS AMIGO, COMPAÑERO

Nunca dejó indiferente a nadie. Quiénes les conocían quedaban cautivados por sus conocimientos científicos o por su calidad humana. Así lo dijo otra de sus colaboradoras y amiga, Florentina Sánchez, que al recordar a Gibert habló de su generosidad, de no haber hecho nunca nada en beneficio propio si no pensando en la ciencia o en los demás...

Entre los amigos que ayer le acompañaron en su despedida en Venta Micena estaba, anónimamente y sin destacar, el cantante Manolo García. También un gran números de miembros de la comunidad científica llegados desde distintos puntos de la geografía española, vecinos de Orce, anónimas personas que lo conocieron, admiraron y, ayer, fortalecieron su valor para luchar contra la injusticia que se ha cometido con José Gibert y que el tiempo y la historia remediará. Entre ellos Enrique García Olivares, que demostró con su estudio de las proteínas fósiles que el cráneo hallado en Orce era, incuestionablemente, humano. «Las gentes de mentes estrechas y anchas ambiciones no pudieron soportarlo y acudieron al desprestigio para marginarlo», dijo. Y dijo, también, que la «muerte es una derrota aunque los derrotados somos nosotros que tenemos que seguir viviendo sin su presencia, aunque nos haya dejado una gran legado».

Perdón, fue de las palabras más hermosas que ayer resonaron en Venta Micena. El perdón que pidió el alcalde de Orce, José Ramón Martínez, a la familia y colaboradores por el mal que desde la institución que él representaba les pudiera haber hecho. «No puedo hacerlo por otras -manifestó- pero prometo que desde el Ayuntamiento que represento no se volverán a cometer los errores cometidos hasta ahora. José Gibert era Orce y, Orce, será siempre José Gibert».

mvfernandez@ideal.es
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