EL extenuado homínido Gibert intuyó que su prolongado viaje de varias lunas había concluido. Había sido comisionado por el Gran Homínido Crusafont para buscar nuevos horizontes de aprovisionamiento, más al sur, para la Gran Comunidad Inteligente. Y estaba, por fin, en las ya casi desérticas tierras de Orce.
Ante sus ojos se extendía un cegador y atormentado paisaje, otrora escenario de ubérrimos humedales, bosquecillos y ríos, en donde habían pululado especies biológicas cuyos nombres e imágenes sólo permanecían en el recuerdo. Ello hizo latir más aprisa su poderoso corazón.
Consultó a la tierra y bajo ella comenzaron a palpitar las osamentas de elefantes, de hienas, de tigres de dientes de sable, de hipopótamos... y hasta de un directo precursor de la Gran Comunidad Inteligente, según afirmaron sesudos y viejos homínidos. La criatura fue desde el primer momento honrada con un nombre propio: 'Hombre de Orce'.
Los Grandes Adalides-Estadistas de la Comunidad del Sur, respondieron entusiasmados enarbolando los huesos de aquellos animales milmilenarios -sobre todo cráneos, aunque fragmentarios- alardeando ante el resto de Comunidades Inteligentes de su rancio abolengo, sin comparación posible en todo el ámbito, desde los hielos y las brumas escandinavas del norte, hasta las luminosas y cálidas playas del sur mediterráneo.
Los Grandes Adalides-Estadistas de la Comunidad del Sur quisieron asegurarse lo que ellos creían que en justicia les correspondía y ofrecieron al homínido descubridor varios homínidos ayudantes, que se ocuparían de carroñear en el ingente horizonte óseo del Pleistoceno. Los homínidos ayudantes, como es comprensible, sintieron como suyo el paraíso desde el primer momento y como consecuencia de ello exaltaban -en los corros que cada noche de plenilunio formaban los homínidos menos afortunados y que ellos mismos convocaban- las excelencias intelectivas del 'Hombre de Orce'. Fue, no cabe duda, un tiempo de gloria.
No todos los componentes de la Gran Comunidad Inteligente, no obstante, pudieron pastar en las grandes praderas de los campos de Venta Micena, Fuente Nueva o Barranco León. Y los ojos se les inyectaron de sangre y las palabras de furia. Dijeron -perdido el tino, la mesura y la ponderación propia de la inteligencia con que habían sido dotados- que el pasto no era lo nutritivo que el homínido Gibert y sus acólitos anunciaban, sino que habían vendido burros por hombres.
Los Grandes Adalides-Estadistas de la Comunidad del Sur, alarmados por el brusco cambio en la dirección del viento, retiraron su confianza al homínido Gibert. Éste, paciente, puso la cara una y otra vez para que se la partieran. Sus acólitos, sin embargo, contagiados de oportunismo en los niveles más altos que se pudiera imaginar, barruntando una inminente glaciación, huyeron a carroñear a otras orillas más alimenticias y renegaron una y mil veces de sus antiguas palabras, tan convencidas y tan sabias sin embargo.
Ni siquiera el Congreso de los más versados homínidos -venidos a estos lares de todas las selvas en que se asienta la Gran Comunidad Inteligente- en que afirmaron la inteligencia que había subyacido bajo aquel pequeño fragmento óseo, fue suficiente.
La maldición había hecho presa en el homínido pionero. Ya nadie quería oír su voz. Ni atender a sus razones. Por ello, una vez transcurrido un tiempo prudencial, los antiguos defensores y posteriores enemigos del paciente homínido Gibert, organizaron, ahora en Granada, la Fiesta de la Perplejidad Paleontológica donde, al fin, utilizaron como voz propia la que aquél les había prestado. Sin que se les cayera la cara de vergüenza. Y lo verdaderamente llamativo es que al paciente homínido Gibert ya no le permitieron sentarse entre ellos para defenderse.
Nuevos intentos por su parte se estrellaron contra el muro de odio que habían levantado quienes ahora pacían en el sagrado territorio alumbrado por él. Ni las largas conversaciones, ni los meditados argumentos que ofrecía una y una otra vez, hicieron que los Grandes Adalides-Estadistas de la Comunidad del Sur atendieran sus argumentos. Antes al contrario, prepararon trampas para su caza, diseminaron veneno en su camino, poblaron de acíbar las aguas manantiales, se taparon los oídos escuchando las pobres historias que les contaban los antiguos acólitos sobre pretendidos nuevos descubrimientos, ya intuidos y descubiertos por el doliente mártir.
Tiempo hubo en que decidieron darle unas migajas de las que caían de la bien abastecida mesa. Y él, estoico, aparentemente inmune al dolor, se puso a la tarea en la que había basado toda su vida. Y para hacer más ancha la ya enorme herida, los Grandes Adalides-Estadistas de la Comunidad del Sur ningunearon su labor sin ni siquiera visitar sus trabajos, cuando sí lo hacían con quienes habían accedido al grueso del pastizal.
Llegó incluso la afrenta de ser considerado como un delincuente por hollar las tierras que él había descubierto para la ciencia, el vilipendio de ser tratado como un transgresor de la ley por mantener aún encendida la sagrada llama de la ilusión.
Finalmente, tras una vida entera persiguiendo la verdad en las tierras que había vislumbrado y ofrecido sin reservas a la Gran Comunidad Inteligente, hubo de cerrar los ojos -esta vez para siempre- ante tanta iniquidad.
Pero ya nadie le podrá arrebatar que haya siempre una luz que él encendiera. Ni tampoco que sus cenizas sean tierra de su tierra, íntimamente unidas a la poderosa llamada de los milenios.
E igualmente sus cenizas, en palabras de Quevedo, serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado.





