Ese era uno de los aspectos fascinantes de Gibert, su pasión por enseñar, seguramente fruto de sus años de profesor de instituto. Gibert tenía una fuerte personalidad que amarraba fuertes convicciones. Con el tiempo su barba se volvió blanca y le dio un aire más mesiánico que acompañaba mejor al personaje especial e independiente que se forjó tras incontables años de lucha por defender la humanidad del Cráneo de Orce. Otro hubiera tirado la toalla, pero esa no era su forma de ser. Tanto dio la lata que al final se salió con la suya. Al final se encontraron en Fuente Nueva y Barranco León las industrias líticas más viejas de Europa, con más de un millón de años de antigüedad. Gibert estaba convencido de que en Orce había presencia humana y los años de excavaciones intermitentes y presupuestos raquíticos le dieron la razón.
Durante esa larga travesía hasta encontrar pruebas irrefutables de la antiquísima presencia humana en la región de Orce, Gibert fue objeto de todo tipo de burlas y críticas. Sé que esas cosas le hacían daño, pero yo siempre le vi como un 'enfant terrible' de la paleontología. Un personaje iconoclasta que sabía poner en un aprieto a los sesudos catedráticos e investigadores de ringorrango.
Nos ha dejado un paleoantropólogo absolutamente singular y su pérdida resulta irreemplazable. Nadie cogerá su testigo y se arriesgará tanto como hizo él. Su imagen de explorador intrépido circulando por los cerros de Orce al despuntar el alba, con su jeep verde de segunda mano, permanecerá imperdurable en mi memoria.





