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Adiós, amigo José Gibert

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HACE unos diez años, en una reunión de amigos, en la cueva que Dulcenombre tiene en Benamaurel, tuve la ocasión de conocer a un hombre del que había oído hablar mucho en los medios de comunicación. Se llamaba José, José Gibert; fue impactante, ¿qué personalidad!, ¿qué fuerza!, ¿qué sabiduría! Ahora se agolpan en mi cabeza tantos recuerdos que a duras penas puedo ordenarlos.

Acabo de conocer la noticia de su muerte. ¿Qué seca guadaña!, que inoportuna siempre, ahora que estabas tan bien Con Pepa, tu mujer y compañera de fatigas, con Luis, tu hijo y discípulo, tus hijas Blanca y Pach, tus nietos ¿Qué injusticia llevarte de repente! Qué chica se queda ahora la pelea burocrática. Qué chicos tus acérrimos detractores. Qué grandes emergen tus logros. ¿Cómo un científico catalán como tú logra hacerse granadino, orcense, vivir en una cueva, de las típicas de la zona, mostrar con orgullo su DNI con residencia en Venta Micena (Orce), ser conocido y apreciado por todos sus vecinos, sin distinción? Será acaso porque los grandes hombres no tienen 'patriotismos', será acaso porque el humanista, el científico, está consagrado a su saber y al bien de la humanidad, y tú, amigo José, lo estabas, yo lo puedo afirmar.

Han sido tantas horas de charla, de debate, de análisis, en tu cueva con Pepa, en mi casa de Granada, por teléfono. Recuerdo ahora mismo nuestra última conversación telefónica de hace un mes. Yo pregunté directo, así soy yo, ¿dónde estás?, tu respondiste: «donde voy a estar, en Murcia. Aquí me quieren (las autoridades, se entiende), me dan permisos ». Cuánto dolor en tus palabras, qué resignación. Yo no sabía qué decirte, qué podía hacer yo por ti. Soy andaluz, pero no puedo responsabilizarme de la injusticia cometida contigo en los últimos años. De eso que otros se hagan cargo. Estoy seguro que el tiempo pondrá a cada uno en su sitio. A ti, en el tuyo, un gran científico que realizó y defendió el descubrimiento más importante del último cuarto del siglo XX en Granada. Seguro.

José, recuerdo ahora también el día que en tu cueva en Venta Micena, te entregué las 'anotaciones y sugerencias' a tu manuscrito 'El Hombre de Orce'. Pepa estaba nerviosa, mis comentarios y apreciaciones eran insolentes. Cómo podía osar yo, lego en paleontología humana, darte consejos, indicaciones, debido a mi carácter, casi órdenes, a ti, que te codeabas con Tobías, con la flor y nata de los paleontólogos del mundo. Y tú tan tranquilo. Sabías el espíritu que me animaba. Luis me daba tímidamente la razón, a veces. En el fondo buscábamos la complicidad del gran público para cortar el nudo gordiano de la burocracia, entendida como uso del poder. Ahora ese libro constituye parte de tu legado, de tu ingente legado, de tu testamento. Mis hijos podrán conocerlo y comprenderlo en unos años. Ahora, cuando ven el libro en el estante, me dicen «papá, el libro de tu amigo, el científico de barba blanca». Gracias a Manolo Pimentel, el editor, la obra vio la luz en Almuzara, qué agradecido estabas.

Hablando de legado, qué pueblo de Granada puede decir, como Orce, que un solo hombre le ha legado tanto. Cuando visitamos por primera vez el Museo que llevaba tu nombre, quedé impresionado. Qué cantidad de piezas, de fósiles, de utensilios Su visita es ahora una obligación para nosotros los granadinos. Así honraremos tu memoria. Ten por seguro que lo haremos. Además, has dejado colaboradores y discípulos que a buen seguro seguirán tu senda.

Adiós, José, amigo mío.
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