
Aranda anda de uñas con su misión principal, anotar goles. En cinco partidos vestido de rojo (dos como titular) aún no ha podido mostrar al club que le paga cómo celebra sus goles, un gesto que siempre lleva adscrito un pequeño homenaje, dirigido a una persona a la que el jugador malagueño conoció pero a la que la droga y un cáncer incurable impidieron ver que su hijo se ganaría un día la vida como futbolista. Con apenas nueve años, perdió a su madre, Nina Aranda.
«Era drogadicta, pero sólo tengo buenos recuerdos de ella. Siempre me acuerdo de ella cuando marco un gol. Y también antes de los partidos. Todos mis goles están dedicados a mi madre. Tengo su fotografía en mi habitación y siempre la miro antes de dormirme. Tengo una espina clavada porque no pude hacer nada por ella. Era un nene de nueve años cuando se murió», desveló en una entrevista concedida al diario 'El País' en enero 2004, cuando militaba en el Albacete, en Primera División.
Ganar siempre
Es la triste historia de un jugador que sólo conoció en vida a uno de sus progenitores. Su padre abandonó a su familia cuando él era apenas un bebé -nunca ha vuelto a saber nada de él, ni lo desea- y se crió bajo el paraguas de sus abuelos maternos y sus tíos en el barrio malagueño de El Palo, en cuyas playas se empezó a forjar la trayectoria de un jugador al que siempre ha acompañado la fama de díscolo y el sambenito de jugador con «mala cabeza».
La mejor definición de la figura de Aranda como futbolista la desgranó el periodista Francisco Merino en la edición de ayer de 'El Día de Córdoba': «Un delantero peñazo, de esos que meten los codos, miran con cara de loco a los jueces de línea y protestan lo suyo y lo del de al lado». Sí, Aranda vive los partidos y los pelea porque, según él mismo declaró en una entrevista hace tres años, «en El Palo, cuando jugábamos un torneo, nos decíamos que o ganábamos por las buenas o por las malas. Es mi forma de ser. No lo hago para mal, sino para bien, por vencer». Esa actitud le ha granjeado más de un problema sobre un terreno de juego. Y su prodigiosa memoria, también.
En su etapa en el Albacete, en un partido contra el Sevilla -su anterior equipo- fue expulsado por rememorar una mal momento del colegiado Téllez Sánchez: «Con lo malo que eres, no me extraña que te tiraran un teléfono móvil». Aranda hizo referencia entonces a la agresión que sufrió el 'trencilla' en un partido de Copa disputado entre el Castellón y el Valencia en el estadio Castalia un año antes.
Robó una moto
Ese carácter chusco le viene de su infancia, de sus andanzas por El Palo, un barrio del que le alejó el fútbol -un deporte al que le llevaron «los hermanos de mi madre, mis tíos»- y en el que llegó a tener sus devaneos con la delincuencia cuando aún era un adolescente. Con 15 años, Aranda cometió su primer y único delito.
Según ha relatado en alguna que otra ocasión, robó una motocicleta con la intención de venderla y comprarle un regalo a su novia. Contó con la colaboración de un amigo, que le hizo un 'puente' a la moto. La policía los pilló 'in fraganti' y Aranda asumió todo el 'marrón'. «Declaré que era la primera vez que robaba algo y que era para comprar un regalo para mi chica. Al final, me dejaron marchar», explicó en la citada entrevista publicada en 'El País'.
De su etapa en la 'Casa blanca' conserva una gran amistad con otro díscolo, el delantero camerunés Samuel Eto'o. A Madrid llegó de forma inesperada. Un día jugaba al fútbol con su equipo de El Palo. Entre el público un señor grande y discreto observaba todos sus movimientos y apreció su potencia y fuerza goleadora. Al final del choque, aquel hombre se le acercó y le cambió la vida. Se trataba de Vicente del Bosque, entonces director de la 'cantera' del Real Madrid.
«Me enteré poco después de que había robado una moto, pero decidí mantenerle en la cantera porque, si le hubiéraos echado, quizá habría sido un delincuente. Ganamos a un gran futbolista y salvamos a una persona maravillosa», recordó tiempo después Del Bosque, de quien el propio Aranda dice que «es el número uno. Aguantó mucho mis travesuras. Yo era un bala perdida y quería volver a mi playa». No lo hizo, debutó con el primer equipo en 1999 y volvió a jugar otro partido de 'Champions' en 2001. Numancia, Albacete, Sevilla, otra vez Albacete -ya en Segunda-, Real Murcia y, finalmente, Granada 74, fueron los destinos postreros de un futbolista que ha cambiado de número teléfono y ni siquiera se lo ha pasado al club.





