Fito Cabrales camina por la avenida central de una ciudad de provincias acompañado de un puñado de Fitipaldis y colegas. Están de gira. Son los tiempos de ‘Lo más lejos, a tu lado’. La suerte ya ha entrado por su ventana con la fuerza de un tornado. Vende miles de discos. El éxito quiere obligarle a meterse en un traje de estrella, pero él no se siente cómodo: las costuras le aprietan. Fito, que es como el ‘tío calambres’, ha de interrumpir el paseo a cada instante. Firma autógrafos, sonríe, habla con la gente... Se le ve feliz.
«¡Venga, Fito, déjate de rollos que no llegamos!», le grita alguien de su séquito. Ni caso. Ahora besa a una mujer y a su hija pre adolescente. Ambas confiesan ser fans del guitarrista bilbaíno. Él agradece la fidelidad y se despide para detenerse de nuevo unos metros más adelante.
«¿Alguien sabe dónde puedo comprarme un chándal por aquí?», pregunta el artista a uno de sus seguidores... Fito ya es uno más, forma parte del paisaje de una ciudad que no es la suya, pero como si lo fuese.
Si quisiera vivir de placer, me buscaba un amor de cantina
Fito no sabe ni quiere ser estrella. Y eso que motivos no le faltan. Ayer por la noche, por ejemplo, abarrotó el Palacio de Deportes de Granada para cantar a los cuatro vientos que ‘por la boca vive el pez’. Desde hace una semana, o más, no había entradas. Lo mismo ocurrió en Oviedo o en Madrid y ocurrirá en las próximas citas. Después de un invierno bueno, una buena primavera. No hay lágrimas en la arena.
Fito está en lo más alto de la montaña rusa, pero no parece mareado. Se ha quitado los complejos de rockero puro y duro –en Platero y Tú, unos ‘Acedece’ de barrio que hacían mucho y buen ruido, no podía salirse del carril– y ha triunfado. Conserva el respeto de los fans de Platero o Extremoduro –con los que hizo ‘cameos’– y se ha ganado a los que, en materia de rock and roll, se sitúan en el ‘Centro’ –no se entienda en sentido peyorativo, ‘porfa’–. O sea, al mogollón.
Así que ayer, en el Palacio de Deportes, convivían en armonía el cuero negro y los jerseys con un cocodrilo reptando por la pechera.
Todo mi universo está debajo de tu ombligo
Fito canta bien, es un guitarrista entregado –Carlos Raya, su cómplice en el escenario, es un virtuoso alucinante– y tiene una cultura musical más que aceptable: blues, ritmo y blues (Dr. Feelgood y por ahí), pinceladas de soul y jazz, rockabilly –homenajeó a sus queridos Rebeldes– y destellos flamenquitos. En el momento acústico de la noche, mediado ya el concierto –la banda forma un tablao flamenco–, ‘el Fito’ se sacó una rumba de un tema de ¡Barricada! Los Chichos y Leño, todo en uno. Ya se ha dicho que Fito no tiene prejuicios. Lo suyo es como la fórmula de la ‘cocacola’ – ‘quiero mirar tus ojos del color de la cocacola’, canta en ‘Por la boca vive el pez’–, que gusta a casi todo el mundo. Casi, porque siempre hay ‘esaboríos’ y puristas. Ellos se lo pierden.
Pero lo mejor son las letras de las coplillas. Por ejemplo, eso de que ‘todo mi universo está debajo de tu ombligo’ es un hallazgo. Fito, que lee más bien poco según sus propias confesiones, tiene una facilidad asombrosa para fabricar versos que llegan y se quedan a vivir en quien los escucha.
Escogiste a la más guapa y a la menos buena
Las ocho o nueve mil almas que llenaron el Palacio de Deportes tararearon de principio a fin ‘Soldadito marinero’, la balada más célebre de ‘Lo más lejos, a tu lado’.
‘¡¡¡Soldaditooooo marineroooo conociste a una sirenaaaa / de esas que dicen te quieroooo si ven la cartera llenaaaa /Escogiste a la más guapaaaaa y a la meeeeenos buenaaaa / Sin saber como ha venido te ha cogido la tormentaaaaaaa¡¡¡’.
Flipante, Fito.
carlosmoran@ideal.es