Los agentes de la Policía Judicial de la Guardia Civil de Granada registraron ayer el domicilio de Beatriz Ordóñez Sahelices, la asturiana de 38 años cuyo cadáver apareció en un canal de Vélez de Benaudalla con signos de violencia, para recabar pruebas que aclaren las circunstancias exactas de su muerte. Mientras, el único detenido presuntamente relacionado con el crimen, Miguel H., de 44 años y también asturiano, permaneció ayer en las dependencias de la Comandancia a la espera de ser puesto a disposición del juzgado de Instrucción número 1 de Motril, lo que podría producirse hoy viernes.
El registro de la vivienda de Beatriz, ubicada en el número 39 de la calle Boadbil de Híjar, anejo del municipio granadino de Las Gabias, se produjo durante la mañana de ayer en presencia del padre de la fallecida. Éste se desplazó el pasado martes desde Sama de Langreo (Asturias), la localidad natal de Beatriz, para hacerse cargo de su cuerpo y apoyar en la medida de lo posible la investigación. La lista de efectos personales que se llevaron los agentes no ha trascendido. El juez mantiene el secreto de sumario. Ahora bien, los investigadores salieron del domicilio con tres bolsas con pertenencias de la fallecida, que serán analizados.
Voluntariedad
Además de estos objetos, la Policía Judicial de la Guardia Civil también maneja otros pertenecientes al único detenido hasta el momento. Entre otras cosas, la noche de la detención, los guardias le pidieron que le entregase la ropa que llevaba el día en el que estuvo con Beatriz en el paraje cercano al canal de Vélez. Según informaron fuentes cercanas a la investigación, Miguel H. se las entregó voluntariamente. Además, no se opuso a que mirasen si él tenía el teléfono móvil de Beatriz, que no fue hallado en esta vivienda. De forma igualmente voluntaria, el arrestado se ofreció a someterse a una prueba de ADN, seguro de que nada tuvo que ver con la muerte o agresión sexual a la fallecida, una vez que prestó declaración durante cinco horas.
En el relato de hechos que ofreció ante los agentes de la Guardia Civil, el detenido insiste en el suicidio voluntario de Beatriz. Según las citadas fuentes, el detenido asumió que estuvo ella en el lugar y el día que murió. Explicó que bajaron juntos en coche hasta la Costa granadina para pasear y charlar. Al regreso, y siempre según la versión del detenido, ella pidió que parase en el paraje ubicado cerca del canal. Allí, ella se suicidó. Antes de que esto ocurriese, y para explicar las agresiones del cuerpo y el reguero de sangre hallado, dijo que hubo un forcejeo entre ambos. Y es que, sostuvo, él intentó evitar que se matase.
La razón de que no notificase a autoridad alguna la caída de esta mujer por el salto de agua reside en su miedo a que, por una parte se le relacionase con la muerte, y, por otra, a las explicaciones que tendría que dar a su esposa sobre qué hacía con otra mujer.
Algo especial
Miguel negó sistemáticamente que Beatriz fuese su amante. Reconoció que tenían una amistad especial, intensa, que se conocieron en Asturias y que vinieron a trabajar a Granada, pero no de mutuo acuerdo. Insistió en que sólo se habían visto de forma esporádica, que la traía a veces en coche después de la jornada laboral. Él trabajaba en el polígono Juncaril y ella como contable en una constructora de Peligros, ambos lugares cercanos.
En contra de esta versión, los agentes manejan un indicio fundamental. A pesar de que Beatriz era reservada y a sus vecinas no les dijo nunca que tuviese –o hubiese tenido– una relación con un hombre casado del pueblo, su hermana sí conocía sus intimidades. De hecho, y según pudo confirmar este periódico con la Policía de su ciudad natal, cuando puso la denuncia por desaparición el pasado jueves 12 de octubre en Langreo, indicó que su hermana no tenía enemigos ni problemas en el trabajo ni cualquier otra circunstancia extraña. Sólo resaltó que «tenía una relación sentimental con un hombre casado, también asturiano, con el que se fue a Híjar después de que él se instalase allí con su familia».
Algunas incógnitas
El móvil del supuesto crimen –tesis por la que se inclina la Guardia Civil– está aún por concretar. El único indicio que se maneja por el momento es que ella quería alejarse de Miguel H., quien vivía con su esposa y su hijo de 14 años a escasos cien metros de su casa. Quería cambiar de trabajo e incluso de provincia, algo que había comentado a su hermana y a sus vecinas.
Sobre la vivienda, la mujer que regenta la constructora donde Beatriz trabajó indicó que quería buscar otro alquiler porque «Peligros está muy lejos de Híjar y dependía de que la llevasen en coche o del autobús».
El detenido, por su parte, para explicar un hipotético suicidio aludió, entre otras cosas, a sus problemas de vivienda, de trabajo y de dinero porque –dijo– se le acababa el contrato. Pero una de las responsables de la constructora para la que trabajó como contable contradijo esto último.
Es cierto que hace unos meses prescindió de los servicios de Beatriz porque, al ser una empresa pequeña, no podían mantener un contrato. Ahora bien, ella estuvo trabajando en otros negocios hasta que recientemente la constructora de Peligros volvió a pedirle que se hiciese cargo de la contabilidad. Pero esto coincidió con la desaparición de la joven y no llegaron a formalizar un contrato. «Yo la llamé para que me ayudase de nuevo. Pero no nos dio tiempo. El miércoles ya no vino a trabajar», indicaba ayer la antigua jefa de Beatriz.
A esta circunstancia que contradice la versión del detenido, hay que añadir otra, que puede resultar anecdótica, pero que todo el que conocía a Beatriz insiste en destacar como dato importante. Sus perros. «Ella siempre decía ‘no sin mis perros’. Hubiese hecho algo para no dejarlos solos».
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