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La chica que huyó de los talibanes es hoy una modelo top

La chica que huyó de los talibanes es hoy una modelo top
  • Huyó junto a su familia de Kabul y sobrevivió a las trampas que les tendió una banda de contrabandistas. Zohre Esmaeli se codea hoy con las grandes de la pasarela

Hay muchas formas de llegar a lo más alto en el mundo de la moda. La suerte y la riqueza son dos de los mejores salvoconductos, pero hay otra manera de despuntar en este negocio. No es la más deseable, porque a ella se accede únicamente a través del dolor. Es lo que le ha sucedido a Zohre Esmaeli (Kabul, 1985). Su vida era un drama hasta que esta industria se apiadó de ella y le tendió un puente hacia la supervivencia y la libertad.

La historia de Esmaeli confirma la existencia de los milagros. Tenía sólo nueve años cuando los talibanes se hicieron con el control de Kabul, donde vivía. Todo cambió de la noche a la mañana para esta afgana y su familia. «No me estaba permitido dejar la casa sola y tenía que llevar un burka a todas partes». Lo encontraba «incómodo», pero le «protegía de las aterradoras miradas» de los militantes talibanes que patrullaban la ciudad.«Mi prima fue azotada en plena calle al sorprenderla con las uñas lacadas mientras compraba unas naranjas en un supermercado», recuerda. Aquel hecho se le quedó grabado para siempre. La modelo que hoy se codea con las grandes top confesó a la revista ‘Glamour’ que la muerte por lapidación era «común. Vivíamos bajo el miedo y la opresión, especialmente las mujeres. A las chicas se nos prohibía hacer deporte, ir al colegio o al trabajo». ¿Qué podían hacer? «Barrer las alfombras y hacer la colada a mano», suelta. Si recibía invitados en casa, se encargaba de preparar también el té. Por supuesto, conocía muy bien los límites que bajo ningún concepto podía traspasar: «Nada de ser vista ni oída». No olvida, por ejemplo, cuando su amiga Jasmin fue a su casa y contó un chiste que le hizo reír en voz alta. «Mi padre me azotó como castigo», lamenta.

Fue cuando más echó en falta a su madre, fallecida en un accidente de tráfico. Zohre apenas tenía dos años y su padre la dejó al cuidado de su primera mujer, pero se sentía «perdida, abandonada y desarraigada». Por la noche soñaba con volar a otros países y «caminar bajo un arco iris, ya que la leyenda dice que si lo haces puedes cambiar de sexo», afirma. Esmaeli soñaba con ser un chico sólo para poder hacer las mismas cosas que ellos: montar en bicicleta y estudiar la carrera de «astronauta» para buscar vida «en otro planeta».

En aquella situación agradeció el largo –siete meses– y peligroso viaje que toda su familia –su padre, madrastra, hermanos, cuñado y sobrinos– emprendió en 1998 rumbo a Alemania. Su padre vendió todo lo que tenía para pagar a los contrabandistas 4.000 euros por cada una de las ocho personas que escaparon del terror. Soldados rusos irrumpieron una noche en una mezquita a las afueras de Moscú y obligaron a todos los hombres, en medio de una inmensa nevada, a desnudarse para robarles el dinero. «Afortunadamente, mi madrastra lo había escondido en un bolsillo que llevaba cosido en la entrepierna de su braga», recuerda. Pasaron dos semanas en aquel templo, «sin ducha y con un retrete obstruido. Los bebés lloraban mientras los refugiados nos arrimábamos unos a otros intercambiando horrores. El hedor a orina y humanidad impregnaba el aire». Zohre estaba «en constante estado de ansiedad» y dormía siempre «con tres pantalones puestos», porque los contrabandistas les amenazaron «con dejarnos atrás» si no estábamos preparados para «movernos al instante».

Llena de mugre

En la República Checa los bandidos les tendieron una trampa al obligarles a cruzar un río con la sola ayuda de un neumático y unas cuerdas. Sobrevivieron todos, pese a que ninguno sabía nadar. «Mi cuerpo tiritaba de frío y miedo, pero mi padre era como un león protector, una faceta que nunca le había visto antes», reconoce. Lo primero que hizo en cuanto pisó suelo germano fue ducharse en casa de un primo suyo. «Mientras frotaba la mugre, el agua se tornaba negra», recuerda.

La integración en Alemania fue rápida, pese al empeño de su padre porque siguiera viviendo «como si nunca hubiese salido de Afganistán». Trabajó fregando platos en un pub, pero tenía prohibido ir de fiesta con amigos y usar internet.Su hermana llegó a concertarle un matrimonio de conveniencia con un ciudadano afgano. Ante la incomprensión familiar, optó por la salida más dura: hizo las maletas y huyó a Stuttgart, a casa de la familia de su amigo Björn. «Dejar a los míos fue más duro que huir de Afganistán, pero mi deseo de vivir libre era más fuerte que cualquier otro sentimiento». Allí empezó a disfrutar de todo lo que tenía vetado: nadaba, jugaba al bádminton, se aficionó al cine y... encontró en la red un fotógrafo que le descubrió su perfil más atractivo.

Constituyó su pasaporte a la fama.Con 18 años firmó su primer contrato, que la condujo a Milán, Roma, París, Londres... Posó para firmas comoAirfield, Breitling y Joop y ganó «más dinero del que nunca pensé». También compartió mantel en Nueva York con figuras musicales como Jay-Z yBeyoncé. En 2004, un año después de abandonar a su familia, llamó a su padre para hacer las paces. «Nos encontramos y lloramos abrazados.Se dio cuenta de que los tiempos habían cambiado», cuenta esta modelo que se negó a pasar por brasileña, como le recomendó su agente, para que los clientes «no se asustasen» si descubrían su origen. «Estoy orgullosa de mi herencia afgana y cuando veo a refugiados llegar a Europa se me rompe el corazón porque les llevará tiempo dejar atrás el trauma que han experimentado». Lo dice quien descubrió que todo sueño es posible «cuando tu vida se vuelve intolerable».