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La corbata pierde interés

La corbata pierde interés
  • Hacerse el nudo a diario ya no es imprescindible para los banqueros. «Las costumbres se relajan», confirman los expertos. Todavía es un fenómeno incipiente, pero la moda empuja

A Francisco González (BBVA) le gustan estampadas y en tonos azules. Igual que a su colega Gregorio Villalabeitia (Kutxabank), que marca distancias con su antecesor, Mario Fernández, fiel a las encarnadas. Isidre Fainé (CaixaBank) es más de grises con rombitos minúsculos. Debe tener el mismo modelo varias veces porque se lo pone siempre. José Ignacio Goirigolzarri (Bankia) últimamente no se quita las azul marino con topitos verde manzana. El año pasado prefería las rayas diagonales. Hablamos de corbatas, ese complemento eminentemente masculino atado a los cuellos de los hombres de negocios. En este caso, de los presidentes de algunas de las entidades financieras más importantes de España.

Es casi imposible encontrar alguna foto de ellos sin este trozo de tela cuya historia se remonta al siglo XVII, cuando los jinetes del Ejército croata adornaban sus cuellos con pañuelos anudados. Hay que pillarlos en un renuncio. O en vacaciones... Ni siquiera se despojan de ella en su despacho. Al menos hasta ahora, porque parece que las cosas empiezan a moverse. La corbata ya no es fundamental en el uniforme diario de trabajo de estos altos ejecutivos. «Hay cierta relajación en las costumbres», confirma Pedro Mansilla, sociólogo, periodista y crítico de moda.

En el BBVA, por ejemplo, los últimos cambios en la cúpula parecen haber dado carta de libertad a los trabajadores de las oficinas centrales para decidir si se anudan la corbata o no en el día a día. El tractor de este movimiento tiene un nombre, Carlos Torres Vila, el nuevo consejero delegado. Proviene de un área, la banca digital, menos preocupada por la estética y parece que ha importado la vestimenta informal (dentro de unos límites, porque en chanclas no va nadie) a los últimos escalones del organigrama. En el banco, ni confirman ni desmienten. «Yo veo a todo el mundo con ella», comentan algunos trabajadores, ajenos a la supuesta transformación. Sin embargo, parece que algo sí ha cambiado, aunque sea levemente. Y la moda empuja: «Las tendencias de este siglo tratan de hacer la silueta cada vez más simple, quitándole cosas, desnudándola».

Lo de Torres, eso sí, es más «un gesto de personalidad» del que se trasluce que «la corbata ya no es necesaria para escalar socialmente», y «un guiño de complicidad con el cliente», interpreta Mansilla. Los tiempos cambian: hace unos años ese gesto era justo al contrario.«Piensa en tu abuela. ¿Confiaría en alguien que fuera en camiseta y con un piercing para dejarle los ahorros de toda una vida?». Este era el argumento que algunos jefes exponían hace no tanto tiempo ante sus equipos para convencerles de lo necesario que era mostrar buena presencia. «Y claro, tú sabías que no», admite uno de estos trabajadores que hoy está «encantado» con su traje.

Prescindir de la indumentaria más formal «nunca es fruto de la casualidad». Lo dice Olga Casal, experta en Protocolo de la Universidad de A Coruña. «En política está claro que tiene una intencionalidad». En campaña, los candidatos se visten de una manera más informal para acercarse al pueblo. Ahí está Pedro Sánchez, que se ha pasado dos semanas en mangas de camisa. Blanca, eso sí, para evocar transparencia. O los hombres de Alexis Tsipras, que se presentaron al mundo tras las elecciones griegas sin nudos alrededor de sus cuellos. «Quieren dar una imagen más cercana. De que todos somos iguales. Pero es mentira», detalla la docente, poco partidaria de estas concesiones. No hay que olvidar que «la corbata es un símbolo que servía para diferenciar los cuellos blancos de los azules», es decir, los trabajadores que se ganaban el suelo con su cabeza de los que lo hacían con sus manos, apunta Mansilla.

Sin códigos escritos

En el caso del sector bancario hay otro fenómeno que juega un papel interesante: el de la corrupción. «Los bancos se encuentran en una situación extraña», dispaa el sociólogo experto en moda Miguel Fernández de Molina. «Tienen mala fama y se ven obligados a usar la corbata para imprimir seriedad a su imagen». Sin embargo, «algunos de los delitos más importantes de los últimos años los han cometido los encorbatados. Incluso, de alguna manera, se considera que los bancos son responsables de ello». Y eso, claro, ahuyenta a los clientes por mucho que uno se haga el nudo más estiloso del momento.

«No se es ni más ni menos profesional por no llevarla, pero es necesaria en actos con clientes o cuando se represente a una institución o empresa», precisa la profesora gallega. Son los códigos «no escritos» de esta prenda. Porque su uso no está reglado en ningún sitio. Tampoco en las entidades financieras, que lo reconocen sin tapujos. «No tenemos un protocolo sobre esto. Lo que sí tenemos por escrito es atender a los valores de la entidad: calidad, confianza y compromiso social. De ahí se derivan todas las demás reglas», destacan desde La Caixa.

El Santander tampoco tiene decálogo alguno y eso que su anterior dueño, el difunto Emilio Botín, siempre vestía algo rojo, ya fuera una corbata, unos tirantes, unos pantalones... «Es verdad que la gran mayoría de los asistentes a actos corporativos lleva algo de este color, pero también hay quien no lo hace y nadie le señala», apuntan fuentes del banco que ahora preside Ana Botín. Ella, de hecho, pertenece a este último grupo. «No voy a vestir siempre de rojo», anunció en febrero durante la presentación de la cuenta de resultados de 2014. Un punto y aparte. «¿Que si ha influido? Seguramente sí, pero la identificación continúa», insisten desde dentro.

Precisamente el «sentimiento de equipo» es lo que ha llevado a una gran parte de los trabajadores de Bankia a comprarse la corbata corporativa. Porque ellos sí que tienen. Y sí, han leído bien, pagan por ella, que no están los tiempos para regalos. «Hay cierto orgullo en ello», subrayan desde la entidad, que lucha, hombro con hombro, por abrirse camino tras el escándalo de Caja Madrid y el rumbo incierto con Rodrigo Rato. En la tienda ‘online’ exclusiva para empleados hay varios modelos. El de este año es «el de topos» que luce Goirigolzarri. Pero «también hay una verde lisa para los más jóvenes». Cada una cuesta unos «veintitantos» euros. «Es a precio de coste, no hay intención de ganar dinero con esto». ¿Y para ellas? «Hay un fular», también verde. ¿Oportunismo? «Fue una petición». Es que los chicos «tienen mucha suerte».

El «orgullo» de ser banquero

Hasta aquí hemos hablado del negocio tradicional. Pero también existe la banca ética, que nació precisamente para corregir la usura de los primeros al no condicionar su negocio al criterio del máximo beneficio y la especulación. Aire fresco. ¿También en el ‘dress code’? Pues no. En Triodos Bank, una de las más veteranas, apuestan por la corbata. «Estamos orgullosos de ser banqueros y queremos que se vea». Para ellos, nada mejor que adoptar los códigos clásicos de la banca. Ahora, no obligan a nadie a ponérsela y ni siquiera la llevan en todas las circunstancias, solo en aquellas que tienen que ver con «reuniones comerciales y atención pública directa».

Esta última área es la menos permeable a los cambios estéticos de los últimos años. Es muy difícil que un gestor de clientes, trabaje para quien trabaje, no esté encorbatado. Al menos, en el entorno urbano, porque en el rural, la cosa es muy diferente. Lo cuenta un empleado de una caja con más de un cuarto de siglo de historia.

– Un compañero se presentó a la entrevista de trabajo en vaqueros. Cuando le preguntaron si pensaba ponerse traje, respondió que no.

– ¿Le cogieron?

– Sí. Su respuesta era irrebatible: «En el pueblo me conocen así y confían en mí. Si me pongo corbata, ya no me verán igual».