«Sigo muy activo en la política ciudadana de retaguardia»
JAVIER DÍEZ FORCADAGRANADA.
Un alcaudón alza el vuelo desde el lateral del puente de piedra que cruza el Guadalfeo. «Llevan por lo menos dos años anidando ahí, ya debe tener los pollos grandes», asegura Enrique Cobo, sentado al otro lado del río en la terraza del restaurante El Puente. El primer alcalde democrático de Motril vive ahora lejos del mundanal ruido, a las afueras de Vélez de Benaudalla. La presa de Rules, el río Guadalfeo y las escarpadas montañas de la zona son su paisaje diario. «Ya no trabajo pero 'hago cosas', como dicen los 'calés'. Sigo muy activo en la política ciudadana de retaguardia», matiza para explicar que la inquieta mente de este pionero de la libertad no descansa de maquinar 'políticamente'.
Con la misma intensidad con la que comenzó en sus años mozos en el Motril predemocrático. «Todo el mundo más o menos tenía inquietudes políticas y todos trabajaban por la libertad», concede generoso esta víctima de la persecución franquista. Licenciado en pedagogía y, más tarde, en Derecho, y militante del PTA (Partido del Trabajo de Andalucía) fue director técnico en un colegio de primaria en Motril y profesor interino en el instituto de Órgiva, hasta que lo apartaron por sus ideas. Más bien, por llevarlas a la práctica. «Intenté que los maestros y profesores se organizaran para reivindicar sus derechos...».
Lo mismo hizo en todos los trabajos que desarrolló desde entonces: jornalero, librero, camarero, administrativo, en la construcción, en la asociación de vecinos... Hasta que la política institucional llamó a su puerta tras la muerte de Franco. Primero en la gestora que se formó en el ayuntamiento de Motril tras la dimisión de todos los concejales franquistas en 1978, presidida por el alcalde vigente, José Molina Navarrete, que casualmente falleció el día que se hizo esta entrevista. «La verdad es que era un demócrata, hizo lo que le dejaron hacer». Se acordó que la representatividad se calculara con los resultados de las elecciones generales de ese año y Enrique Cobo fue concejal por el PTA. Un año después, ya con las urnas de por medio, el PTA fue el partido más votado y tomó la vara de mando. «Fue totalmente inesperado pero a la vez muy ilusionante, una etapa de mi vida que recuerdo con especial cariño. Puedo decir con seguridad que es donde yo he sido más feliz, porque la política municipal es la más próxima entre el político y el ciudadano, donde se experimenta la fuerza de la mayoría, si todos se unen por una causa, puede conseguirse», explica con entusiasmo aquella etapa de alcalde que duró dos legislaturas, la primera la comenzó en el PTA y la segunda, ya disuelto su partido, como independiente en el PSOE.
Un entusiasmo que ahora aplica a sus 'hago cosas' actuales. Como asesor altruista de la Fundación Sierra Nevada, por ejemplo, un grupo de cooperativas de economía social de Granada que da empleo a más de 600 trabajadores, la mayoría de ellos con riesgo de exclusión social. «Estoy intentando aplicar la política a la gestión empresarial y les echo una mano para formular algunas propuestas de futuro en cuatro campos: educación infantil, movilidad, excluidos y vivienda. Con el denominador común de que los destinatarios finales tienen que ser protagonistas desde el principio. Como debería ser la gestión de un ayuntamiento, vamos». También son frecuentes sus colaboraciones con ONGs y agrupaciones ciudadanas. «Y en Vélez echo una mano a los vecinos o al partido siempre que haga falta. Sigo teniendo carné del PSOE, aunque ya no ejerzo», remarca su alejamiento de la política institucional.
Mientras da buena cuenta de una ración de boquerones, Enrique Cobo revela sus aficiones 'extrapolíticas'. La pesca, precisamente, es una de ellas. «Me gusta echar la caña desde la roca, no en la playa. Y me gusta madrugar. El día de pesca, me levanto a las 4 y para las 11 ya estoy en casa», cuenta. Los paseos por Salobreña y por los alrededores de Vélez, o los ya más urbanos por Motril y Granada, ocupan parte de su tiempo libre. «En Motril me conocen y me siento querido», asegura agradecido. Ya en casa, la lectura es otra de sus pasiones, tanto la novela como el ensayo o la poesía. Se confiesa «devoto» de Saramago y lee «muy a gusto» a los poetas Luis García Montero, Rafael Guillén y Antonio Carvajal. La aspereza de sus manos delatan que con ellas no sólo sujeta libros. Un pequeño terreno con olivos y frutales tienen la culpa. Entre ellos corretean de vez en cuando sus dos nietas, de dos y cuatro años, que viven en Madrid pero a las que ve con frecuencia. «Son una delicia, me gusta mucho jugar con ellas y hacerlas protagonistas, que se expresen con el cuerpo y con la palabra», sale también a relucir la faceta de licenciado en Pedagogía.
Sonríe cuando hablamos de su animadversión por las corbatas. «Por la ropa en general. Me agobian las corbatas y no me las pongo. No es una cuestión de ideología sino de comodidad. Y no me gusta que 'me vistan'».
El alcaudón regresa a su nido en el puente de piedra sobre el Guadalfeo con un gran insecto en su pico. «Los pollos deben estar ya grandes», repite Enrique Cobo.
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