Entrevista

Garbiñe Muguruza: «La gente se piensa que debo ser la nueva Serena»

Garbiñe Muguruza, con el equipo español en la Copa Federación. /EFE
Garbiñe Muguruza, con el equipo español en la Copa Federación. / EFE

Liberada después de su título en Monterrey, la española habla con madurez de su evolución en las pistas y de sus ambiciones fuera de ella, dice que ya no es tan volcánica y reivindica su estilo

ENRIQUE YUNTA

Con cierto orgullo, Garbiñe Muguruza muestra una fotografía con una chaqueta que ella misma ha diseñado, feliz porque ahora, con 24 años, ha aprendido a que la vida no es sólo tenis. Sin embargo, muestra pasión cuando habla de las pistas y de su raqueta, liberada porque hace tres de semanas conquistó el título en Monterrey y maquilló un inicio de curso complicado. El jueves se retiró de Stuttgart por problemas en la espalda, pero no es nada grave y no altera su hoja de ruta, que le lleva a la Caja Mágica para participar en el Mutua Madrid Open. «Me encanta el torneo, ojalá pueda hacerlo bien esta vez», apunta. Antes, se sienta tranquilamente con este diario después de charlar con medios internacionales que quieren saber qué hay dentro de esta campeona de dos grandes y que, con 24 años, ya ha sido número uno.

¿Qué le pregunta la prensa internacional?

—Pues ahora me estaban contando, al margen de las preguntas habituales sobre la temporada, la gira por la tierra y demás, cómo me ven en Italia. Son muy fanáticos, o eso me ha dicho ella. Me ven como a una jugadora de referencia, terrícola. Son fans míos, me comentaba. Supongo que por la cercanía entre España e Italia.

¿Nota, sin embargo, que se le ve de otro modo en el extranjero?

—No lo sé, nunca me lo he preguntado, pero espero que me vean igual, me gustaría que se tuviera una imagen de mí como la que se tiene en España. Quizá aquí preguntan más cosas, los periodistas están más informados y es normal. E incluso aprietan un poco más, sí.

¿Cree que se le aprieta aquí?

—Hombre, un poquito sí. Más que en Corea del Sur, seguro. ¡Ja, ja!

Estrenó palmarés este año en Monterrey. ¿Fue una liberación?

—Monterrey me ha ayudado mucho, es obvio. El principio de año no me fue bien entre la lesión y entre los resultados que no cayeron de mi lado. No fue un inicio de temporada muy bueno y los últimos torneos salieron regular. Estaba jugando bien al tenis y no acababa de romper, así que Monterrey me fue de maravilla. Me sentó francamente bien, me ha dado un extra.

Dice que estaba jugando bien y que no acababa de romper. ¿Cuándo le pasa eso, qué hace? ¿En qué piensa?

—Antes me volvía loca, me ponía histérica. Ahora me sereno más, sé que saldrá en algún momento. Estaba cerca, he tenido partidos apretados que se han escapado, pero nunca he perdido la esperanza. Antes sí que me preguntaba continuamente por qué, me ponía nerviosa. ¿Por qué si trabajo y me entreno tan bien los partidos no caen de mi lado? Las otras no son mancas, juegan muy bien. Y más hoy en día, en donde cualquiera te va a ganar.

¿Ha aprendido a perder?

—No, no se aprende a perder, yo al menos no he aprendido. Pero sí que es cierto que me tomo la derrota con más serenidad. Antes no aceptaba una derrota y ahora reflexiono más, pienso en los motivos que me han llevado a la derrota. Soy más abierta de mente, no me cruzo ni me bloqueo. Antes me quedaba solo en el haber perdido.

¿Cuánto le dura un enfado ahora?

—Al día siguiente, uno como que pasa página. Piensas rápido en el siguiente torneo, en lo que toca trabajar, en el plan a seguir. Yo el día que pierdo estoy muy enfadada, claro, pero no te puedes quedar en eso.

Todo esto tiene mucho que ver con la presión que supuso para usted generar tanta expectación y más después de ganar Roland Garros en 2016. ¿Se aprende a convivir con eso?

—A mí la victoria en Roland Garros me costó mucho, tardé en asumirlo y hasta terminé un poco harta de que me preguntaran siempre por ello. Fue muy difícil llevar eso durante todo el año, sobre todo cuando se acercó la temporada de tierra y todo el mundo me lo recordaba. Yo no sabía cómo me iba a sentir, nunca había estado en esa situación y no tenía ni idea de cómo iba a lidiarlo.

Nada que ver con el éxito de Wimbledon en 2017, ¿no?

—Es que de Wimbledon no me he acordado en ningún momento. Es un torneo que está ahí, después de la tierra, y la sensación es completamente diferente. En esos términos, no tiene nada que ver lo que viví el año pasado con este, en absoluto. No pienso en Londres, es mucho mejor así.

¿Llegó a desear que pasara rápido Roland Garros para no tener que cargar con esa responsabilidad?

—Cuando terminó Roland Garros, y aunque es verdad que me hubiera gustado avanzar más (perdió con Mladenovic en octavos), sí que es cierto que sentí un gran alivio. Se acabó, por fin. Quería ganar, pero se acabó ese ciclo, ya sé lo que se siente y cómo llevar todo lo que genera. Ahora, nada que ver. Ya por Wimbledon no me preguntan, imagino que entonces sería la sorpresa.

Hombre, sorpresa tampoco, que siempre ha estado entre las candidatas a ganar Grand Slams.

—Bueno, no sé si sorpresa, pero fue una novedad. Ahora, ya le digo, no tiene nada que ver.

¿Cómo ha aprendido a vivir con la obligación de ganar?

—¡Es que yo quiero tener esa responsabilidad, yo quiero que la gente se piense que tengo que ganar! Es muy difícil, hay veces que tienes mucha presión, que una quiere triunfar y no siempre se puede. No se puede aflojar, pero me encanta sentir la adrenalina de la victoria, salir a la pista y competir. Insisto en que no es sencillo, ya le he contado lo que me pasó después de París, pero no lo cambio por nada. Me encanta pagar el precio de ser una de las mejores jugadoras y quiero seguir pagándolo.

Puede que se le pida mucho más ya que ha ido todo relativamente rápido, pero son las expectativas que usted misma ha generado.

—La gente no sé qué tiene conmigo. Todo el mundo se piensa que debería ser la nueva Serena Williams, la segunda Serena. Tengo esa sensación. Y es muy difícil. Es muy difícil mantenerse siempre en esos números, ganando torneos cada semana, estando a ese nivel... Hay muy pocas jugadoras que lo puedan hacer y, algo importante, muy pocas que con mi estilo de juego puedan hacerlo. Soy agresiva, yo arriesgo mucho. A veces fallo más de la cuenta y por eso pierdo, yo no soy una jugadora defensiva. Sé que hay días en los que me toca trabajar, me arremango y lucho de alguna manera. Pero es verdad que esa es la percepción que tiene la gente de mí y yo lo noto, es interesante. Y no nos olvidemos de que tengo 24 años, no tengo 37.

Pero esa percepción y esa exigencia se produce porque usted es capaz de ganar Wimbledon y a la semana siguiente perder en primera ronda de un torneo ante una jugadora poca conocida. Y eso va ligado con algo que siempre se le recuerda y se le reclama, que es la regularidad.

—Pero es que la regularidad, con mi estilo de juego, es difícil. Yo la intento trabajar, claro, hay momentos en los que he conseguido más y en otros menos. Pero la regularidad no es mi prioridad máxima. Mi prioridad es la de jugar bien los torneos importantes, ganar torneos, ser de las mejores... Eso conlleva trabajar la regularidad, pero no puedo estar pensando en hacer semifinales cada semana. No va a pasar. Ojalá y pase, pero es muy difícil. Y menos con mi estilo.

¿Se siente ahora más estable?

—Me siento más serena. Antes era un volcán. Me pasaban muchas cosas por la cabeza, negativa y positiva en un periquete, me enfada y no me enfadaba... Aunque no lo demostrase tanto, no tiraba la raqueta y maldecía, pero ahora estoy más tranquila. Lo paso mal también y me frustro si algo no sale, eso sí, pero es la experiencia. Cuando estás en una situación treinta veces, pues ya sabes de qué va. Todo lo voy mejorando, y aunque la vida de un tenista es muy corta, cada año es como una vida.

¿En qué ha crecido?

—Yo el tenis lo veo igual. Lo que no soy la misma 'teenager'. Mi vida es la misma, juego lo mismo. Tengo una perspectiva diferente, es verdad que me lo tomo con más tranquilidad como he dicho, me paro a pensar y si algo va mal me digo: «Garbiñe, tranquilízate, no es para tanto». En eso sí he notado diferencia.

¿Es real el discurso del día a día o del torneo o torneo? ¿No se emociona con nada en particular?

—Me emociona pensar en los grandes torneos, en hacerlo bien ahí. Todo es más. Más grande es la pista, más difícil es la rival... Pero realmente hay que jugar más de veinte torneos al año y quiero ganarlos todos. A mí me gustan las pistas grandes, las centrales. Es donde más ambiente hay, el público te pone nerviosa, sientes la adrenalina, la emoción. No es lo mismo jugar en la central, llenas las gradas y con algo importante de por medio que hacerlo en la pista 27. Me llena mucho lo primero.

¿Más importante que los títulos es el respeto que se ha ganado?

—Es algo importante. Trabajo para eso, y te tienes que ganar el respeto. Lo tienes que hacer todos los días. Hay tenistas que salen a jugar y depende de quién sea la rival ya han perdido en el calentamiento. Eso es el respeto. No se da con todas, claro, pero es importante que te tengan en mente, que sepan que es dificilísimo ganarte.

¿Por qué dejó de trabajar con Conchita Martínez?

—Conchita es una persona que siempre va a estar ahí, tengo una estupenda relación con ella desde hace mucho tiempo. Fue un mes muy bueno, era una experiencia que nunca había vivido. Una persona cercana que me ayudó mucho y finalizamos en Miami porque así estaba pactado, siempre va a estar ahí cuando la necesite.

Por la responsabilidad que se le concede después de haber ganado y de haberse hecho más popular, ¿tiene más cuidado con lo que hace?

—Mire... Hago lo normal, no hago nada diferente. Pero a la hora de hablar... Hoy en día es muy difícil ser natural. Yo lo intento, y tengo que cuidar tantas veces las palabras y utilizar otras... Ahora, por ejemplo, hablo con usted de un modo y digo exactamente lo mismo a otra persona y cualquier palabra que pueda tener otra interpretación se va a utilizar, se le va a dar un giro. ¿Por qué se hace? Sabes que ni ha sido en ese tono ni nada, pero... Hice hace poco una entrevista en inglés y se montó una historia... Y yo lo leía y pensaba: «¡Pero si yo no he dicho esto así!». Eso hace que tenga más cuidado, pero yo intento no perder la naturalidad. No quiero ser un robot, quiero ser como soy aunque pueda haber algún resbalón de vez en cuando.

Fuera del tenis, ¿en qué punto está su vida? ¿Está diseñando ropa?

—Pues mire, no es un secreto que me guste la moda y siempre he intentado ser coqueta aunque juegue, no va reñido. Se puede ser muy femenina y luego sudar en la pista a muerte. Como siempre voy en chándal, siempre he tenido esta cosa de interesarme más por la moda. Me gusta mucho y me ayuda a hacer algo distinto al tenis.

¿Antes sólo pensaba en tenis?

—Sí, sí, antes no había otra cosa, llega a saturar. Ha llegado un momento en el que es sano para mi mente que haya otras cosas en mi vida.

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