Golf

Cuando ser cuarto en Augusta «duele»

Rahm saluda durante la última jornada de Augusta. /ERIK S. LESSER (Efe)
Rahm saluda durante la última jornada de Augusta. / ERIK S. LESSER (Efe)

En el hoyo que se tragó a Sergio García, dijo adiós a su opción de ganar en Augusta cuando estaba a dos golpes de Reed y en pleno asalto final

COLPISA / AFP

¿Qué tendrá esa chaqueta verde que tanta atracción despierta? En una carrera de relevos primero y eliminación después, el Masters de Augusta dejó claro que no quería monólogos. Y recibió con los brazos abiertos a un Jon Rahm colosal, tranquilo pese a la brutal presión reinante en una jornada final antológica. Cuatro jugadores declinaban dar su brazo a torcer y uno era el portento de Barrika, que se descolgó en el tramo final por un golpe de todo o nada. En pleno asalto a la fortaleza de Augusta, llegado de dos birdies consecutivos y a dos golpes del coliderato de Patrick Reed y Jordan Spieth, vio desde la loma la bandera. Apuntó a trapo, su gen conquistador, y durante un vuelo interminable se vio cayendo la tarde rezando para que la más grande de las cinco tallas que tiene el club de su famosa chaqueta verde encajara en su inusual chasis. La siguiente imagen fue la de la mirada perdida, dolor. Mucho. Tanto que el cuarto puesto final le supo a poco porque flirteó con la reina del baile.

Puede sonar hasta un tanto hereje, pero es lo que hay. Comprensible. Por su forma de ser, de entrada nunca firmaría nada que no fuera ganar salvo que tuviera que pegar de izquierdas o moverse con muletas. No ha renunciado a su agresividad y no se marcha de Georgia como consecuencia de ella. Al contrario. Desde su entorno se le reconoce tan maduro que «sigue siendo igual de agresivo o más en el juego y no lo parece. Eso quiere decir mucho sobre cómo evoluciona».

La de ayer fue la crónica de un día mágico en el que Rahm confirmó lo que se sabía, que como el Masters él también es un grande de este deporte. Nunca se había visto en una de estas -a las puertas de ganar un 'major'- y parecía el tipo más acostumbrado del mundo a lo largo de un recorrido surrealista. Porque definitivamente, Patrick Reed no pasará a la historia como el portador más popular de una chaqueta verde. Un pasado turbio, con expulsión de varios centros y una universidad, acusaciones de robo que él negó, brotes de alcoholismo juvenil... Llamaba poderosamente la atención que se festejara en greens ajenos cada alteración del marcador en el que el de Texas fuera el damnificado. Un país que saca pecho y da lecciones sobre las segundas oportunidades le tiene crucificado al campeón de este año.

Aguantó el tipo como un jabato pese a quedarse sin comodines. Había llegado como líder destacado al domingo por el rédito sacado a los pares 5. Las cuentas no engañan.En las tres jornadas precedentes acumuló en ellos dos eagles, nueve birdies y un par, -13. Ayer, pinchó en esa faceta y regresó al golf humano en el que se mueven como anguilas Spieth, Fowler y Rahm, que aceptaron el papel de perseguidores mientras, posiblemente,el favorito popular, Rory McIlroy, se caía con todo el equipo tras un amago de atarle en corto, cual res en un rodeo.

Rahm seguía a rajatabla su plan. Ser sólido en los primeros nueve hoyos y en el cambio de tercio centrarse unos instantes en la clasificación y obrar en consecuencia. Llegó a ese punto de inflexión con -10 en el marcador y dos bajo el par en el día. Entonces, Reed acumulaba cuatro golpes de margen respecto al de Barrika, Spieth, Fowler y McIlroy. La segunda hoja de los servicios del día decía que en un supuesto similar tocaba meter una marcha más, arriesgar, apuntarse voluntario a menear el contador,lo que no dejó de suceder, aunque no lo suficiente.

El campo no jugaba a favor de la revuelta. Banderas amables, tiempo en calma, realidad bastante alejada de un posible cruento campo de batalla. Spieth era el más entonado y alcanzó a Reed justo cuando Jon Rahm también reaccionaba y con birdies al 13 (el eagle se quedó a un palmo y lo pudo cambiar todo) y 14, que pudieron serlo además al 11 y el 12 al quedarse a dos dedos, emuló el asalto de la caballería. La ensalada de tiros era espectacular y el público ya no se cortaba un pelo y convertía cada movimiento en la tabla en 18 coros progresivos dando la vuelta al recorrido.

Tuvo que ser en el maldito 15, que los días previos había convertido en sumiso escenario, donde su cara o cruz dio con el canto en la panza del green cuando la bola iba derecha hacia la gloria. Verla rodar hasta el agua no sólo le dolió a él. Su bajonazo anímico le costó no poder arreglarlo con el par y en adelante se sintió tan vacío, sabedor de que lo tuvo cerca, que su extraordinaria actuación dio paso al mano a mano que acabó no siéndolo entre Spieth, Fowler y un Reed que se llevó lo que mereció.

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