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El bisabuelo tiene su punto

Francisco de Paula Masats posa en el Tiro del Pichón, donde lleva jugando un lustro./ALFREDO AGUILAR
Francisco de Paula Masats posa en el Tiro del Pichón, donde lleva jugando un lustro. / ALFREDO AGUILAR

Francisco de Paula Masats, de 92 años, cumple «más de 80» jugando al tenis y es ganador de «un sinfín de trofeos» amateurs tanto en individual como en dobles

Sergio Yepes | FOTO: ALFREDO AGUILAR
SERGIO YEPES | FOTO: ALFREDO AGUILAR

Francisco de Paula Masats, Paco para los amigos, tiene cuatro hijos «como cuatro soles», cinco nietos que «son unos amores» y un bisnieto casi recién nacido que hace igualmente «mis delicias». Pero a la misma par, tiene una vitalidad desbordante, un vigor inagotable, que le permiten disfrutarlos y hacen de él un caso realmente excepcional. El paradigma perfecto de aquello de que 'al final, no son los años en tu vida los que cuentan, sino la vida de tus años'. Y si no lo creen, tomen nota.

El pasado 28 de mayo este granadino de ascendencia catalana cumplió la friolera de 92, lo que en teoría sería síntoma de cambios de percepción, vejez y decrepitud. Pero el hecho de que se trate de un «protegido de la naturaleza» no sólo le permite seguir en activo como letrado -lo cual ya es llamativo- sino que aparte rebatir esas otras leyes a las que se enfrenta a diario: las físicas. Y así mantener la forma ideal para conservar la esencia del gran tenista 'amateur' que siempre fue. De hecho, no hay fin de semana que se le ponga falta en las instalaciones del Tiro del Pichón, que es donde encima pueda presumir de ser todo un campeón. Tras haber ganado a lo largo de niñez, adolescencia y edad adulta «un sinfín de trofeos» en categoría individual, lo cierto es que ahora que es más maduro se sigue coronando en dobles con motivo de «torneos para vejestorios». Y esto, que ya es 'la pera', también le convierte en un reconfortante ejemplo de superación. En un caudal inagotable de brío. Es un bisabuelo que tiene su punto.

Sin secretos

Para este que de lunes a viernes, y en jornadas de cinco horas y media, se da cita en un despacho de abogados situado en Gran Vía de Colón, no encierra grandes secretos la vitalidad de la que siempre hizo gala. Dice que «no recuerdo haber ido nunca a un gimnasio». Y, también, que a lo largo de los tiempos «comí y bebí todo lo que hizo falta». De modo que quizás haya que buscar las causas de que se encuentre muy activo entre las ramas de su árbol genealógico, que es precisamente el que también dio como fruto su pasión por el tenis. Su hermano José, que es con quien «montó el negocio», también «sigue ejerciendo» a la edad de «95 años». Pero es que su madre, una mujer que se llamaba Encarnación y estaba preocupada de «las tareas del hogar», murió a «los 96». Por eso no debe extrañar tampoco que Luisa, la abuela paterna, llegara «a 83» también de los de antes, algunos de los cuales invirtió en transmitir al nieto su gusto por el deporte que «llevo practicando ya ochenta años largos». Ese mismo que a principios del siglo pasado ya tenía cierto peso. Y nunca mejor dicho.

«Mi abuela tenía una raqueta con un marco de madera maciza que no era tan ligera como las de ahora. Aquello era lo más curioso que yo he visto en mi vida. Y yo ya jugaba con ella tres o cuatro años antes de la Guerra Civil», dice quien tiene una memoria tan «precisa» que no sólo recuerda aquellos pasajes, sino que también «con nitidez» cómo sus primeros partidos los disputaba «en la pista de la colonia Cervantes», que es donde «vivía». Y donde no tenía que hacerlo tan mal pese a tener que cargar con «aquel mueble». Porque lo cierto es que a base de perfeccionar «el revés y la dejada» que siempre le caracterizaron ya en 1939, con sólo catorce años, logró proclamarse «finalista del Trofeo Corpus» en categoría absoluta. Un hecho que hoy visualiza «como si fuera ayer» aunque sea 'en blanco y negro'. Y que seguramente también le ayudó a comprender que es muy cierto eso de que la vida no es más que un pasatiempo.

«No recuerdo haber ido nunca a un gimnasio. Y como y bebo todo lo que haga falta»

De ahí que Paco acabara convirtiendo en suyo aquello que «me hace tan feliz que si me lo quitan noto que me falta algo y puedo caer deprimido». Porque lo cierto es que ya empuñando raquetas «metálicas, de aluminio o de fibra de vidrio», que de todo hubo con el transcurrir de las fechas, fue «socio de la Real Sociedad de Tenis hasta que murieron los compañeros con los que jugaba». De hecho, recuerda con orgullo que «en 1990 me llegaron a dar una placa por defender sus intereses durante 50 años, aunque estuve ahí casi sesenta». Pero es que «en el Tiro del Pichón, que es ahora su único centro de juego, «sumo más de cincuenta porque en mis inicios alternaba», comenta, que al zigzaguear entre las pistas y otros placeres de la vida terminaría por generar el asombro de su cardiólogo. «Cuando me hace un repaso me pregunta qué es mejor para vivir, si hacer deporte o el buen vino y el buen jamón».

«Cuando el cardiólogo me hace un repaso me pregunta qué es mejor para vivir, si hacer deporte o el buen vino y el buen jamón»

Esta es una de las más simpáticas anécdotas de quien además de competir en «diversas ciudades de España e incluso alguna del extranjero» -«jugué en Alemania»- también tuvo tiempo de prodigarse como espectador. «Normalmente sigo la Copa Davis todo los años. Aparte he estado viendo en directo también tres o cuatro ediciones del Roland Garros. Me he quitado de otras cosas para seguir el tenis y practicarlo», confiesa. Y tanto es así que ni siquiera «las cautelas que se toman cuando uno llega a mi edad» le hacen colgar las raquetas.

Desde «hace una década juego en dobles y no en individual», que resulta «más duro». Pero ha seguido mostrando buen nivel e incluso se ha proclamado «campeón del trofeo de la casa Mercedes durante los últimos cinco años». «Jugar me da la vida», apostilla. Y que «Dios me esté echando una mano estupenda» le permite demostrar que «los viejos estamos hechos de un material mejor que los jóvenes».

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