Juegos Olímpicos Invierno

Queralt Castellet consigue un diploma en Pyeongchang

Queralt Castellet consigue un diploma en Pyeongchang

La 'rider' española fue séptima en la final de 'halfpipe'

Javier Bragado
JAVIER BRAGADOMadrid

Queralt Castellet (Sabadell, 17 de junio de 1989) lo avisó en su casco: 'Queralt Time' (el momento de Queralt). Pero la vallesana tuve que conformarse con un séptimo puesto en los Juegos Olímpicos de Pyeongchang 2018, el noveno diploma de la historia olímpica en deportes de invierno para España. Lla estadounidense Choe Kim cumplió con los pronósticos al colgarse el oro con 93,75 puntos. La china Liu Jiayu se colgó la medalla de plata (89,75), y la estadounidense Arielle Gold el bronce (85,75).

Tendrá que esperar el podio olímpico que pisó por última vez un español hacía 25 años (Blanca Fernández Ochoa en Albertville en 1992) y no será fácil salvo por el milagro del patinador Javier Fernández o que un buen día en que Lucas Eguibar rompa el maleficio en 'boardercross'.

Al contrario que en otras ocasiones, la catalana frenó su instinto de 'rider' arriesgada y pasó a la final de 'halfpipe' con la quinta mejor marca con dos mangas aseadas hasta un último salto en que tocó el suelo. En la primera ronda entre la élite, cuando la mejor puntuación de tres mangas marcaba la clasificación, Queralt Castellet prefirió planchar sus ejercicios y sin errores sumó 59.75 para acabar sexta en la primera ronda. En la segunda mejoró a 67.75 puntos, pero al mantenterse en la misma posición arriesgó en la última y cayó para una puntuación de 43.75 y uan séptima plaza final.

Golpes duros

La menuda deportista que eleva su cuerpo de 45 kilogramos con sus 155 centímetros de altura hasta casi cuatro metros por encima de la nieve se quedó a un paso de tocar el cielo. Pero no será una gran decepción para la española, puesto que hasta su participación en Corea del Sur había encadenado golpes buenos y malos. De los primeros, un campeonato del mundo júnior en 2009 y un subcampeonato sénior en Kreischberg en 2015. De los segundos, una experiencia terrible. Perdió a su entrenador y pareja, Ben Jolly, después de ser condecorada como la segunda mejor del mundo en su especialidad y el cerebro le ordenó parar durante medio año.

Pero Castellet decididó retornar a las pistas después de seis meses de reflexión personal e interrogantes. El estricto Benjamin Bright (hermano de la destacada Tora Bright) devolvió a la vallesana al hemisferio sur, a la Nueva Zelanda en que había vivido sus mejores momentos con el desaparecido Jolly en lo personal y en lo deportivo. En la Isla Sur cambió de entrenamientos y volvió a entrenar en la cercanías del paraíso del deporte extremo (Queensland) para recordar lo que sentía al deslizarse con la tabla con su cuartel general en Waiuku.

Un equipo internacional

El neozelandés Benjamin Bright es el entrenador que reveló al irremplazable Ben Jollyme, el estadounidense Luke Byers es su 'skiman' (preparador de tablas) y la australiana Courtney Jones es su indispensable fisioterapeuta. Con ellos ha remontado su carrera en Suiza y Waiuku (Nueva Zelanda) al tiempo que ha repetido sus reclamaciones de falta de ayudas e instalaciones en España y siempre ha agradecido el patrocinio de Red Bull.

En su cabeza siempre estarán presentes sus decepciones de sus anteriores participaciones olímpicas para valorar el diploma conseguido en Pyengchang. En Turín 2006, apenas era una adolescente de 16 años que descubrió que una española podía competir en unos Juegos de Invierno, en Vancouver 2010 renunció a la final por una caída en un entrenamiento previo en el que sufrió una contusión cerebral y en Sochi 2014 se cayó en las dos mangas de la final tras una notable clasificación para acabar en el puesto 11. En Pyeonchang todo fue mejor.

Tampoco olvidará sus golpes físicos en la preparación. Cuando era muy joven decididó abandonar las carreras del 'boardercross' por una caída que le provocó el miedo a descender con compañeras a los lados. En 2013, tuvo que operarse cuando se le dislocaron la mandíbula y el hombro, mientras que dos semanas antes de sus esperados Mundiales de Sierra Nevada de 2017cayó en Laax, el santuario de los 'boarders', En aquella ocasión, las lesiones en la muñeca y en una costilla rebajaron sus posibilidades en tierras andaluzas.

A pesar de los inconvenientes que han golpeado su vida, Castellet sigue siendo una joven risueña, bromista y con sus grandes ojos revela con sinceridad sus pasiones y sueños. Además, es una competidora que se relaja con la guitarra antes de desafiar a la nieve, la gravedad, el miedo y las dudas.

En la competición siempre quiere volar con su tabla. «Haciéndolo más alto tienes más riesgo, pero lo hago así porque también estás más cómoda dentro del ‘pipe’. Eso es siempre un poco lo que sigo», argumentaba después de analizar sus dos caídas en los Juegos Olímpicos de Sochi. Más arriba supone más tiempo para su 'truco' y más tiempo para que los espectadores disfruten de los vuelos de una de las 'riders' con ejercicios más bellos-herencia probable de sus comienzos en la gimnasia artística-. Capaz de clavar el '1.080' y amante del arriesgado ‘backside 900’, en los últimos tiempos mejoró la amplitud de sus saltos (y mejoró sus puntuaciones) hasta amenazar a sus rivales con una victoria en la Copa del Mundo un mes antes de los Juegos Olímpicos de Corea del Sur.

Bendecida por el talento para el medio tubo, la catalana siempre quiso avanzar a grandes saltos en su trayectoria. Su ambición, su confianza y su altura de miras la empujaban reventar los plazos y olvidarse de la progresión. Al fin, con 28 años, ha logrado combinar ese espíritu aventurero que espoleó su querido Ben con la capacidad para dominar los despegues y aterrizajes en el instante idóneo, el momento de Queralt para sonreír con un diploma que mejora todos sus intentos olímpicos.

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