Baloncesto

Soluciones también desde la consulta

Manolo Piña, en la dependencia del Hospital de San Rafael donde realiza su trabajo./RAMÓN L. PÉREZ
Manolo Piña, en la dependencia del Hospital de San Rafael donde realiza su trabajo. / RAMÓN L. PÉREZ

El icónico alero del Puleva Manolo Piña encarrila su vida practicando fisioterapia a menores en el Hospital de San Rafael

Sergio Yepes
SERGIO YEPESGRANADA

Casi veintidós años después de que diera por finalizada la trayectoria en básquet que protagonizó y que lo consolidó como un sexto jugador de auténticas garantías en la ahora conocida como Liga Endesa, el mallorquín Manolo Piña (24/01/1965) sigue ejerciendo como profesional de ‘refresco’ y soluciones frente a los problemas. Pero ya no los generados sobre el parqué, sino en la camilla. Concretamente, en la de estrechas dimensiones que tiene en la consulta del granadino Hospital de San Rafael en la que viene ejerciendo desde 2001 como fisioterapeuta: la profesión para la que comenzó a formarse al par que labraba su retirada como alero en el Melilla (1995/96). Formando parte de la unidad multidisciplinar de atención y de intervención temprana se ocupa generalmente de «atender a niños de hasta seis años con trastornos en su desarrollo, o con riesgo de padecerlos».

Y así se siente tan «útil» como cuando fue icónico componente del Oximesa-Puleva, equipo al que se incorporó en el verano de 1988 procedente del Santa Coloma (1986-1988) y en el que se mantuvo hasta 1991 pese a que pudo resultar «incómodo» por «decir las cosas que no me gustaban». Especialmente, las que fueron concernientes a la forma de proceder e influjo de los hermanos Luis y José Álvarez, que son a quienes sin embargo recuerda como «grandísimos jugadores» ahora que distingue la milagrosa «permanencia en Bilbao» como «el mejor acontecimiento» de entre todos los que vivió bajo el mandato de José Antonio Murado.

El mallorquín recuerda que «encajé muy bien» en el equipo alboloteño y que «decir las cosas claras sobre los Álvarez me pudo penalizar»

Piña, aquel alero que acabaría afincado en la ciudad por casarse con la granadina que le convirtió en padre por partida doble, aún recuerda como si fuera ayer la forma en que cambió de vida. «En Melilla ya empecé a ver el final de mi trayectoria deportiva, que es la que me permitió conocer el oficio de fisioterapeuta. Así que allí mismo empecé un módulo de FP» que concluiría en «Granada», donde además aprovecharía «el colchón» económico que le quedó de su entonces pasado reciente «para realizar la carrera universitaria». Y también para aspirar con cierta tranquilidad al trabajo que acabaría obteniendo en un centro «que es privado y dependiente de «la orden de San Juan de Dios». Y todo, pese a que su primera pretensión fue «la de ejercer en el deporte».

Total, que de este modo pasó a trabajar en conjunción con «psicólogos, pedagogos, logopedas y terapeutas ocupacionales» para así tratar a pequeños que por presentar alteraciones «en las áreas motora, intelectual, visual, auditiva, de la comunicación o el lenguaje» pueden no llegar a «realizar actividades propias de su edad como mantenerse de pié, caminar, hablar o relacionarse». Ahora bien, a lo largo de su desarrollo como profesional Piña también trató a pacientes no tan inmaduros, procedentes «de generaciones que vibraban con Puleva y que por tanto «me conocían». Y justo así fue como se vino retrotrayendo a una etapa que ha percibido que «es recordada con muchísimo cariño por la gente». Y que en su caso se inició después de haberse formado en la cantera del Cotonificio de Badalona y actuado también en la ACB con el Licor 43 de Santa Coloma (1983-1985) o con TDK Manresa (1985/86).

Anarquía inteligente

«Visto con perspectiva, yo encajé muy bien en el Puleva. Llegué a ocupar el puesto de sexto hombre con bastantes garantías. Sobre todo, en la primera temporada (la 1988/89) y en mitad de la segunda (la 1989/90). Estaba muy a gusto, por la importancia que se le daba a mi juego y viendo que contaba para muchos entrenadores. Pero a partir de entonces veía cosas que no me gustaban y las decía. No me escondía y quizás eso me sirvió para que se me tachara de díscolo. Y posiblemente eso me penalizó», dice quien de esta manera alude a los hermanos Álvarez, que «tenían mucho poder y cierto trato con Murado». Quien, en definitiva, deja caer que tras la destitución en febrero de 1990 del yugoslavo Dusko Vujosevic –«con el que tuvo que haber más paciencia»– todo fue a peor. Que es algo que no impide que sea la última de las tres últimas permanencias entonces conseguidas –la de mayo de 1991– de la que guarde mejores recuerdos.

«Hicimos historia. Hasta entonces ningún equipo había logrado remontar un 2-0 en una eliminatoria definitiva por la salvación. Pero nosotros lo hicimos ante el Cajabilbao. Y eso fue un auténtico golpe, porque llevábamos una dinámica malísima. El equipo se había dejado llevar. Éramos carne de cañón, la perita en dulce de los equipos que luchábamos en la zona caliente. Estábamos bajo mínimos», refiere quien así destaca que la reacción experimentada vino a reafirmar las señas de identidad de un club muy peculiar. Aquel en el que militaba.

Olla a presión

En primer término, «por jugar en un pabellón como el de Albolote», que era «pequeñito», «como una olla a presión» después de que «la afición soliera juntarse en masa». Y aparte, «por la calidad» de sus plantillas, compuestas por jugadores «con bastantes recursos» y que dentro «de una anarquía inteligente» solían «entender el juego y ganar bastantes partidos».

«Yo creo que ese fue el secreto», señala quien a la vez lamenta que «por la propia idiosincrasia del club» resultara «muy complicado mantener una estabilidad». Quien aún así ensalza la figura de José Antonio Murado, que «era una persona que tenía el anhelo de contar con un equipo en la máxima categoría» y finalmente lo consiguió después de que «estuviera muy bien asesorado para fichar a jugadores». Con «ninguno de ellos» Piña tiene ahora contacto, si bien es cierto que «alguna vez me encontré con Criado, Rivera o Luis Álvarez y me dio alegría el poder saludarles». Y seguro que también contarles que ahora «estoy muy contento» con menores que desconocen que el señor de 1,98 metros de estatura que les trata ya solventó entre canastas otros problemas.

El «liderazgo» de John Ebeling, el «mejor extranjero»

No recuerda, dice, qué pasó con la cadenita y el anillo de bodas que le desapareció en el vestuario. Pero sí que «se trató del mejor extranjero» con el que pudo coincidir en aquel equipo alboloteño del que Piña pasó a Ferrys Lliria (1991/92), Montehuelva (1992-1994) o Fuerteventura (1994/1995). A juicio del mallorquín, hay que destacar la figura del expívot John Ebeling porque «fue un jugador determinante, con una vertiente de líder muy importante, ya que le gustaba tomar la responsabilidad de los partidos cuando venían mal dadas». Ahora bien, en el balance el balear tampoco se quiere olvidar del alero serbio Goran Grbovic, que «era un jugador racial, determinante, diferente al resto».

Fotos

Vídeos