Baloncesto

La desgarradora «paz interior» de Danya Abrams

Danya Abrams junto a su hija Tatyana, en 2008./
Danya Abrams junto a su hija Tatyana, en 2008.

El expívot del 'Cebé' vio morir a su hija de leucemia en 2015 | «Logré sonreír otra vez cuando fue enterrada» dice ahora que dirige una compañía de seguros en Stoughton, un pueblo de Massachusetts

Sergio Yepes
SERGIO YEPESGranada

El expívot profesional Danya Earl Abrams (24/09/1974), recordado en Granada por ser uno de los principales artífices de que el 'Cebé' lograra en 2005 la permanencia en la Liga ACB, ofrece un testimonio sobrecogedor ahora que se siente «en paz interior» y comienza a superar que hace algo más de dos años sufrió una dolorosa pérdida, «la peor batalla a la que me he enfrentado en mi vida». Ahora que sabe que fue «un viaje difícil», más bien «una montaña rusa», la frustrada misión en que se convirtió «agarrarnos a la vida de mi hija enferma hasta que no hubo más pelea». El 27 de mayo de 2015, a la temprana edad de dieciséis años, falleció «la considerada, compasiva y desinteresada» Tatyana (03/05/1998) después de haber sufrido durante casi ocho duros años los efectos de una leucemia mialógena aguda, un cáncer de los glóbulos blancos que le obligó a ser receptora de un transplante de médula y otro de pulmón.

Y hoy que el de Westchester (Nueva York) se enfrenta a la tarea de pasar página, porque «todo continúa», agradece que «a ella le diera tiempo a demostrarme cómo ser papá», pues tiene otros dos hijos menores que «también merecen toda mi atención y cariño». Al frente de la compañía de seguros en Stoughton (un pueblo de Massachusetts) en que «invertí de manera correcta mis ahorros», aquel que fuese entrenado por Sergio Valdeolmillos encuentra «la misma diversión que tuve como jugador de baloncesto». Pero sobre todo, madura frente a la crudeza de una agonía que expulsa en forma de llanto. «Ningún padre -lamenta- debería verse en el trance de tener que enterrar a su pequeña».

Danya Abrams, ese 'center' que fue de 201 centímetros y 114 kilos y que llegó a Granada procedente del Caja San Fernando, aún se estremece al recordar aquel 2008 que inició como integrante del CB Inca -a la postre su último equipo como profesional- y acabó como padre «hundido, porque nadie te prepara para lo que me tocó pasar». En septiembre de 2008, recuerda, «cambiaron nuestras vidas cuando fuimos a un hospital de niños en Boston» y a la suya le diagnosticaron un cáncer que es especialmente pernicioso porque la médula ósea produce una gran cantidad de células sanguíneas anormales. Y porque puede empeorar, o derivar en otras complicaciones, pese a ser tratado rápido.

«Salvarla como fuera»

Y es que aunque Tatyana «llegó a recuperarse» tras ocho meses de quimioterapia en los que «ella mostró la fortaleza de su padre en la cancha del hospital», lo cierto es que en diciembre de 2009 «nos dijeron que había sufrido una recaída» que ya fue el comienzo de la cuenta atrás. Que al exjugador nazarí le comenzaran a fallar las fuerzas y se sintiera «totalmente devastado». «Comenzó necesitando un trasplante de médula ósea. Y encima durante ese proceso sus pulmones se dañaron, por lo que recibió un trasplante en 2012», evoca quien así descubrió que «nuestra misión pasó a ser salvarla como fuera».

«Fuimos demasiado egoístas al hacerle tomar entre 30 y 50 píldoras al día»

«Como padre, harás cualquier cosa para poder mantener a tu hijo en esta tierra. Y nosotros -dice refiriendo también a su mujer Deanna- tal vez fuimos egoístas al hacerle tomar entre treinta y cincuenta píldoras al día para tratar su sistema inmunológico y corazón, mientras pasaba por la terapia de quimioterapia una y otra vez» y de esta manera sufría «vómitos durante todo el día y en el medio de la noche», recalca Abrams desolado porque «mi hija pasó por todo eso». Totalmente embargado por la emoción de recordar que «Tatyana siguiera siendo una luchadora» en un momento en el que «yo tenía que hacerlo todo por ella sintiéndome muy débil».

«A veces -sigue relatando el estadounidense- no sé quién fue el más duro, si mi hija o nosotros. Si teníamos ganas de dejar de fumar, nos inspiró a seguir adelante. Y si ella necesitaba sacrificarse, la inspiramos. Tirábamos los unos de los otros», explica quien aún así tuvo que dar por bienvenido el triste final. Quien incluso tuvo tiempo de encontrarle la cara positiva a ese drama culminado cuando «ya no pudo más».

«Duele pero ya no sufre»

«Duele. Realmente duele. Me dolió mucho su muerte, como si alguien me estuviera arrancando el corazón, pero hubo un cierre. Ella ya no iba a seguir sufriendo más. Y ahora sé que está descansando pacíficamente. Por eso yo ahora estoy en paz. Por eso logré sonreír nuevamente cuando nuestra hija fue enterrada. Y ahora, mientras las lágrimas recorren mis ojos, también sonrío mientras pienso en ella. Es ahí donde consigo las fuerzas para sonreír», explica quien admite que lógicamente le resultó «difícil» salir de la depresión en que cayó tras el fallecimiento de la chica.

«Había días en que no quisiera salir de la cama», pero «logré recuperarme» por «el apoyo de vecinos, de amigos, de la familia». Pero sobre todo, de «mi mujer». De «la encantadora esposa» con la que también le resultó más sencillo iniciar una nueva vida profesional tras su retirada, que tenía pensado prolongar más allá de los 34 años pero que finiquitó una vez que la chica que llegó a traer a Granada enfermó.

«Me embarqué en una correduría para vender seguros de hogar, automóvil y vida. Aunque también hacemos planes de jubilación. Trabajé con muchos atletas y tuve un gran asesor financiero que me ayudó a crear mi propia empresa», dice y asegura que «amo mi trabajo». Quien después de haber sorteado «muchas pruebas y tribulaciones durante los últimos seis años» asegura que ahora se encuentra «bien». Cada día se enfrenta a «una lucha» por conocer que «mi hija no está aquí conmigo». Por ser consciente de que «no puedo enviarla a la universidad» o «verla disfrutar casándose o dándome nietos». Pero que del luctuoso suceso aprendiera que «hay que amar a la familia por encima de todo» hoy se benefician Christian y Danya júnior. Los dos hermanos en los que Abrams centra sus atenciones. Aquellos mismos a los que ahora les falta la chica que soñaba con ser «científica para viajar por todo el mundo en busca de cura para todas las enfermedades».

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