El violinista de la OCG Israel de França trae a Granada su orquesta de las favelas

El músico Israel de França, en el centro, con los jóvenes de la orquesta que ha creado. / DE FRANÇA

El músico brasileño trabaja en la comunidad de Alto de Mina para que medio centenar de jóvenes puedan aprender música y dejar la calle

JOSÉ IGNACIO CEJUDOGRANADA

Cuando el maestro Israel de França mira en los ojos de niño de Anderson se encuentra a sí mismo, mucho tiempo atrás o no tanto. Él también tuvo catorce años una vez, antes de convertirse en violinista de la OCG, y también se caló en la pobreza y los peligros de la favela, en el barro de un colegio al que llamaban 'Cangrejo' porque los pies se les hundían. Anderson, que vive hoy en la comunidad del Alto da Mina, en el barrio Bultrins de Olinda en el estado brasileño de Pernambuco, tiene un hermano dos años mayor que ya estuvo en la cárcel. Israel de França vivía una realidad parecida en el barrio vecino de Peixinhos cuando un gran músico exiliado de la Guerra Civil española, el catalán Luis Soler, le enseñó a tocar el violín. De França escaló entre obstáculos, notas y sueños hasta convertirse en uno de los mejores músicos de su país y salir de un barrio que no sale de él. Siempre vuelve. Lo hace para enseñar música a niños como Anderson y que puedan seguir su ejemplo. Si nada se tuerce, esos chiquillos darán en unos meses su primer gran concierto en Granada, el paraíso en la tierra de Israel de França.

«Allí no hay otra cosa: no hay fútbol, no hay gimnasio, no hay piscina, no hay caballos. Pero llegó la música. Este proyecto está salvando muchas vidas, no sólo las de los niños sino las de sus familias», asegura este músico brasileño asentado en Granada desde 1991. Se acuerda de la madre de Thaísa, quien expulsó al alcohol de su día a día porque no soportaba más contemplar etílica el sobrecogedor talento de su hija con el violín. Su proyecto social Orquestra de Câmara do Alto da Mina, a través del Instituto Maestro Israel de França (IMIF), trabaja desde hace dos años en la comunidad del Alto da Mina para que algo menos de cincuenta jóvenes de entre siete y diecisiete años, con alguna excepción, puedan aprender música y escoger una vía distinta a la de los homicidios, las drogas y la prostitución que asolan sus calles.

A su escuela los niños llegan a las dos de la tarde y se marchan a las seis, merendados. «Y muchos meriendan mucho porque en la noche no saben si van a tener su cena», se rompe el maestro. Todos deben estar matriculados en colegios en los que estudian por la mañana y en los que necesitan tener buenas notas para estudiar en el IMIF, una exigencia que les motiva sobremanera «porque quieren tocar». Con poco más de un año de formación en clases colectivas los niños ya son capaces de dar pequeños conciertos de Vivaldi, «una progresión brutal, una cosa impresionante». El secreto reside en el método construido por Luis Soler, quien puso por primera vez un violín en manos de Israel de França y que murió hace diez años en suelo brasileño al no quedarle amigos en su antiguo hogar. «Le debo mi vida porque me dio una nueva cuando arreglaba jardines y arrastraba basura por la villa», rememora.

De França describe «una masificación impresionante de drogas que destruye, barre, incluso a personas con un trabajo que lo prueban y caen, a personas que nunca podrías creer que caerían». Algunos de sus amigos de la infancia ya no viven. Al Alto da Mina es recomendable no subir, «aunque conmigo se puede porque saben que soy maestro y se me respeta porque intento cambiar la comunidad». Teme que «sus niños», tan brillantes, usen su inteligencia para el mal. Los conoce maltratados por padrastros o incluso prostituidos. Insensibilizados incluso ante un asalto, se ríen de su maestro cuando ven el miedo en sus ojos.

Otra vía

Se le quiebra la voz cuando cuenta cómo tocan esas criaturas que se acercan a la música primero por necesidad, «para encontrar otra vía». «A veces no puedo controlarme cuando un niño así coge el gusto por la música y pide Vivaldi, Beethoven, más arpegios. Si se le da bueno, quiere bueno; pero siempre llega lo malo, la depravación también musical, y me asusta. Todos mis niños quieren ser músicos, todos quieren viajar, como hago yo», explica Israel de França. «Se nota que han vivido una historia dura, su música habla de ello, pero no tocan duro, ni feo, ni fuerte; tienen mucho talento», afina. «Hacemos melodías muy interesantes, versiones adaptadas con arreglos hechos por mí mismo con percusiones y ritmo brasileño a través de instrumentos eruditos de pegada clásica, hacemos un trabajo bonito», comenta.

La dedicación de Israel de França hacia estos jóvenes en Brasil parte «de saber dónde he sido criados y que todo sigue igual o peor». «Si dejáramos ese mundo sin hacer nada seríamos unos cobardes», afirma. Allí cuenta con el apoyo institucional del Tribunal del Trabajo de Recife personificado en el magistrado Eduardo Pugliese, una especie de padrino que visibiliza el proyecto. Este organismo también les ha financiado bienes básicos para la escuela. Otro apoyo fundamental es el de la Primera Iglesia Bautista de Bultrins, cuyo pastor Paulo César trabaja con niños desde hace mucho tiempo y permite al maestro violinista mantener una casita. Están en proceso de lograr nuevas ayudas que les permitan, entre otras necesidades, dar algo a cambio a los monitores y a la psicóloga que por humanidad se entregan a los niños.

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