«Siempre he encontrado fascinante la vitalidad de las cosas rotas»

El escritor hispano-argentino Andrés Neuman. /FRANCISCO POSSE
El escritor hispano-argentino Andrés Neuman. / FRANCISCO POSSE

Entrevista a Andrés Neuman, escritor | El literato acaba de publicar su nueva novela, 'Fractura', donde narra la vida de un superviviente al impacto de la bomba atómica de Nagasaki

JOSÉ ANTONIO MUÑOZGRANADA

Una novela puede ser redonda o estar llena de aristas. O ser ambas a la vez. Puede ser capaz de generar grandes emociones desde la observación de lo cotidiano. De lo aparentemente intrascendente. Puede ser una novela de amor y a la vez una historia de soledad. Todo esto, y mucho más, es 'Fractura' (Alfaguara), la nueva obra del escritor bonaerense, afincado en Granada, Andrés Neuman. Una novela que traza un círculo perfecto, abierto con una bomba atómica y cerrado por una catástrofe nuclear, ambas con el mismo escenario. Y además, con el campanudo epitafio de Martinus von Biberach cerrando el invento.

-A pesar de que 'Fractura' es una especie de mapa humano del mundo, ¿por qué el punto de partida es Japón, y por qué ahora?

-Me gusta esa idea suya del mapamundi humano: como si la novela se fuera moviendo geografía adentro, desde diversas regiones reales hasta el territorio de las emociones personales. El primer impacto fue el accidente nuclear de Fukushima (que para colmo sucedió un 11 de marzo, una fecha tan sensible para todos los que vivimos en España). Viendo esas imágenes, imagino que muchos nos hicimos una pregunta parecida: ¿cómo ha podido repetirse otro hongo atómico justo en Japón? ¿Cómo llegan los países a basar su futuro en eso mismo que los destruyó? El mundo entero se vio obligado a repensar sus fuentes de energía y los intereses que las condicionan. Como si la onda expansiva del terremoto de aquel día hubiera desbordado las fronteras. Por no mencionar que aquí mismo, en Garoña, había un reactor similar al de Fukushima. Lo resumió mejor que nadie el gran poeta polaco Milosz, en el verso que abre la novela: «Si algo existe en un lugar, existirá en todos». La energía es un fluido que atraviesa el mundo, igual que la economía o el amor. Esos son, precisamente, los puntos de partida de 'Fractura'.

-¿Tenemos a veces una vida tan rutinaria, que necesitamos estar a tres kilómetros de una explosión para que la vida nos cambie?

-Creo que la vida jamás es rutinaria, sino más bien nuestro punto de vista, que es el de la costumbre. Es cierto que determinadas pérdidas o desgracias pueden servirnos de recordatorio del valor de lo fugaces que somos. Pero hay también otra herramienta menos destructiva y mucho más placentera: el arte, que nos permite reconsiderarnos a nosotros mismos. La narrativa nos enseña que a veces tomar un poco de distancia, fingir que salimos de casa, es el mejor modo de visualizar nuestra propia vida. En ese sentido, pienso que la ficción y los viajes son las dos grandes formas de humanismo que nos quedan, porque nos acercan lo lejano y nos conectan con el prójimo, que muchas veces parece imaginario.

-No ahorra usted críticas al sistema, por igual al japonés, al argentino, al español... ¿Esta novela de una vida es una novela, también, de un tiempo atroz?

-Me siento completamente incluido en esa crítica. Estamos formados por nuestras sociedades, claro, pero también nosotros las moldeamos, las confirmamos, contribuimos a ellas por acción u omisión. El sistema también somos nosotros. Me parecía interesante asociar países y circunstancias históricas que parecen lejanas entre sí, para narrar el juego de recuerdos y olvidos, de relatos y omisiones, que los unen. Nunca le he visto demasiado sentido a dividir por nacionalidades dolores que se parecen entre sí. Y que a menudo tienen causas compartidas. ¿Es este un tiempo atroz? Dudo que hubiera alguno que no lo fuese. Por eso mismo necesitamos (aparte de denuncias y movilizaciones) sentido del humor y del amor. No se trata de amargarnos, sino de recobrar la lucidez.

-¿Cómo ha sido para usted escribir, prácticamente, cinco novelas en una? ¿Le ha costado mucho cambiar el registro para contar una historia tan poliédrica como esta?

-Desde luego, ese aspecto de su escritura fue muy laboriosa. Y fascinante. Son, como bien dices, cinco voces. La del misterioso narrador omnisciente, que podría tener cierta identidad que no desvelaremos. Y, sobre todo, la de las cuatro mujeres que narran sus vidas y recuerdan al peculiar señor Watanabe. Todas sus voces son más o menos orales, pero con una entonación distinta. Procuré que Violet, la mujer de París, sonase levemente traducida del francés. Que Lorrie, la periodista neoyorquina, tuviese un tono y una sintaxis más anglófona. Para Mariela, la traductora argentina, intenté concentrarme en el oído de mi infancia, en cómo hablaba la gente en Buenos Aires cuando yo era niño. Y para Carmen, la fisioterapeuta de Madrid, imaginé que hablaba con la gente que conozco en esa ciudad. Fue como sintonizar una radio infinita. O como disfrazarse con sonidos distintos. Y como siempre que te disfrazas, por supuesto, al final acabas desnudo.

Amor y goce

-Las mujeres que describe se contagian del tono de la novela, y se convierten en personajes que mezclan la emoción con la cautela. ¿El amor sin reservas ha desaparecido del mapa, o es que es más perjudicial para la salud que una explosión nuclear?

-Hombre, lo que se dice cautelosas... ¡Que una de ellas seduce al señor Watanabe en pleno entierro de un conocido común! Todas ellas se enamoran, gozan, sufren, se separan, tienen vidas sexuales más o menos plenas. Más bien las veo como personajes femeninos en necesario conflicto, conscientes de la necesidad de conjugar las emociones con la razón. Que tratan de escapar de la trampa histórica que el supuesto amor romántico les ha tendido, empujándolas a una entrega absoluta que esconde la anulación de su propio territorio. Me parecen, ni más ni menos, mujeres de su tiempo.

-¿Watanabe es, como su propio nombre dice, un 'alma en tránsito'?

-Creo que el nombre de los personajes tiene algo de fetiche mágico. Es capaz de producir sugerencias o vínculos ocultos. En este caso, Watanabe es un apellido bastante corriente en Japón, y por tanto verosímil. Pero es también el de uno de mis poetas latinoamericanos preferidos, José Watanabe, peruano de raíces japonesas y, por lo tanto, anfibio. Invocar su nombre me sirvió para sentir cierta disposición poética en la prosa y también para acercar orillas.

-¿En qué se parece este protagonista al Demetrio Rota de 'Bariloche'?

-Siempre me ha fascinado la vitalidad de las cosas rotas, la idea de ponerlas de nuevo en el mundo y preguntarles qué pueden contarnos. En 'Bariloche' intenté hacerlo con las bolsas de basura y las historias que esconden acerca de nuestra vida íntima. Y aquí con el kintsugi, que es el antiguo arte japonés de reparar objetos subrayando con oro los lugares por donde se rompieron. Esos objetos quedan ennoblecidos por su propia supervivencia, que los vuelve más valiosos. Me conmueve mucho esa manera tan sabia de incorporar las cicatrices a la nueva identidad de algo o alguien, de fundir una mirada honesta al pasado con la necesidad de construir un futuro. En Fractura se juega a aplicar ese principio a la memoria personal y colectiva.

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