Robert Glasper, piano scratch

Glasper, al piano./J. J. G.
Glasper, al piano. / J. J. G.

JUAN JESÚS GARCÍAGRANADA

El pianista de Houston pasó por el festival de Granada en un concierto añadido al programa central, lleno hasta arriba y dejando gente en la entrada del Centro Lorca, a donde llegó con el mismo trío que ya estuvo en Almuñécar, con el añadido del DJ Soundance. Glasper es su personaje transversal, lo mezcla todo, desde Prince a Nirvana, y longitudinal, ya que prolonga hasta la contemporaneidad la misma filosofía trasgresora que patentó Miles Davis y posteriormente desarrolló Herbie Hancock. Sin embargo, bajo la leyenda de artista urbano y actual -ya lo vimos en Jazz en la Costa- es muy respetuoso con el peso de la tradición, que defiende con seriedad y rigor y una voz en los dedos de otros tiempos. De hecho una de sus últimas producciones ha sido una recreación sobre el legado davisiano, alargando el concepto de 'música social' que el trompetista de las gafas negras prefería al término 'jazz'. Y siguiendo ese hilo, en su concierto hubo abundante público distinto al habitual de los conciertos del Festival, acaso buscando su orilla más barrial y hiphopera.

Una vez más, Glasper, un tipo buenhumorado -excepto con el técnico de luces al que le exigió repetidas veces una penumbra de club, casi de 'concierto braile'- también es un romántico, y su discurso fue en gran parte pausado y paseante por el teclado, con una disposición nada tensa y una peculiar timidez sonora, como dejando a sus compañeros un mayor protagonismo en la mezcla final

Su actuación comenzó con DJ Soundance ambientando 'en negro', y, ya en materia, 'escratcheando y disparando voces y coros sacados de vinilos, e incluso algún discurso. Ectoplasmas vocales que sustituían al saxofonista y cantante Casey Benjamin, que hace lo propio en su disco 'ArtScience'. Auténticos líderes de la noche fueron los socios de ritmo. Vicente Archer, que ya en el primer tema dejó un solo muy proteico y posteriormente, en varias intervenciones, estableció varios diálogos 'interioristas', abrazando su instrumento con la confianza en la confesión de quienes llevan juntos toda la vida. Y por razones de volumen y efectividad el baterista Damon Reid, que por potencia y velocidad supersónica podría ser la banda sonora de las Fallas de Valencia y la legión de tambores de Calanda a la vez. Portentoso y aún más espectacular.

Glasper es hábil generando texturas, con una rara claridad casi de new wave, más que dinámicas, ratoneando por el teclado en piezas que tienden a la horizontalidad, que empiezan pero podrían no acabar nunca, en ocasiones repitiendo figuras a modo de scratches como un Dj de las teclas. Queda por verle en un futuro completamente desatado en versión eléctrica con su 'Experiment', o con ese monstruo actual que es Kamasi Washington con el que ha pasado no pocas noches. Este hombre es inagotable, como sus conciertos.

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