Música de usar y (no) tirar

Para el común ciudadano, la música ha dejado de ser una experiencia singular e imperecedera para ser un objeto de consumo anónimo e instantáneo

IDEAL
JUAN JESÚS GARCÍAGRANADA

Cuentan los más viejos del lugar que cuando eran jóvenes juntaban con esfuerzo las pagas de los domingos hasta conseguir lo suficiente para comprar un disco. Ejemplar que era puesto y puesto en el 'tocata' hasta el límite de desgaste de sus surcos, y escudriñada su portada hasta borrar con la vista su portada, ni que decir tiene que se sabían, una a una, cada canción en el idioma que fuese. Un disco tenía una larga vida... por lo menos hasta que conseguían ahorrar para otro -y mucho tiempo después incluso- puesto que aunque los grupos (léase agrupaciones músico-vocales, -conjuntos-grupos-bandas según la década) podían sacar uno o más al año, no había tantos.

Cuentan los más jóvenes del lugar que se descargan cada semana centenares de canciones cuya existencia en el oído, con un poco de suerte, dura un par de escuchas si el mecanismo reproductor aleatorio decide que suenen antes de que el play-list del teléfono móvil sea sustituido por otra nueva descarga.

Para el común ciudadano la música ha dejado de ser una experiencia singular e imperecedera para ser de consumo anónimo (hay música 24 horas al día en todas las situaciones vitales) e instantáneo, de usar y tirar. Sí, ya sé que hay sectores más interesados, incluso hasta enfermos (sobre todo del formato vinilo) que rastrean y encuentran singularidades, que ritualizan la escucha con fervor místico, que besarían el santo pie del disco si lo tuviera, pero no son (somos) muchos.

Artesanos de suma y sigue

Sobre este consumo 'Nesquik' del pop han reflexionado en una canción los madrileños de Havalina: «El público y la industria quieren que hagas canciones rápidas, cortas, directas y sencillas. Quieren disfrutar con un entretenimiento rápido y de fácil digestión. Pensar poco, distraerse para olvidar la triste rutina. El modelo de negocio está centrado en un cliente potencial que lo único que quiere es ir a un concierto a emborracharse, corear, hacerse selfies y pegar botes; preferiblemente a uno donde haya veinte bandas por el precio de una, claro».

Un texto que ha terminado siendo casi un manifiesto denunciando la fugacidad del arte musical. «El artista, por su parte, desea tener éxito deprisa. El modelo que se le ha inculcado y que se ha instaurado en su cerebro es el del éxito rápido y fulminante. A nadie interesan las largas carreras artísticas; de eso se habla muy poco. Se habla de combustión, de morir joven. De tener tanto éxito tan rápido, que genere mares de controversia y envidia. De eso sí se habla muchísimo». Salvador Sobral, el peculiar ganador del Festival de Eurovisión con su presentación a la contra en la que mucho menos -casi nada ha sido mucho más- y con una extraordinaria y sensibilísima canción, ha provocado un terremoto en su entorno al depreciar la producción musical contemporánea como 'comida rápida': «Vivimos en un mundo en el que se consume música fast food totalmente hueca y sin contenido. Creo que mi victoria puede significar mucho para gente que hace y escucha música con un mensaje claro. La música no son fuegos artificiales, la música son sentimientos. Deberíamos cambiar esto y devolver el valor que merece».

La compositora Ángela Muro (precisamente de una carrera larga y vistosa, y localizada precisamente en un seminario internacional sobre el devenir de la música en este siglo) considera que en la música «hay dos mundos, al igual que en la comida: la laboriosa o la rápida; la sana o la basura; la creativa o la simple, etc. Desgraciadamente la forma en la que la sociedad consume música le viene impuesta por el criterio del mercado o mercadeo. Esto no es más que el reflejo de la sociedad actual, donde ya no caben los pequeños negocios familiares, ni los pequeños fabricantes, ni los pequeños agricultores...». Al igual que Ángela, Zahara apuesta por el modelo de carrera en términos de suma y sigue: «Siempre he pensado que el mundo de la música era profesionalmente como cualquier otro. Un lugar donde tenías que crecer desde abajo, paulatinamente, asimilando los pasos que dabas y creciendo sin prisa. En ese aprendizaje está el éxito, no en que forren carpetas con tu cara o ir a todos los platós de televisión». Una carrera en el estricto sentido del término, de fondo como decía siempre Miguel Ríos, de ir superando etapas, partiendo desde la elementaridad artesana del compositor en su casa, como piensa Aitor Velázquez, el rapero/cantante de Hora Zulú que tiene una perspectiva de superviviente: «La manera de consumir música de la gente hoy en día, el concepto de hacer un LP como obra de arte de principio a fin está quedando para cuatro grupos que en lo último que piensan es en vender discos. El público consume canciones sueltas en Internet y si los primeros 25 segundos de escucha no cumplen con sus expectativas, el grupo perdió la oportunidad de ser escuchado. Aún así como te digo quedamos unos cuantos artesanos románticos como Pangloss (su última marca) que sabiendo de antemano que íbamos a ser rechazados por público e industria no teníamos nada que perder o no sabríamos hacerlo de otra manera».

No muy lejos de esta visión, y con toda la poética que caracteriza su trabajo, Raúl Bernal contempla el final de una forma -esa- de hacer/entender música: «La industria musical se ha convertido en un oponente que te invita a la pelea con media sonrisa. La industria ha convertido la artesanía de hacer canciones en una vorágine de satélites que a los ojos del poeta son inservibles. El artesano de canciones sabe que la virtud de la música no es esa, que el camino es largo y no tiene porqué estar bañado en oro. El artesano de canciones sabe que la verdad y la autenticidad de tu trabajo no es el éxito. El artesano de canciones morirá pobre un gran número de veces. Podrá tener reconocimiento pero siempre dudará de saberse en el sitio correcto, porque ama tanto lo que hace que el éxito quizá sea un problema».

El algoritmo diabólico

Otro de los ilustres creadores de largo recorrido, Antonio Arias, además señala con el dedo: «Todas tus cifras y todos tus datos, en relación a plataformas de streaming que distribuyen la música y a las plataformas de redes sociales, están al alcance de todas las compañías que los compren; sobre esos parámetros te observan y te cuantifican los sellos discográficos. El AR (director de artistas y repertorio, el director musical de una compañía, resumiendo mucho) de las multinacionales, hoy día, es un algoritmo que de sencillo es estúpido. Tienes que ser un hacker para convencerlos de lo contrario». ¿Acaso no hay salida sin inyectar el virus de sensatez en el programa? Uffff... Y eso que la música se supone que incide en la galaxia emocional del oyente y que vence y convence apelando a los sentimientos.

"Nunca ha habido tanta y tan buena música al alcance de todos. Ocurre que la velocidad de los tiempos ha convertido la música en un ornamento fútil, incapaz de influir, y ya no digamos cambiar una sociedad" EDUARDO TÉBAR | PERIODISTA

Uno de los observadores más agudos del fenómeno cultural/social/musical es el periodista Eduardo Tébar que descarrila aún más la tradición: «Nunca ha habido tanta y tan buena música al alcance de todos. Ocurre que la velocidad de los tiempos ha convertido la música en un ornamento fútil, incapaz de influir, y ya no digamos cambiar una sociedad. Un disco de 2014 es ya paleolítico. Además, observo cierta confusión. Como ya no hay industria, tampoco existen directores artísticos, productores ni otros filtros que mejoraban la calidad de lo que se lanza. Internet ha atomizado el pop, que se consume en nichos, fragmentado en mil tendencias. Quien se toma la molestia de escuchar con interés a un músico en su cuenta de Bandcamp es quien luego comprará uno de los cien vinilos que salen en edición limitada; abrirá un vino y le hará un hueco a esas canciones en su vida. Hablamos de una inmensa minoría, claro. La historia del rock está llena de grupos que no triunfaron hasta el tercer o cuarto disco. Ahora nadie tiene paciencia porque las redes han multiplicado la aparición de sujetos que se reivindican como artistas y se ha instalado una competitividad feroz. Vivimos en un brote de ansiedad: la zozobra por el éxito. Un concepto de éxito que pasa por actuar en festivales, que es el único tejido rentable que aguanta. Por otro lado, la música ha desaparecido de la televisión, así que la expresión más novedosa, rebelde y juvenil la encontramos en movimientos como el 'trap', un fenómeno viralmente encauzado por YouTube. Su campo de juego es el teléfono móvil». Y si ya cada temporada, o mas deprisa aún, se cambia de modelo de terminal... ¡qué se pude decir de su contenido!

Aunque haciendo un recuento longitudinal de la historia de la música pop desde que existe como tal -pongamos que a mediados del siglo pasado, cuando una canción empezó a ser algo más que tres minutos en la banda de AM- José Ignacio García Lapido -que dio precisamente unas conferencias al respecto-, encuentra fenómenos muy parecidos en la era de la peseta e incluso de los dos reales: «No creo que el consumo rápido de música sea una cosa novedosa. Es algo consustancial al pop. En la época dorada del rock'n'roll lo que predominaba era el formato single. Se pedía al tándem artista-productor una canción radiable que enganchara al mayor número de personas con pocas escuchas. Tengamos en cuenta que en los años 60 los artistas de éxito -los Beatles por ejemplo- sacaban no menos de tres o cuatro singles al año, un par de ep's y un lp cada 9 meses. Si eso no es rapidez... Ahora, para que tengamos clara la comparación, los artistas de éxito sacan un lp cada tres años. Y desde los años 50 existe una cosa que se llamaba en inglés, «one hit wonder», es decir, la maravilla de un solo éxito. Artistas que llegaban a la cima fulminantemente con un tema muy pegadizo y al año siguiente nadie más sabía de ellos. Muchos clásicos del pop de todos los tiempos los manufacturaron artistas de este tipo, es decir, de consumo instantáneo y de carrera fugaz».

Consumo compulsivo

Para muchos aficionados, críticos o historiadores lo mejor de este mundo se produjo en la década 1965-1975, también el periodo muy nutritivo para Lapido y sus grupos a juzgar por sus discos. Para él un periodo definitivo: «A finales de los años 60 cambió el paradigma de escucha en la música pop, y en el rock en particular. Fue entonces cuando el formato lp se impuso al single y ya no se exigía tanto al artista un éxito tarareable sino una obra larga -si era conceptual mucho mejor- (lp's dobles o triples) en los que se daba rienda suelta a las aspiraciones de Arte con mayúsculas de bandas y productores. Eso se generalizó en géneros como la psicodelia y el rock progresivo o sinfónico.

La velocidad de los tiempos ha convertido a la música en poco más que un ornamento útil

Y ¿tal vez con parámetros caducos, como el del 'álbum' o la calidad del sonido? Miguel Ríos -como Neil Young también- dijo en una ocasión que se había gastado dinerales buscando la mayor calidad de audio, y que luego se le escuchaba en un MP3 de muy mediocre reproducción (Neil Young propuso su propia alternativa, el Pono) y con auriculares de calidad aún más baja. «Ahora lo que realmente ha cambiado es la forma de acceder a la música», finaliza Lapido. «El público mayoritario no compra discos, hay una generación entera que no sabe lo que es una tienda de discos, y no se si es consecuencia de esto pero creo que no se valora tanto lo que se escucha. Creo que se trata por lo general de un consumo un tanto compulsivo y acrítico. Al acceder a la música por medios como Spotify o Youtube es evidente que la calidad de sonido les trae sin cuidado y me temo que la calidad musical también, pero esto es terreno subjetivo. Lo cierto es que la mayoría no escucha elepés enteros, sólo canciones sueltas de muchos artistas. Así se pierde el sentido artístico, conceptual o de cualquier otro tipo, que pudiera tener un elepé como tal obra completa».

Hoy, un disco editado en el año 2014 puede ser considerado como algo paleolítico

De todo esto habla 'Más Velocidad' la canción de Havalina que ha dado pie a esta reflexión colectiva, una canción que según sus autores intenta «ofrecer algo que no es lo que el mundo quiere de nosotros» y que, irónicamente, confiesan, está recibiendo críticas porque «¡no era lo bastante rápida y directa!» (se admiten al menos sonrisas). «Tienen toda la razón del mundo» concluye Eric Jiménez (Los Planetas) «y además de dársela, es un grupo enorme... escuchen su música, coño». Que es de lo que se trata, de escuchar música y de darle el tiempo que se merece y necesita para ser metabolizada y disfrutada en todo su esplendor. Frente al instantáneo 'consumo Nesquik' hablemos de reposada 'alternativa Hornimans'.

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