El hombre del piano

El de Fuengirola, con su grupo y su piano de media cola sobre el escenario del Palacio de Congresos./J.J.GARCÍA
El de Fuengirola, con su grupo y su piano de media cola sobre el escenario del Palacio de Congresos. / J.J.GARCÍA

El 'subcampeón' de Operación Triunfo 2008 hizo comer de su mano a un auditorio entregado y le obedecieron incluso cuando recomendó: «Dejad el móvil y disfrutad del concierto»

ONOFRE BOUVILAGRANADA

«Nadie se acuerda del que quedó segundo», esa máxima de las competiciones deportivas no siempre se cumple en otros órdenes de la vida, y el cantautor malagueño Pablo López es un ejemplo más. Cuesta encontrar en este trimestre una sola actuación de su gira en la que no haya vendido todo el papel. Y Granada no iba a ser menos. A veces los segundos, en OT y en el Antiguo Testamento, llegan a ser los primeros.

Hace no mucho clamaba por la «libertad del artista» en su aparición por su vieja Academia, no se sabe si tanto en referencia a su disco 'Camino, Fuego y Libertad', a su gira 'Santa Libertad' o a su relación de 2012 con el 'Marqués de gruñón' Risto Mejide, que no dejaba de calificarle de pianista de acompañamiento en bares y cruceros, acaso sin acordarse de que genios como Bebo Valdés fueron pianistas de hotel durante décadas.

Un par de miles de jóvenes mariposeaban nerviosos/as en los alrededores del Palacio de Congresos bastante antes de la hora habitual, y no pocos con el arrebato de quien va a un concierto por primera vez. Y es que López ha cogido el relevo de otro Pablo y paisano, Alborán, compartiendo clientela y generación posterior, los hermanos/as pequeños/as de los que ya son incondicionales del autor de 'Solamente tú'.

'Lo imposible' fue otro punto álgido de la noche, con su grito agónico «diles que se vayan por favor, diles que se vayan todos» coreado estremecedoramente a dos mil gargantas

El escenario estaba delicadamente decorado con los símbolos que identifican cada una de las canciones de su disco, que además se iban encendiendo en las interpretaciones. Todo bajo un techo con tres especies de platillos volantes cargados de focos para ambientar cada pieza, dejando al solista siempre bajo una luz cenital blanca para identificarle en todo momento, ya que, salvo los escasos paseos que dio, siempre estuvo parapetado tras su teclado.

Nada más salir, vestido con absoluta informalidad, por la espalda de su sudadera le empezaron a resbalar los piropos que se quitaba con arte, tablas y gracia: «¡Si me vieras cuando me levanto te parecería menos guapo!», respondió. Devolviendo al momento las buenas palabras: «Granada es maravillosa», dijo, «y este concierto es un concierto para tocar y tocarnos, y además tenéis suerte, porque como es el único de la semana va a durar seis horas», bromeó, provocando la hilaridad del auditorio. Gente que comía en su mano además de ser muy obediente: se levantaba cuando lo requería el pianista y se sentaban todos justo después. Y cuando les recriminó por usar el teléfono en directo -«Dejad el móvil y disfrutad del concierto», les dijo- se pagaron la mayoría.

Temas muy arreglados

Como sucede a Carole King, Elton John, Jamie Cullum, Billy Joel, Matt Bellamy o Iván Ferreiro, componer en un piano abre perspectivas diferentes a las canciones, que suenan de otra manera y suelen ser más ricas y embelesadoras, al margen de tener a la vista una relación física de cuerpo entero. López es uno más de los que han hecho del piano (de media cola en el concierto) su interlocutor válido para llegar al público, y así sus canciones suenan muy distintas, armónicamente y con una profundidad emotiva superior a las habituales en el sector de 'jovencito/as romántico/as' para todos los públicos, que suele ser la puerta de acceso habitual a la música para los que quieran seguir practicando. No lo esconde y además lo potencia en unos momentos en los que se queda solo frente a las 88 teclas con toda su artillería de martillos de fieltro e infantería de apagadores golpeando o embridando el cordaje. No hay un sonido igual y, como sucede con los esforzados 'hammondnistas', que lleve un escasamente transportable cola de ciudad en ciudad dice mucho de sus intenciones 'delicatessen' con respecto al público, al que le daría igual un funcional pianito eléctrico. Punto a su favor.

Un regalo para los oídos, como su interpretación, de amplia dinámica, desde el susurro con su voz levemente rozada a grandilocuentes cúpulas sonoras de pop sinfónico que piden a gritos la orquesta con que se grabaron esas canciones (London Metropolitan Orchestra). Posibilidades de musicalidad que convierten al de Fuengirola en lo mismo que Muse al indie pop convencional, un arquitecto de canciones en varias dimensiones. Y de esas hay varias en su reciente disco, diseñado a medias con Kim Fanlo y grabado en los míticos estudios Abbey Road, donde George Martin hubiera hecho un buen apaño con esos temas.

El suelo es suyo pero el cielo lo roza con una solvente banda desatada en peliculeras piezas como 'El camino' (de 'Thi Mai: Rumbo a Vietnam') o 'El patio', que es una auténtica balada wagneriana en toda regla. Arrancó el primer tramo del concierto con la primera y el segundo con la siguiente, dejando otro as, 'El Mundo' (de la película 'El príncipe'), en el centro exacto de un concierto de casi dos docenas de canciones y dos horas pletóricas de duración; justo en ese momento se bajó recorriendo el patio de butacas entre dos protectores para besar a su madre, momento que inmortalizaron decenas de fans con sus teléfonos haciendo casi una melé de rugby bajo la que estaba la familia.

'Lo imposible' fue otro punto álgido de la noche, con su grito agónico «diles que se vayan por favor, diles que se vayan todos» estremecedoramente coreado a dos mil gargantas. No faltaron otras piezas recientes como 'El teléfono' (con un arranque bluesy muy N.Orleans), 'El Gato' o 'Dobleuve, 'El incendio' o 'La libertad' con su juguetona intro de piano y su estribillo a lo 'Jesucristo Superstar'. Antes llegaron, 'Vi, 'Ven', 'Lo mejor de la noche', 'Suplicando' o 'Te espero aquí', más o menos el grueso del concierto pasado en el mismo Palacio, hasta desembocar en el arrebatado himno fronterizo 'Tu enemigo', que debía despedir la noche por todo lo alto, moral y físicamente, en el momento de escribir estas líneas.

De haber conocido Víctor Manuel a Pablo, la historia de aquel hombre sentado ante el piano de Billy Joel hubiese sido muy distinta: «Toca otra vez joven ganador, haces que me sienta bien, es tan alegre la noche que tu canción sabe a triunfo y a miel».

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