Fito Cabrales, pleno al 10.000

La enfervorecida 'fanaticada' de Fito&Fitipaldis apenas no dejó un hueco libre en la Monumental de Frascuelo./J. L. P.
La enfervorecida 'fanaticada' de Fito&Fitipaldis apenas no dejó un hueco libre en la Monumental de Frascuelo. / J. L. P.

El bilbaíno llenó en la plaza de toros de Granada en su gira de cumpleaños total | El rockero, la antriestrella absoluta para la industria comercial, es un festival en sí mismo y la gente ruge al verle en el escenario

JUAN JESÚS GARCÍAGRANADA

Con el cartel de 'todo vendido' bien visible en toda la gira, Fito llegó con sus Fitipaldis de confianza a la plaza de toros, donde el único cemento a la vista estaba detrás del escenario, y tampoco mucho dado el supermontaje técnico que acompaña al músico de Bilbao la vieja. Un rato antes los alrededores del coso ya anunciaban con su buen ambiente (y sus reventas) un buen concierto, con muchos seguidores/as, todos/as deambulando con un punto de luz ilusionante en la mirada; gentío más bien mayorcito, entre los casi treinta y los... incluso con sus hijos, y de cualquier tipo de perfil humano, como corresponde a una figura del mainstream maduro contemporáneo.

El artista bilbaíno huye con él de sí mismo, pero son ya muchos miles los que corren a la vez a su lado (¡en esta gira 200.000!). Está claro que el sentido rocanrol para todos los públicos que ha puesto a punto Fito Cabrales con el productor Carlos Raya sigue siendo del gusto del gran público. Y el fenómeno Fitipaldis ha vuelto a conquistar el país una vez más, como cada vez que asoma su pequeña figura en los escenarios, aún más chica si se compara con el tamaño de las estructuras gigantes que cobijan sus conciertos, dignas de grandes festivales. Fito es un festival en sí mismo.

En el sitio que ocupara Cabrales en el anfiteatro de Maracena, de 'artista invitado' de Robe y Extremoduro, estuvo anoche un tipo excepcional: Jairo Perera, mucho más que un animador de entretiempo para hacer caja en las barras. 'Muchachito' es un auténtico contagiador de alegría, la que se le nota cuando rumbea 'a billy' por Pata Negra, con el 'ventilador blues' puesto tras esa parafernalia unipersonal de hombre orquesta que él llama su 'coche de choque', aunque más bien es un dragster lleno de cromados. Jairo es como la Mirinda, tiene burbujas por dentro, y es imposible (y más en estas latitudes) no terminar envenenado y palmoteando sus canciones (sobre todo el 'Ojalá no te hubiera conocido') en formato 'one man band', pero Bigband total.

A tu lado

Se apagan las luces, la gente ruge («Fitofitofitofi...») y en el fondo de escenario se ilumina una imagen muy 'Creepy'. Hace años llevaba un vídeo de camposantos y ahora repite introducción proyectada en tono 'raspa' del 'Rasacayú', para dar paso a los personajes más reales: él solo con su guitarra bajo una ducha de cegadora luz blanca. Bajito, sin pelo, escuálido... A Fito Cabrales se lo hubiesen cargado en el primer casting de cualquier 'reality' musical: no da el perfil mínimo para ningún programa de televisión. Es la antiestrella absoluta, y antes además con 'malas compañías', sin embargo Fito llena estadios y es noticia de cierre en los telediarios. Es un grande en envase pequeño.

Y dice: «Lo más lejos a tu lado» ('Siempre estoy soñando') a modo de confesión personal, arrancando así la veintena de canciones que tocará en veinte ciudades celebrando los veinte años de Fitipaldis. Y la gente se apretó contra el escenario para estar a su lado, lo más cerca posible.

Solo rock and roll

«Sólo intento hacer rock'n'roll y, que suene bonito en directo», dijo en una entrevista en esta casa. Y eso hace, formalmente acude a ritmos estándares, al boggie, swing, ranchera, softjazz, r&blues, etc, que lo de Knopfler y J.J Cale es ya tan tópico como sus botas de punta afilada a la piedra. Sonidos puestos en marcha por unos intachables compañeros que (a diferencia de los Fitipaldis originales) son maestros virtuosos e impecables: Javier Arzola (saxo), Alejandro Climent (bajo), Carlos Raya (guitarra) y Dani Griffin (batería), los Fitipaldis 'residentes' desde hace ya muchos años. Y ahí, la excelencia polimorfa de Raya y el dorado pálpito rocanrolero del soplido del tenorista (los tres con cañón de luz propio) son las señas de identidad de la Casa Fito, fundada en 1998.

'Quiero beber hasta perder el control' estaba en su primer disco, cuando quería de mayor ser como Enrique Urquijo y en emotividad rivalizaba con él y sus Problemas. Con esa versión animó el albero hasta el coro absoluto, para luego seguir en plan zztop y 'lo que sobra de mi'; 'En todo a cien' las protagonistas son las carreras por los mástiles doblando puntos con todo y luego bordar 'Garabatos', todas 'karaoqueadas' como dios manda, y con reconocibles retoques en el maquillaje guitarrero ya sin los teclados de Joserra Senperena.

A estas alturas de concierto ya nos habíamos familiarizado con el soporte del concierto, ese que arrastran setenta personas de ciudad en ciudad (hoy en Málaga montan un segundo escenario). En esta gira, a pesar de llevar equipo de realización de vídeo en alta definición y tiempo real para las pantallas laterales, utilizan sobre todo el fondo central para mantener encendido el logo del grupo en toda sus variaciones, sin añadidos artificiales que despisten la atención de las canciones.

Fito suele dar cancha a sus 'artistas invitados', y con Jairo no iba a ser distinto, así nuevamente le 'invitó' para interpretar en un set acústico el 'No soy Bo Diddley' (¡que si la llegan a terminar por 'La vida que mala es' se cae la plaza, Ay!) y 'Me tienes frito', antes de solicitar la presencia de la canaria Rosana. El cebo para esta gira fue un disco que recogía todas sus amigables colaboraciones, como dijo ayer en este periódico, y algunas de ellas, una en cada plaza, se hacen realidad en persona, así que con la siempre efusiva Rosana cantó 'Mi trozo de cielo'.

A la hora de cerrar la edición, la plaza de matar toros era una caja de resonancia en la que diez mil gargantas gritaban a pleno pulmón que tenían 'Rojitas las orejas', con toda la tímida ternura de su letra, y aún más fuerte todo que habían conocido a una sirena (la inevitable 'Soldadito marinero'). No fueron las últimas, que hubo algunas más en un concierto de dos horas muy largas, pero sí las que pusieron el cielo al alcance de su tacón tejano sin tener que llamar a la puerta. Ya lo dijo la cantante canaria: «Si quieres estrellas, te vuelco el cielo».

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