Lola Herrera: recital de gran actriz

Lola Herrera durante la representación de 'Cinco horas con Mario' ./Alfredo Aguilar
Lola Herrera durante la representación de 'Cinco horas con Mario' . / Alfredo Aguilar

Broche de oro a la segunda edición de Granada Experience, que con sus luces y sombras, ha llenado de cultura todo el fin de semana

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Corría el año 1988 y Granada era otra cosa. En aquel frío noviembre, lleno de cálida cultura, la gente llenó el teatro Isabel la Católica para ver, entre los días 16 y 20, a una actriz vallisoletana que acababa de cumplir los 53 años y que nos traía un texto de su paisano Miguel Delibes, producido por José Sámano y dirigido por Josefina Molina. Todo un acontecimiento. La edad de la actriz resultaba pintiparada para encarnar a la esposa del profesor recién fallecido en 'Cinco horas con Mario'. Su rebeca oscura, sus medias negras, su pelo recogido y su luto incipiente aportaban veracidad a esta historia, acertadamente transmutada de relato en monólogo.

No era la primera vez que esta obra llegaba a Granada. Ocho años antes, también en noviembre, se pudo ver este monólogo en el mismo escenario, tan sólo unos meses después de su estreno absoluto. Eran años en los que Lola visitaba Granada con más frecuencia. Cómo no recordar su éxito con Las amargas lágrimas de Petra von Kant.

Ahora, treinta años después, Lola y Mario vuelven a Granada. El difunto sigue sin tener más edad que la literaria, como le ocurre siempre a los muertos en los libros; ella pletórica a sus 83 años, que la actriz cumplirá el próximo mes de junio, como si hubiese pactado no envejecer un ápice, para nuestro deleite.

Y lo vuelven a hacer de la mano de Josefina Molina, que también dirigió a la actriz de Valladolid en la inquietante película Función de Noche, en la que la verdadera Lola muestra su conflicto de pareja con su marido de verdad Daniel Dicenta, en un juego de espejos con estos amores y reproches entre Mario y su reciente viuda.

Creación de gran actriz

La forma peculiar de decir el texto, con esa nasalidad que le es tan propia, la elegancia magistral con la que se mueve por la escena, ya descalzándose, ya retocando el mobiliario, el toque realista, casi costumbrista del decorado: el termo humeante, la alianza de oro arrojada contra la gaveta... todo se aúna, casi se confabula, para resaltar la grandísima actriz que es, que sigue siendo, Lola.

Nada de escenografías costosas, que ocultan ineptitud. Nada de músicas estridentes ni memeces de vestuario, nada de proyecciones o dispendios tecnológicos. Luces, las necesarias, bien dirigidas y amainadas cuando es menester, aunque a veces no sigan con tino el ir y venir de la actriz de silla en silla.

Ella, mesurada en el patetismo incluso en el clímax final, ese que pone en pie a todo el público que llenó el Palacio de Congresos, en un largo aplauso, de los más sonoros que hogaño he escuchado; calculadora de la ironía que deviene en fino humor para despertar un manojo de risas y un par de carcajadas, dueña de la inflexión entre la recriminación al cadáver y la añoranza de instantes felices.

Bordando el papel, cada vez mejor. Uno de los personajes de su vida. Penélope de la palabra que en cada función teje y desteje las fases que escribió su paisano en espera de que su marido alcance esa Ítaca que es escuchar lo que dice y lo que calla una mujer.

Mujer y soledad

Durante cinco largas horas Carmen vela a su esposo. Pero en esas cinco horas hay lustros de soledad, décadas de silencios y muchas más horas de luto femenino. Y eso Lola lo transmite como nadie. Ella, Carmen Sotillo o Lola Herrera o cualquier mujer sola, se nos transparentan a través de ese diálogo sin respuestas con Mario, paradigma del hombre de clase media acomodada, del funcionario de provincias, del esposo clásico, ligeramente presumido de intelectual y con algún escarceo de aquellos que ya asomaban por La Regenta.

Ella, en la larga noche, nos dibuja con magistral lucidez a la mujer española de posguerra, cuyas sombras aún deambulan por esos mundos de Dios.

Ciertamente el tema parece trasnochado, el texto envejeció mal en lo tocante al seiscientos o a las playas con turistas, pero en lo referente a las relaciones humanas sigue siendo una joya.

Parece, pues, un acierto que obras maestras de la literatura española y grandes hitos de la escena del siglo XX puedan llegar vivos hasta los ojos y los oídos de espectadores del siglo XXI, con la nostalgia de todo velatorio, tan cotidiano, y la singular grandeza de actriz sin edad, como es Lola Herrera.

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