«La singularidad fiscal ya no es suficiente para Cataluña»

Daniel Innerarity./José Ramón Ladra
Daniel Innerarity. / José Ramón Ladra

El filósofo Daniel Innerarity reflexiona sobre los cambios políticos y sociales en su nuevo libro, 'Política para perplejos'

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

Abomina Daniel Innerarity de la política y del periodismo que funcionan por «zascas». «Los que más 'zascas' dan son los menos capaces de ponerse de acuerdo y de llegar a consensos», asegura el filósofo vasco (Bilbao, 1959), que publica 'Política para perplejos' (Galaxia Gutenberg), un análisis sobre los cambios que han acontecido en los últimos años.

Innerarity considera que la sociedad ha pasado de la indignación a la perplejidad. «En el momento de la indignación, parecía que todos tenían claro quiénes eran los culpables de la crisis, cuáles eran los remedios y quiénes eran los agentes para superar esa situación», cuenta el autor. «Pero hemos descubierto», continúa, «que había errores de diagnóstico, explicaciones de los problemas demasiados simples y agendas políticas limitadas». «Porque si todo eso no va acompañado de acuerdos políticos y trabajo serio en las instituciones, acabaremos en una agitación improductiva». Y sin embargo, Innerarity no es precisamente un crítico de los partidos llamados populistas: «El que no sea populista, que tire la primera piedra. Todos los partidos ejercen algo de populismo porque la comunicación instantánea y los mensajes sencillos y cortoplacistas funcionan en nuestro sistema».

El filósofo cree que «en la sociedad no falta información, sino orientación». «Estamos seducidos ante la idea de que el mundo se nos da de una manera inmediata, accesible, barata y cómoda. En las redes sociales están las últimas bobadas, pero lo que necesitamos es que la gente encuentre instrumentos para ejercer su función cívica», explica, antes de incidir en la necesidad de «una buena formación y cultura políticas», que tiene que ver con «los sistemas educativos, con los medios de comunicación o con la socialización con los amigos». «Sin eso», asevera, «nuestra sociedad siempre será débil».

«Creo que tenemos que modificar nuestro modo de hacer política para que los mejores personajes de los partidos, que normalmente están en segunda fila por no ser los más ruidosos, puedan tener protagonismo. Pero no creo que suceda porque en el corto plazo hay un cierto tipo de política y de periodismo que salen beneficiados de lo que está ocurriendo», apunta.

Sobre la crisis territorial, Innerarity cree que la solución pasa por que el Estado ofrezca a Cataluña una «singularidad política, aunque acompañada por una reciprocidad en forma de lealtad, porque una singularidad fiscal ya no es suficiente». «En el corto plazo, hay muy poco que hacer: el tren que descarrilaba después del choque todavía sigue dando tumbos y hasta que no pare no puede entrar la Cruz Roja a sanar las herida a reconstruir la confianza», afirma el filósofo, que no es del todo pesimista porque expone el ejemplo del País Vasco, que él bien conoce: «Allí ha habido un ritmo de recuperación de la confianza entre los actores más rápido de lo que yo preveía después de un larguísimo y tristísimo periodo de terrorismo. A veces vale un simple recambio generacional».

Y después, ¿qué? «Una vez que pase ese ese periodo, que no creo que sea este año, quizá todos aprendamos que es posible diseñar una metodología, unos modos de relación que excluyan la humillación del contrario o su emprisionamiento, y una vez que esto se produzca, España puede ofrecer una singularidad política», dice el autor.

Pero ese planteamiento exige por parte del secesionismo catalán una cierta lealtad. «Cataluña debería pensar que esa reivindicación de singularidad o de independencia debería tener una masa social que la apoyara mayor que el cuarenta y tantos por ciento y emitir algún tipo de mensaje de lealtad al resto de España. Debe haber una transacción. Eso sí, si alguien quiere desintegrar España», avisa Innerarity, «que siga homogeneizando, uniformizando, que suprima el concierto vasco y el convenio, que acabe con la inmersión lingüistica... No habrá unidad si no es con un reconocimiento de la diferencia».

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