Sergio Ramírez, de la revolución a la ficción

Sergio Ramírez Mercado./
Sergio Ramírez Mercado.

«La revolución es un amor perdido que sigue en el corazón» dice el escritor, que tumba el arquetipo bíblico de la sumisión femenina en 'Sara'

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

«No podría vivir sin escribir». Lo dice Sergio Ramírez (Masatepe, 1942), escritor nicaragüense que hace ya muchos años cambió la revolución por la ficción. Defraudado por la política, «nunca por la literatura», dedica hoy toda su energía a fabular sin arrepentirse de un pasado militante «que repetiría». Ramírez contempla con tristeza y dolor la Nicaragua de hoy, de la que fue vicepresidente cuando los sandinistas ganaron la partida al dictador Somoza. «Era inimaginable que tuviéramos de nuevo un caudillo, pero no será la última vez que una revolución se torne en dictadura; por desgracia la historia no se escribe como uno quiere» lamenta el narrador, que abomina de la Nicaragua que acaudilla Daniel Ortega.

Publica 'Sara' (Alfaguara), novela que la ha dado el premio Carlos Fuentes y en la que explora el universo femenino y sus misterios. Lo hace metiéndose en la piel y en el alma de una mujer que nada tiene que ver con al arquetipo bíblico del que parte para derrumbarlo. Su Sara no es sumisa ni obediente, ni pasiva ni silenciosa. No se pliega a los designios divinos a ni a las obligaciones maritales. Será ella quien se revele contra Dios, el Mago en el relato de Ramírez, y detenga la daga con la que Abraham le exige que mate a su hijo «que es lo que habría hecho cualquier madre».

«En la Biblia son apenas unas páginas, pero el relato es una mina para explorar el alma femenina» asegura escritor. Hijo de padre católico y madre evangélica, se confiesa «fascinado» por las historia bíblicas que «caza» en el libro de los libros, «historias de poder, celos, triángulos amorosos y seres contradictorios». «Mi educación fue laica y mis padres se comportaron como agnósticos» acota.

Las revoluciones y la literatura persiguen lo mismo «cambiar a las personas, y cambiar al lector y al escritor, que acaso sea más factible y menos arrogante que creer que pueden cambiar el mundo» plantea. Pero a menudo «ni los libros ni las revueltas acaban como pensamos que acabarían». «Sin arrepentimiento ni amargura», contempla Ramírez aquellos tiempos inflamados. «La revolución es como un amor perdido que recordamos con nostalgia y que siempre estarán en nuestro corazón» dice.

«Estuve donde tenía que estar, viví la vida donde el destino me puso, y volvería a hacerlo. No tengo remordimientos ni me voy a enmendar la plana» asegura el escritor. Ya ajustó cuentas con la revolución en "Adiós muchachos", pero hoy ve la realidad de su país como «un drama».

«La historia no se escribe como uno quisiera» insiste al mirar hoy a una Nicaragua «absolutamente distante de lo que la revolución se propuso». «¿Quién podía imaginar entonces que un caudillo gobernaría el país con toda su familia?. Si hubiera tenido un bola de cristal, habría corrido o hubiera buscado como evitarlo. Es un drama, pero no es la primera vez que ocurre, y menos en la historia de Nicaragua, que ya tuvo la revolución liberal a finales del XIX de la que José Santos Zelaya se erigió en presidente perpetuo» recuerda.

Paradigma populista

«Los pueblos de América Latina son propensos a pensar que un sola persona puede solucionar todos sus problemas y que sin él, el país se hundirá» plantea. «Está en el ADN de la sociedad rural que seguimos siendo y que crea espejismos que aprovecha el caudillo». «Y el gran espejismo de la Nicaragua de hoy es el canal, cultivado por un Ortega que aprovecha que está en el alma de la gente, que piensa que nos hará a todos ricos». «Es el paradigma del populismo, su espejismo, como el petróleo lo es para Venezuela», asegura.

«Yo Creí que mi revolución no acabaría mal, y no por ignorancia» explica. «Era un idealista instruido; había leído "La comedia humana" y conocía por Balzac el destino como terratenientes y viticultores de los líderes que estuvieron en las barricadas. Creí que no ocurriría en Nicaragua. No tendremos un Papá Goriot, me dije. Pero por desgracia la historia se repite», lamenta quien fuera vicepresidente de su país entre 1984 y 1990.

El escritor, premio Alfaguara con "Margarita está linda la mar" y José Donoso por toda su obra, ha optado en su nueva novela vez por un lenguaje «minimalista, deliberada y decididamente poético», pero que «no está reñido con una sencillez cristalina». Escribe Ramírez cada día un mínimo de seis horas y corrige «con pasión y sin descanso». Con más de veinte títulos entre libros de relatos y novelas, sabe hoy que «la corrección es mucho más importante que la inspiración».

Tras estudiar Derecho de la Universidad Autónoma de León, Ramírez fundó la revista "Ventana" y encabezó el movimiento literario homónimo. "Cuentos", su primer libro es de 1963, y volvió al relato en el penúltimo "Flores oscuras" (2013).

Chéjov es el referente de este dotado cuentista que sería «incapaz de tomarme un café con Céline, a pesar de que admiro su escritura». Sí lo compartiría con Borges, a «pesar de que se dejar condecorar por Pinochet era un gran provocador».

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