Roth, un coloso tiranizado por la testosterona

Roth, un coloso tiranizado por la testosterona

Enredado con el sexo en su vida y en su obra, fue un titán de la literatura tachado de misógino y demonizado por sus ex y el feminismo

MIGUEL LORENCIMadrid

Philip Roth ha sido un coloso literario, un titán de las letras, pero también un demonio enredado con el sexo en su vida y en su obra, con las que se ganó la etiqueta de misógino, la animadversión de muchas de sus ex y la inquina del feminismo. La furia erótica de sus personajes tiranizados por la testosterona es una de las claves de su literatura. Su vida, como su obra, estuvo marcada por sus tormentosas relaciones con las mujeres, desde una madre castradora hasta sus dos infernales matrimonios y divorcios y sus incontables amantes y aventuras.

Las ficciones de Roth, quizá hoy impublicables, se encadenan al sexo desde su debut en 1960 con 'Goodbye, Columbus', cinco relatos y una novela corta, hasta 'Némesis', el libro con la que se retiró en 2009 rozando el Nobel. 'Roth desencadenado', de Claudia Roth Pierpont, biógrafa bendecida por el autor, pero sin relación familiar con él, demuestra cómo vida y obra son caras de la misma moneda. Cómo autor y personaje sitúan el sexo en el centro de sus vidas.

Es patente en su personaje más relevante, Nathan Zuckerman, 'alter ego' del escritor en nueve de sus novelas, judío nacido, como Roth, en Newark, en 1933, universitario, enrolado en el ejército y luego escritor que desprecia y ridiculiza a los judíos.

Abundó en esa mezcla de humor, judaísmo, introspección psicológica y alto voltaje sexual en 'El lamento de Portnoy'. La novela que le hizo rico y famoso se arma en torno a las obsesiones eróticas de su protagonista, el adolescente Alexander Portnoy. Reprimido por una madre dominante, ultrarreligiosa y sobreprotectora, se masturba como un bonobo en el baño, en el autobús, con una manzana o sobre un filete de hígado para sacudirse la estricta moral judía y relatárselo a su psicoasnalista . «¡Portnoy, déjatela en paz!», le gritaron por la calle unos lectores que vieron a Roth en su personaje.

«El sexo con y sin amor» está en su obra «junto a la necesidad de encontrarle un sentido a la propia vida, de cambiarla, a padres e hijos, la trampa del yo y de la conciencia y los ideales americanos», señala su biografía, que detecta estas señales en 'Pastoral americana', 'Me casé con una comunista' y 'La mancha humana'.

Matrimoniso destructivos

Dos mujeres marcan la vida y obra de Roth: Maggie Williams y Claire Bloom. Su tortuoso matrimonio con la primera fue «el más dolorosamente destructivo y de influencia más duradera desde el de Zelda con Scott Fitzgerald», afirma Claudia Roth de una terrible relación que determinó las sucesivas. Divorciada y con dos hijos, fingió un embarazo para forzar la boda y luego un aborto. Intentó suicidarse y murió en un accidente de tráfico poco después de su traumática separación. Un siniestro «liberador» para Roth, a quien «le llevó un tiempo superar ese matrimonio», pero que «se convirtió en un escritor mucho más libre», según Claudia Roth.

Lastrado por el trauma matrimonial, coqueteó Roth con Jackie Kennedy -«fue como besar a un cartel publicitario»: así resumió su única cita-, se relacionó con la adinerada Anne Mudge -«uno de los grandes amores de su vida»- y se consoló con una brillante estudiante de historia de las religiones. Todas ellas devendrían en personajes de unas novelas que hurgaban en una herida abierta.

Lo peor llegó con la actriz Claire Bloom, «la rosa inglesa» de la que se enamoró al verla en 'Candilejas', la mítica película de Chaplin, y con quien Roth viviría otro infierno que acabó en «una depresión suicida» y en el ingreso psiquiátrico de él en 1993. Nadie duda de que Bloom es la actriz despechada que protagoniza 'Me casé con un comunista'.

     Ella dio su versión en 'Adiós a una casa de muñecas', demoledoras memorias en las que retrata a Roth como un manipulador, adúltero y neurasténico. Comenzaron a salir a mediados de los 70, se casaron en 1990, y la relación estalló de la peor manera tras 17 años juntos. Bloom, amante de Richard Burton, Lawrence Olivier o Yul Brynner, explicó como Roth le exigió devolver «todo cuanto me había proporcionado durante nuestra vida en común». De un anillo de oro a 140.000 dólares, un espejo, un calefactor portátil, libros y discos, parte del coste de su coche y de un viaje a Marrakech y una multa billonaria por incumplimiento de contrato matrimonial.

Cuando Roth dejó de escribir pasaba los fines de semana en Connecticut, leyendo y comentando la actualidad con Mia Farrow, vecina, amiga y también amante. Una relación que habría propiciado la venganza de Woody Allen en 'Desmontando a Harry'.

Completado su azaroso historial de noviazgos, matrimonios, y aventuras con «alumnas, arpías e histéricas», repasados agravios y críticas de furibundas feministas, su biógrafa no entiende que se le tachara de misógino. «Sus libros contienen descripciones sexuales masculinas muy honestas, pero también grandes personajes femeninos, terribles y divertidos como los masculinos», opina Claire Roth, que se considera «feminista».

«Ninguna de las conductas más extremas sobre las que he leído últimamente en los periódicos me ha sorprendido» aseguraba el propio Roth en enero, en su última entrevista con The New York Times, ante la ola de indignación por el 'caso Weinstein' y el movimiento #MeToo. Admitió que en su papel de novelista «no son extrañas las furias eróticas». Que «los hombres envueltos en la tentación sexual es uno de los aspectos de la vida masculina sobre los que he escrito en algunos de mis libros». Unos varones «que responden a la insistente llamada del placer sexual, plagados de deseos vergonzantes y de la temeridad de la lujuria obsesiva, maravillados incluso con el señuelo del tabú».

Resumía Roth su carrera literaria como una mezcla de «euforia y gruñidos» en la que hubo «frustración y libertad. Inspiración e incertidumbre. Abundancia y vacío. Resplandor hacia adelante y confusión en el camino».

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