Noventa años de una foto

Fotografía de la Generación del 27. /Pepín Bello
Fotografía de la Generación del 27. / Pepín Bello

Está en la memoria de aquel bachillerato: esa fotografía de diciembre de 1927, en el Ateneo de Sevilla, en la que aparecen Alberti, Lorca, Chabás, Bacarisse, Guillén, Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego. Falta Salinas, a la sazón catedrático en Sevilla, que debía de estar ausente por un viaje, y Cernuda, que se encontraba entre el público. Faltan también algunos amigos -Prados, Altolaguire, Aleixandre-, que publicarían su primer libro poco después. Si los actos del homenaje a Góngora fueron la piedra de toque de esta generación, esta imagen es su icono.

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Agrupada en torno a la Residencia de Estudiantes, el magisterio de Jiménez y un puñado de revistas, el 27 presenta no obstante un perfil menos plano de lo que parecería en principio. ¿Generación de la amistad? Tal vez, pero los epistolarios a menudo echan humo. ¿Adopción de las vanguardias? Sin duda, pero junto con el cultivo más o menos efímero de los ismos ahí están los sonetos netamente clásicos de Alberti, Lorca, Diego. ¿Poesía popular? Quizá, pero junto con la vertiente más folclorista se susurraba el hermetismo de la inmensa minoría que cultivaban Salinas y Guillén. ¿Aficionada a la brillantez y la metáfora? Es posible, pero tuvo tiempo de conocer la preferencia de Cernuda por la imagen y el tono apagado del último Bergamín. ¿Encerrada en el purismo y el culto a Valéry? En ocasiones, pero al mismo tiempo supo embarcarse en la poesía «impura» y proponerse la «rehumanización» que defendería Alonso. La pluralidad es tal que el propio término, «generación», debe emplearse con cautela. Lo probaron todo, dieron más bandazos que nadie y lograron suscitar el entusiasmo de muchos.

Es imposible, así, encerrar al 27 en una fórmula definitiva: la llegada de la República, la subida de temperatura política de la década y el desembarco de Neruda provocó nuevas decantaciones y senderos, y el exilio y el franquismo trajeron consigo cambios menos estridentes pero dignos de interés. De un lado, Cernuda bebió de los poetas ingleses e inició un camino muy fecundo para tantos poetas de las siguientes promociones, y tanto él como sus compañeros de exilio elaboraron la imagen de una España convertida en una idea, viva sólo en la memoria; del otro, Aleixandre abandonó su escritura surreal y su imaginario paradisíaco para ensayar un tono más comunicativo; Alonso estalló con el grito de su poesía desarraigada en el yermo de una España asolada; y con 'Clamor', Guillén intentó introducir la historia y el drama humano en la falsilla marmórea de su 'Cántico'. Lo que queda de aquella fotografía, tras las reevaluaciones y los centenarios, tras el espaldarazo del Nobel a Aleixandre y la leyenda creada en torno a Lorca, tras la memoria de 'La arboleda perdida', las ediciones completas de raros como Altolaguirre y tardíos como Bergamín, es un lugar definitivo en el canon pero también, ¡ay!, en el olvido de este bachillerato.

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