Luis Ventoso: «El inglés empieza a latinizarse, deja que afloren un poco sus sentimientos»

Luis Ventoso, con una pegatina del líder laborista Jeremy Corbyn en las pasadas elecciones./R.C.
Luis Ventoso, con una pegatina del líder laborista Jeremy Corbyn en las pasadas elecciones. / R.C.

«El 'brexit' fue un disparate nacionalista», explica el periodista de 'ABC' y autor de 'No temblar ni aunque te corten la cabeza', un repaso a la actualidad y a la historia del Reino Unido

Daniel Roldán
DANIEL ROLDÁNMadrid

Tres años ha pasado Luis Ventoso como corresponsal de 'ABC' en Londres. Todo «un privilegio» para este periodista gallego (La Coruña, 1964), ahora director adjunto del periódico, que ha vivido una de las épocas más interesantes en el Reino Unido. Dos referendos -el de la independencia escocesa y el del 'brexit'-, dos elecciones generales, los atentados de Londres y Mánchester o el incendio de la torre Grenfell son solo algunos de los acontecimientos cubiertos durante este trienio. Una experiencia que ha plasmado en 'No temblar ni aunque te corten la cabeza' (Ediciones Encuentro), en donde también recoge, con ironía y humor, la historia de este país.

-¿Cómo es el alma británica?

-A los ingleses les encanta autoanalizarse, y me centro en ellos porque al final suponen la mayoría de los británicos en número e influencia. No creo que haya país donde se publiquen más libros dedicados a psicoanalizar el carácter nacional. La insularidad los ha convertido sin duda en gente peculiar, a veces incluso contradictoria a ojos del observador foráneo. Por ejemplo, guardan una apariencia contenida, flemática, pero les encantan los excéntricos, la gente con un puntillo chiflado. La etiqueta de la buena educación es una forma obligada de relación social, ese 'sorry' que nunca apean de la boca; pero al tiempo les apasiona cotillear. De todas formas el alma inglesa ha cambiado mucho. Se han debilitado sus rasgos de siempre, como el estoicismo y el famoso labio superior rígido, el celebrado carácter estoico que les llevó a la victoria en la Segunda Guerra Mundial. Hay quien sostiene que todo cambió con el inesperado desparrame emocional que siguió a la muerte de Lady Di, algo que nadie habría esperado de los ingleses. Hoy el inglés ha empezado a latinizarse, deja que afloren un poco sus sentimientos, algo que antes se vería como impúdico. Luego resulta importantísimo el sentido del humor irónico, que lo impregna todo y es casi una forma de relación social. En general son un pueblo ordenado, por ejemplo, predispuesto a hacer colas, y bastante cumplidor, aunque no tanto como pinta su leyenda, porque la productividad es baja. A mí me gustan, aunque como toda nación tienen sus cosas buenas y malas. Todos tenemos un pelo en la nariz.

-¿Alguna vez, a lo largo de la historia, se han sentido europeos o han tenido un sentimiento paneuropeo?

-No, siempre han sido un socio reticente de la UE, aunque en el referéndum de los setenta aprobaron la entrada masivamente. Influye lo que comentaba antes, la insularidad, y también su tradición filosófica y económica. Como europeo, una de las cosas que más me apenan del 'brexit' es que creo que el Reino Unido suponía un contrapeso liberal muy interesante para la UE. Frente al estatismo que impera en la cultura política francesa, los ingleses eran un soplo de dinamismo, el país europeo más pro negocios, que más cree que en el valor de la iniciativa privada. Estamos hablando de la nación de Locke y Adam Smith. Ese mismo talante pro individuo se ve en lo mejor de su historia económica. La Revolución Industrial no la hace el Estado, surge del ingenio de hombres de negocios que acometen una aplicación práctica muy temprana y rápida de descubrimientos tecnológicos, muy notablemente con la máquina de vapor. Napoleón los llamaba con desprecio «una nación de tenderos». Pero creo que lo que en su boca era una crítica en realidad constituye un elogio. El inglés hoy ha perdido ingenio económico, inventa ya poco, pero conserva el realismo monetario, saben que el dinero no crece de los melocotoneros. Ahí radica otro de sus puntos de alejamiento de la UE, donde falta el realismo contable británico.

-La insularidad ¿fortalece el carácter y el ingenio de los ingleses?

-Claro. De otra forma no se explicaría que sigan conduciendo por el otro carril, que beban cerveza templada en lugar de fría, que en vez de los bares latinos dispongan pubs, que muchos desayunen 'porridge', esas gachas de avena que a mí me superan; que los diputados tengan prohibido aplaudir en el Parlamento, pero no jalear y abuchear a voces. Las peculiaridades no se agotan ahí, y de hecho las hay más profundas. El país es terriblemente clasista y no hay otro en Europa donde el colegio que han podido pagarte tus padres, o la universidad a la que has ido, marque más tu vida futura. Cada inglés lleva a cuestas un GPS social, digámoslo así, que hace que en cuanto conoce a otro esté de inmediato escaneándolo para ubicarlo en una clase social concreta. La manera de hablar define de entrada la clase social. Por ejemplo, un patricio jamás llamará 'toilet' al baño, lo considerará una cursilada de alguien de clase baja que se quiere hacerse el finolis, él dirá 'loo'. Existen infinidad de ejemplos de este tipo, y no solo entre la clase alta, también hay un claro orgullo de clase baja, sobre todo en lo que fueron los grandes caladeros laboristas históricos del norte de Inglaterra.

-En los próximos 18 meses se hablará mucho del 'brexit'. ¿Cree que la sociedad se arrepiente? ¿Y se puede contagiar a otros países europeos o la singularidad de la isla lo hace inviable?

-El 'brexit' fue un disparate nacionalista, que desoyó la racionalidad económica. Fue un gran desahogo sentimental tras el desconcierto de la gran crisis de 2008, que también golpeó muy duro al Reino Unido, que hubo de acometer tempranas nacionalizaciones de bancos. En la práctica, son dos países: Londres, donde el 30% de la población ha nacido fuera y en realidad es un enclave global, y todo lo demás. El tirón y el dinamismo cosmopolita de Londres hacen que a veces no se vea que hay otra Inglaterra que se está quedando atrás. Las ciudades medias del norte son bastante deprimentes y las infraestructuras del país dejan en general mucho de desear. En muchos barrios depauperados se ha asimilado mal la llegada de inmigrantes y es cierto que los servicios sociales están muy saturados. También existe un cierto desconcierto ante las secuelas económicas de la globalización. El desahogo frente a todo eso fue replegarse en el terruño, en las ensoñaciones nacionalistas. La gran cuestión que movilizó a los bréxiters no fue el afán de vivir mejor, sino la pretensión de recuperar soberanía nacional, que a su juicio se había perdido a manos de la UE. Por eso la campaña del 'brexit' hablaba del día de la votación del referéndum como «el Día de la independencia». Me recuerda mucho el mecanismo mental de los separatistas catalanes. En ambos casos ha resultado pegarse un tiro en el pie. La calidad de vida de los británicos está empeorando ya, porque el país crece mucho menos y la divisa se ha devaluado, lo cual golpea a un país donde a diferencia de España casi toda la cesta de la compra alimenticia es importada. Una pena el 'brexit', que además ha asustado al capital foráneo, cuando desde la revolución thacheriana el país había ido a más gracias a atraer ese dinero global.

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