Lorca, H.G. Wells y la burra del panadero

Wells, en el Teatro Español. El autor visitó Granada tras ofrecer en Madrid una serie de exitosas conferencias. /EFE
Wells, en el Teatro Español. El autor visitó Granada tras ofrecer en Madrid una serie de exitosas conferencias. / EFE

El pasado sábado se cumplió el 81 aniversario del célebre telegrama del autor de 'La máquina del tiempo' preguntando por el poeta | El testimonio del escultor Eduardo Espinosa, a la sazón joven repartidor de pan en la Huerta de San Vicente, sitúa el asesinato la noche del 17 de agosto

JOSÉ ANTONIO MUÑOZGRANADA

Pocos son ya los supervivientes a la historia de las últimas horas de Federico García Lorca. Feroz fue el silencio y no menos feroz la ocultación de los hechos, de tal manera que no fue hasta entrado el mes de septiembre de 1936 cuando la opinión pública, sobre todo alentada en la zona republicana y en el extranjero, empezó a tomar conciencia de la tragedia. Aprovechamos la efeméride celebrada este pasado sábado -la primera pesquisa directa internacional sobre el paradero del poeta- para hacer converger dos historias en torno a aquellos momentos.

Primero, lo más lejano. El escritor Herbert George Wells visitó España en la primavera de 1932. No era la primera vez que venía. Antes, lo había hecho ya como turista. Pero la España que encontraba era muy otra. Desde hacía un año, España era una república. Llegó a Madrid, como informaba el periódico 'Luz', subtitulado como 'Diario de la República', el 15 de mayo, invitado por el Comité Hispanoinglés, «envuelto en un ligero impermeable azul, enguantado de claro, con máxima sencillez en el ademán y ausencia completa de boato».

Wells venía, según el titular, a «pulsar a la nueva España». Su visita fue un acontecimiento, por dos motivos. El primero, el hecho de ser un autor de extraordinario éxito. En los últimos años del siglo XIX había publicado cuatro novelas que le convertirían en el mito que sigue siendo hoy: 'La máquina del tiempo' (1895), 'La isla del Doctor Moreau' (1896), 'El hombre invisible' (1897) y 'La guerra de los mundos' (1898). El segundo, su activismo intelectual, que aproximándose los grandes conflictos del siglo XX, sobre todo la Guerra Civil Española y la II Guerra Mundial, se convertiría en activismo político.

Wells fue bien tratado tanto por los medios más abiertamente izquierdistas, como el citado 'Luz', como por los diarios monárquicos, como ABC. Este diario cubrió ampliamente su presencia en la Residencia de Estudiantes, y la posterior conferencia, organizada por la misma Residencia en el Teatro Español, ante cuyo aforo, lleno hasta la bandera, pronunció una conferencia sobre 'El dinero y la civilización'. Fue en la Residencia de Estudiantes donde debió trabar contacto con Federico García Lorca, en aquellos días enfrascado en el nacimiento de La Barraca. Al terminar su periplo madrileño, en los últimos días de mayo, Wells se trasladará a Granada. El 31 de mayo, IDEAL da cuenta de la presencia del «célebre novelista inglés Mr. Hugo (sic) G. Wells». Igualmente, informará de su negativa a atender a la prensa. En nuestra ciudad, participará en la tertulia de El Rinconcillo, y reforzará esa relación con Federico y su círculo de amigos.

Testigo presencial

Algo más de cuatro años después, aquel 17 de agosto, la circunstancias que se vivieron en las horas anteriores y posteriores al asesinato del poeta serán contempladas por quien hoy es un venerable artista de 88 años de edad, Eduardo Espinosa Alfambra, y que habla por primera vez sobre estos hechos para IDEAL. Es sobrino nieto de Eduardo Espinosa Cuadros, hijo de Eduardo Espinosa Cobos, principal colaborador del maestro autor de la Santa Cena que procesiona el Domingo de Ramos en Granada, él mismo autor a su vez del Santísimo Cristo del Trabajo y de Nuestra Señora de la Luz, titulares de la hermandad más zaidinera. Reconocido con la Medalla de Plata de Granada y Premio Gorrión de Plata del Zaidín.

Aquel mes de agosto, Eduardo Espinosa Alfambra contaba siete años. Vivía en la calle Enriqueta Lozano, junto a la plaza de Mariana Pineda, en el primer piso de un modesto pero confortable inmueble. En el segundo piso habitaba Luis Casas 'El Chato de Plaza Nueva', uno de los pistoleros «de la banda negra», como recuerda el escultor. «Salía todas las noches vestido de negro de arriba abajo, y no volvía hasta el amanecer». Añade que «de día, nos encontraba jugando en las escaleras y nos hacía siempre alguna broma. Por lo demás, era hombre de pocas palabras».

Eduardo Espinosa ejercía desde algún tiempo atrás como repartidor de pan. No lo necesitaba económicamente, ni le gustaba el oficio de panadero. Lo hacía por apego a la burra, llamada 'Chica', con la que el Horno de Morcillo, situado en la placeta del Lavadero, repartía su producto en una ruta que abarcaba una decena de casas en el centro de la ciudad, y algunas en las huertas de la vega. La circunstancia está descrita en el relato corto inédito 'La burra del panadero', del que es autor. «Cuando terminábamos en el centro, enfilábamos a través del Callejón de Antonino el camino de la vega, y llegábamos a la Huerta de San Vicente a través de una estrecha vereda rodeada de árboles», recuerda. «Cuando llegaba, a mediodía, era frecuente escuchar el piano. Las criadas, vestidas de uniforme y con cofia, que me recogían el pan, miraban hacia arriba con una sonrisa. Yo no sabía que era Federico quien tocaba. Lo supe después».

Esta rutina de entregar las medias hogazas que se encargaban -a veces, Don Federico, el padre de Lorca, entregaba harina como parte del precio y solo pagaba la cocción-, se repetía a diario. Alguna vez vio al poeta sentado a la puerta.

Pero aquella rutina cambió la mañana del 18 de agosto de 1936. «Llegué muy temprano, en torno a las ocho o las nueve. En la vereda que conducía a la Huerta se había agolpado un gran número de personas. Calculo que más de 100. Yo, que no sabía nada del asunto, porque até cabos después, me preguntaba qué hacían allí. Era muy temprano para que fuera una fiesta. Había personas de todo tipo, pero todas de la buena sociedad: militares, señoritos, curas... Ignorante de mí, me abrí paso con la burra a trompicones, entregué mi pan, porque tenía prisa, y me fui». Con estos datos, y los que se ofrecen a la derecha de estas líneas, Eduardo Espinosa sitúa la muerte de Lorca en la madrugada del 17 al 18 de agosto de 1936.

El 13 de octubre de aquel mismo año, H. G. Wells escribía un telegrama, como presidente del Club Pen de Londres, preguntando a las autoridades granadinas sobre el paradero del poeta. La respuesta, lacónica, fue la siguiente: «Coronel gobernador de Granada a H. G. Wells. Ignoro lugar hállase don Federico García Lorca. Coronel Espinosa».

La noticia de la muerte de Federico se extiende lentamente, superando el velo de silencio que impusieron, incluso, los familiares de los ajusticiados con él. Eduardo Espinosa recuerda su amistad con Joaquín Galadí, también vecino del Realejo, hijo del banderillero Francisco Galadí, que compartió 'paseo' con el poeta. «Joaquín era pintor de brocha gorda. Compartimos vinos en el Bar Los Altramuces. Era difícil. A veces, bebía mucho. Cuando alguien por la calle lo señalaba como hijo de su padre, respondía que de ese tema no quería hablar». Son pocos quienes, como el escultor, aún conservan la mente lúcida y el recuerdo fresco sobre este luctuoso episodio.

Fotos

Vídeos