La extraordinaria historia del abuelo Adolfo

Mercedes de Soignie./
Mercedes de Soignie.

La periodista Mercedes de Soignie presenta en la Embajada belga la biografía de su tatarabuelo, un ingeniero belga que llegó a Asturias en el siglo XIX

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

En 1838, un ingeniero belga de 22 años llega a Avilés con destino a la Real Compañía Asturiana de Minas. En su país natal, puntero en esos inicios de la Revolución Industrial, podía haberse dedicado a gestionar con éxito las minas de su tío, pero asumiendo todos los riesgos posibles, una constante en su vida, decide marcharse a un país lejano y atrasado sin conocer siquiera el idioma, un lugar al que solo le unía el origen de su madre, de familia aragonesa.

Así comienza la historia española de Adolfo de Soignie, recogida ahora por su tataranieta, la periodista y escritora Mercedes de Soignie (Avilés, 1962), en el libro 'Caminos del ayer, huellas del mañana' (El sastre de los libros), presentado este miércoles en la residencia del embajador de Bélgica en Madrid, Marc Calcoen. Una forma de cerrar un círculo que se abrió hace casi 180 años, cuando aquel muchacho de casi dos metros de altura, rubio y de ojos azules cambió su vida para siempre. Un libro que recupera la memoria de un hombre que, “si hubiera nacido en Estados Unidos, probablemente tendría una película”, afirma De la Soignie.

“Adolfo llega primero a Avilés y luego a Arnao. Se instala en este pueblo, donde solo había unas pocas casas de agricultores y pescadores analfabetos, y una mina cuyo director está desesperado y solo quería irse de allí”, recuerda la autora. Las perspectivas no parecían demasiado halagüeñas para el joven ingeniero extranjero, pero, poco a poco, logró que la mina local superara sus fallos y comenzara a funcionar a pleno rendimiento. “Tirando de ingenio, diseñó unas cestas con polea para bajar el carbón desde la mina a los barcos. También impulsó el puerto local y presentó un proyecto para ampliar la ría de Avilés”, recuerda De Soignie, subrayando el afán emprendedor de su antepasado.

Coincide esos momentos de su vida con la llegada del amor. Adolfo conoce a una joven, Matilde de las Alas-Pumariño, hija de un ilustre de Avilés. Aunque en su documentación Adolfo evita escribir sobre su vida privada, se sabe que Matilde era muy joven y hasta unos años después su padre no le dio permiso para casarse con el ingeniero belga. Tuvieron diez hijos.

Todos estos primeros años de actividad febril le acabaron pasando factura a la salud de Adolfo: fue diagnosticado de “calentura nerviosa cerebral”. Eso sí, cuando superó la enfermedad, volvió al trabajo con más fuerza incluso que antes. “Fue un auténtico precursor”, explica De Soignie; “presentó un proyecto para el puerto de Gijón, otro proyecto para el ferrocarril en la región, quería hacer una granja de ostras en Áviles...”. Pero en todas sus aventuras se chocó con la burocracia o, si se prefiere, con las fuerzas vivas, siempre reacias al cambio. También se dio cuenta de que el futuro de la mina no estaba en el carbón, sino en el zinc. Aun así, permanece en las minas asturianas dos años más, por un “compromiso de honor”, hasta que termina las obras de ingeniería que había proyectado: el ferrocarril en la zona, los túneles, una nueva carretera... Cuando los culmina, renuncia a ser el cónsul belga en Asturias y se marcha a Galicia, aunque después vuelve a Avilés, esta vez como técnico del Ayuntamiento, y con una infinidad de ideas para modernizar la ciudad, como construir aceras o mejorar la iluminación.

En cualquier caso, la economía familiar comienza a resentirse de la falta de viabilidad de los proyectos de Adolfo, que se pagaba él mismo. “Lo perdieron todo y acabaron arruinados. Él reconocía que su mayor problema era su falta de dinero”, asevera la escritora. De hecho, su esposa Matilde sobrevivió gracias a una pequeña pensión que le concedió la Real Compañía Asturiana de Minas y a la ayuda familiar. “Adolfo no fue un triunfador, fue un luchador, y es posible que los hijos heredaran esa amargura del padre”, destaca De Soignie, que cuenta que escribió 'Caminos del ayer...' porque ella es la única descendiente de su tatarabuelo en Avilés y temía que su historia se perdiera. “No tiene ni una calle ni una plaza dedicada, pero el libro ha ayudado a que la gente le recordara. Cuando lo presentamos en la mina de Arnao y volvimos a la galería submarina que él mismo ideó, y que ahora se ha convertido en un museo, vivimos momentos muy emocionantes”, concluye la escritora.

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