La escritora de Dúrcal María José Puerta presentará en la Alpujarra su última obra, 'El aroma del jardín blanco'

La escritora de Dúrcal María José Puerta presentará en la Alpujarra su última obra, 'El aroma del jardín blanco'

La presentación del libro se llevará a cabo el próximo día 16 en la Librería Atenea de Órgiva, a las siete de la tarde

RAFAEL VÍLCHEZDÚRCAL

La Librería Atenea de Órgiva acogerá el próximo día 17 a las siete de la tarde la presentación del libro de la escritora de Dúrcal, María José Puerta, titulado 'El aroma del jardín blanco'. Según el profesor, escritor, historiador, pintor... de Dúrcal Antonio Serrano, "tras su novela 'Blanca Nadira' y el libro infantil 'los Cuentos de María' , María José Puerta presentará en Órgiva un tratado de aromaterapia que trae prácticas y conocimientos ancestrales de bienestar y salud a los lacerados cuerpos y almas de hoy. En un relato metódico a la vez que elocuente y elegante nos muestra cómo todas las civilizaciones han usado de una u otra manera los aromas con fines medicinales espirituales o cosméticos. Desde el Neolítico, pasando por los antiguos Vedas, los Chinos y por supuesto los Egipcios, nos lleva hasta la Cultura Islámica que alcanza un gran refinamiento en nuestros califas cordobeses y en la exuberante Cultura Nazarí. Los Árabes, aglutinadores de estos saberes orientales más los griegos y romanos, cuentan con una pléyade de médicos alquimistas y físicos ilustrísimos cual fueron Averroes, Maimónides y Avicena".

"Los jardines de la Alhambra -sigue manifestando Antonio Serrano- asombraron por sus aromas a cuantos los visitaron y en el recinto nazarí existía una estancia llamada Duwaira en la que se conservaban los más soberbios perfumes de la época. Hoy, cuando en cada hotel que se precie existe una estancia dedicada a baños y masajes con afeites y aromas, cuando en Granada se abre un museo dedicado a los perfumes, cuando se hace imprescindible un equilibrio sicosomático casi perfecto, es vital el barniz cultural de tan antigua disciplina. Tal vez este retorno homeopático a duermevela entre el sueño y la ensoñación, nos trasporte a realidades vividas y olvidadas pero imprescindibles para comprendernos a nosotros mismos. Cualquiera que pasara su niñez en los años cincuenta o anteriores recordará que cuando apenas había remedio para nada la gente hallaba remedios para todo: contra 'la tiricia' mirar las corrientes de agua por las acequias; si te ahogaba la tosferina, respirar por la mañana el aire de los pinos; infusiones de zahareña para la úlcera estomacal, de manzanilla para cólicos intestinales, de culantrillo para la menstruación, de tila para los nervios, de orégano con miel para la tos; había que huir de la sombra de la higuera pues era enfermiza y más aún de los mantequeros porque mataban a los niños y les extraían las mantecas para curar a los tísicos. Imprescindible aspirar por las vías respiratorias vapores de eucaliptus en los resfriados o por la vía genital vapores de malva en caso de infección vaginal".

"La bronquitis más pertinaz se esfumaba con pócimas de higos secos, cebada, miel y orégano y, el dolor de muelas más rebelde, cedía con enjuagues de beleño o crujía. Hacían milagros los lazos de San Blas o el aceite de su lámpara untado en la garganta. Eficacísima, reconstituyente y placentera era una copita de aguardiente para cortar las penas, una de vino quina para la inapetencia y no menos agradable una onza de escasísimo chocolate que cortaba las diarreas. Estas tenían su antídoto en un tallito de geranio que introducido levemente cual supositorio de cacao por donde la espalda pierde su honesto nombre licuaba el más sólido estreñimiento. Tan impronunciable abertura se embadurnaba con manteca o tocino añejo si la poblaban ardientes almorranas; se encendía el pecho a base de unturas de aguarrás para esputar flemas mucosas o se refregaban las manos con medio limón si hendían su piel, como hirientes cuchilladas, las áridas grietas; así mismo se refrescaba el cuerpo con vinagre aguado en las urticarias y 'roncheríos", manifiesta Antonio Serrano.

"Más divertido por lo que tiene de lúdico y externo era una pella de barro donde picó una avispa, una hoja carnosa de 'sanalotó' tapando una protuberancia granular de pus o una perragorda cobriza y mohosa envuelta en papel de estraza empapado en aceite sujeta firmemente a un chichón escarlata mediante un girón de lienzo. La terapia más dichosa era sin duda la excursión a los baños de Urquízar o Vacamía cuando eclosionaban postemas, eccemas y sarpullidos o había que carrear agua para la piedra renal del abuelo. Los animales también obtenían alivio a sus dolencias con aceite de salvia para las “mataúras” y emplastos de 'hartavaca' para las contusiones", termina diciendo Antonio Serrano.

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