Las entrevistas con arte de Antonio Arco

El periodista Antonio Arco./Juan Manuel Díaz Burgos
El periodista Antonio Arco. / Juan Manuel Díaz Burgos

«Lograr que el entrevistado se olvide de que lo es, augura una buena historia», dice el periodista. 'En qué estábamos pensando' reúne sus encuentros con 60 destacados intelectuales y creadores «antes y después de la crisis»

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Antonio Arco (Cieza, Murcia, 1963) practica con tino el noble arte de la entrevista. El pudor le acucia cuando cambia los papeles y el entrevistador entrevistado debe explicar las claves de su oficio. 'En qué estábamos pensando' (Ed. Cendeac Documentos) reúne sesenta memorables entrevistas con mucho arte. Filósofos, poetas, creadores y artistas desfilan en riguroso orden alfabético por sus páginas.

Azúa, Brines, Caballero Bonald, Genovés, Hierro, Hendricks, Lledó, Pérez-Reverte, Savater, Siza, Tusquets o Valcárcel Medina charlan sin prisas ni cortapisas con el periodista cultural y crítico teatral de 'La Verdad' y colaborador de 'XL Semanal'. Impulsor y director del ciclo 'La nueva Torre de Babel', es profesor de Estética y Ficción en la UCAM.

-¿La entrevista es un género mayor del periodismo?

-Totalmente. Uno de los más nobles y exigentes.

-¿De cuándo son las 60 que reúne?

-Con el filósofo Julián Marías hablé en abril de 2000. Dijo que «los nacionalismos son suicidas». Hoy no daría crédito a lo que pasa en Cataluña. La más reciente, hace un año con el también filósofo Antonio Campillo, que se pregunta si preferimos el final del capitalismo o de la Humanidad. Entre ambas, 58 voces que hablan de un mundo que parece empeñado en prenderse fuego.

-¿Incluye sólo las que le gustan?

-No hay ninguna que no me dejara un buen recuerdo o me aportara enseñanzas, emoción, inquietud... Están todas las sensibilidades e ideologías, pero primo las que creo que el lector no olvidará. No hacer perder el tiempo al lector es una premisa sagrada.

-«Nada humano me es ajeno». ¿Norma de oro del entrevistador?

-Sí. No debe actuar como un fiscal, ni creerse en posesión de la verdad o el más listo de la clase. Escucho al entrevistado como si el mundo dependiera de ello. Eso no quiere decir que comparta todo lo que dice.

-Si el libro es una radiografía ética de nuestro tiempo, ¿qué vemos?

-Que se han desmoronado las grandes certezas, que andamos perdidos en un bosque tecnológico que condiciona nuestras forma de vivir, comunicarnos y querernos. Que, como lamenta Barbara Hendricks, no es nada fácil acabar con los políticos mediocres. Que el gran problema del mundo es la miseria, no el terrorismo, como argumenta el siempre inteligente Emilio Lledó. Que tiene razón Ulay cuando dice que «el sistema de créditos bancarios impide a los ciudadanos ser libres». Como Antonio López al decir que «estamos encanallando la vida». Y que, por suerte, aún hay motivos para sentirnos orgullosos como especie y como los españoles «que dieron una lección de cordura con su 'no' a la guerra de Irak», según Mary Kelly.

-¿Algún denominador común para estos creadores?

-La lucidez, inteligencia y humanidad con la que se enfrentan a la vida. Muchos son personalidades singulares e irrepetibles, como el filósofo Agustín García Calvo o el poeta José Hierro. Todos tienen algo de personajes de Hemingway: no consienten que el miedo les paralice y saben disfrutar de la vida. No se andan por las ramas, como Santiago Sierra: «Nadie es puro. Ya está bien de creer en gilipolleces». Tampoco olvidaré el placer y la gratitud con la que Tomás Segovia se desayunaba una manzana.

-¿El entrevistador debe ser invisible o un poquito tocapelotas?

-No me interesan las entrevistas 'show' para el lucimiento del periodista. Ni las que buscan la bronca o el morbo. Anhelo propiciar conversaciones útiles, que aporten placer al lector y que no le irriten más. Ni gritos, ni malos modos, ni puñaladas a traición. Pero no me conformo con respuestas manidas, aprendidas u oportunistas.

-¿Hay que retratar al entrevistado o dejar que se retrate?

-Lograr que el entrevistado se olvide de que lo es, resulta clave. El principio de una buena historia.

-¿Sonsacándole lo que no quería decir?

-Una entrevista es buena en función de la novedad y sinceridad del personaje. De la ausencia de artificio y el afán de quedar bien y la presencia de verdad y emoción. De si ilumina al lector, le abre los ojos o derriba un prejuicio o lo conmueve.

-¿Hay una hora bruja para la entrevista que la facilite o la enriquezca?

-Sí: la que fije el entrevistado. Sea a las siete de la mañana o a medianoche, le pido que se olvide del móvil y que se relaje. Fuera prisas.

-¿Su modelo en el arte de entrevistar?

-Desde que era estudiante siento enorme admiración por Rosa Montero. Hoy, me deslumbran las de Leila Guerreiro.

-La suyas son poética y literarias, dicen sus prologuistas.

-Escribo lo mejor que sé, lo más honestamente posible. Trato de no decepcionar al maestro que me aconsejó en la escuela cuidar el don de la escritura.

-¿Es más relevante saber preguntar o escuchar?

-Preguntar antes de que sea tarde y saber callar a tiempo. Escuchar no es dejar que el entrevistado te lleve a su terreno y seas un mero instrumento de promoción. Solo hay que rendirse a los pies de quien ser lo merece de modo irremediable.

-Si de verdad se admira a alguien, ¿mejor no entrevistarlo?

-Mejor arriesgarse. Si luego hay que cargar con la decepción, no se acaba el mundo.

-¿Todas fueron placenteras?

-En especial la de Nélida Piñón; la repetiría mil veces. Compartimos un plato de jamón y dos copas de vino. No nos conocíamos y hablamos varias horas. Olvidé la grabadora sin conciencia de que era una entrevista. En mi primer encuentro con Nuria Espert fui un manojo de nervios, pero pensé que quería más encuentros como aquel para aprender, divertirme, emocionarme y que me retaran a pensar.

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