Granada reconoce a Morcillo con una gran exposición

El orientalismo de Morcillo, omnipresente./Alfredo Aguilar
El orientalismo de Morcillo, omnipresente. / Alfredo Aguilar

La familia anunció que donará diez de sus obras al Ayuntamiento | La muestra inaugurada el día 22 estará abierta hasta el 1 de abril en el Centro Cultural de CajaGranada en Puerta Real

JOSÉ ANTONIO MUÑOZGRANADA

Gabriel Morcillo. Sin más. No precisa título una muestra que revela a uno de los grandes autores del siglo XX. No necesita presentación este maestro de maestros, creador de una escuela que hoy perdura. Sólo necesita ser contemplado. Y esto es lo que granadinos y visitantes pueden hacer desde el pasado día 22 y hasta el 1 de abril en el Centro Cultural de CajaGranada en Puerta Real.

Una muestra que cuenta con tres comisarios de alto nivel:_Eduardo Quesada, Fernando Carnicero y Miguel Arjona. Los tres, profundos conocedores de la obra de este genio, acogido artísticamente por su tía Purita en los primeros pasos de su formación, influido por López Mezquita y José María Rodríguez Acosta en sus inicios, incomprendido por quienes impusieron las vanguardias en lo estético, y en definitiva, arador de un surco que dio lugar a una producción fecunda. Morcillo vivió en esta y para esta ciudad que dejó escapar la oportunidad de convertir su carmen en la calle Plegadero Alto en museo. Hombre de costumbres morigeradas, existió para crear y enseñar su arte sin oír los cantos de sirena que pudieron proyectar su obra y su cotización, hasta casi el infinito, en una España fuertemente ideologizada y anclada, para la historiografía oficial, en un pasado glorioso y colonial.

La familia del pintor anunció anoche la donación de diez de sus obras, presentes en la muestra, al Ayuntamiento de Granada. Un legado que, más allá de su considerable valor crematístico –la cotización de un cuadro de formato mediano firmado por Morcillo ronda los 20.000 euros–, manifiesta la voluntad de sus descendientes de que ese idilio que el artista vivió con la capital de la Alhambra se prolongue más allá de su muerte, acaecida hace ya casi 45 años.

Variedad

La muestra supone un paseo por el universo del pintor a través de casi 60 obras. La inmensa mayoría, óleos sobre lienzo, aunque también se pueden ver apuntes a lápiz, y una vitrina con algunos objetos personales, como el libro de dedicatorias de su taller y la paleta con la que pintaba. Morcillo era único incluso en la concepción de sus obras. Siempre se ha dicho que todos sus retratos comenzaban en el ojo de su modelo, para luego ir creciendo en derredor. Una práctica que obligó al artista a añadir tela al cuadro en más de una ocasión, por cierto. Sin embargo, fruto de aquella casi obsesión por conectar a la obra con su observador, quedan unas miradas que traspasan la bidimensionalidad del lienzo para posarse en el mundo que hoy las contempla, un siglo después, en algunos casos, de que fueran creadas.

El autor anduvo a caballo entre tradición y modernidad, fiel a un sentimiento casi sacerdotal con respecto al arte. Y_por esa dedicación, por esa plena identificación entre ejecutoria y pensamiento, fue respetado incluso por quienes le denostaron. Con todo, decir que la Granada de las vanguardias despreció a Morcillo es una generalización que roza la simpleza. Mucho más cuando, como recordó Eduardo Quesada, Federico García Lorca dedicó al pintor un ejemplar de su primera obra ‘Impresiones y paisajes’, donde se podía leer:_«A mi queridísimo amigo Gabriel Morcillo, gran pintor lleno de lejana melancolía que siente por la música una adoración pasional». Los tiempos estaban cambiando, es cierto, y cada cual derivó su rumbo hacia donde querencias, vientos o influencias le llevaron. En el caso de Morcillo, queda la mirada de Conchita, su modelo predilecta, o la de Fernando, su jardinero, transmutados en personajes de un Oriente que recreó para vivir en él una existencia paralela y feliz.

Afirman Fernando Carnicero y Miguel Arjona que «reunir las obras de la exposición no ha supuesto un gran esfuerzo, a pesar de que la mayoría procede de colecciones privadas». Muchos de los propietarios han pedido sigilo sobre su nombre –granadinismo en estado puro, por aquello de ‘no vaya a ser que se sepa...’–. Carnicero lamenta algunas negativas, que podrían haber enriquecido el resultado final. Con todo, ambos se muestran satisfechos, tanto como Diego Oliva, director de la Fundación CajaGranada, para quien era necesaria esta muestra, tres décadas después de la última, organizada con ocasión del centenario del nacimiento del artista.

Las dos salas donde se alberga la exposición navegan entre lo impostado y lo concreto. Para el observador, suponen el goce de contemplar cómo Morcillo ejecutaba fondos inverosímiles en retratos tan realistas como el del Padre Manjón, donde, lejos de la idealización, se aprecia un perfil cansado y lleno de arrugas. O la mirada serena de Modesto Cendoya, pincel en mano. Incluso se puede observar el entorno vital del autor a través de objetos sencillos, como jarrones de barro o enseres de cobre, que se repiten como atrezzo en diversas obras. Trazos todos ellos de una muestra que hace justicia a uno de los genios granadinos del siglo XX.

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