Un paseo por Europa en alas de la danza

Un paseo por Europa en alas de la danza

La Orquesta del Siglo de las Luces completó un precioso recorrido por el ballet francés del siglo XVIII y la música de Bach

TEXTO: ANDRÉS MOLINARI. FOTO: ALFREDO AGUILARGRANADA

No existen razones para la música. Pero siempre es bueno encontrarlas. La Orquesta del Siglo de las Luces, para su actuación dominical en Granada, ha urdido una relación viajera entre la música de ballet versallesca y dos de las suites más famosas del genio alemán de Eisenach. Y la verdad es que el encuentro de ambas músicas, que abarcan desde la última década del siglo XVII hasta 1730, resultó una acertada bitácora para comprobar las muchas influencias que siempre han existido entre dos países que nunca debieron estar en guerra, como Francia y Alemania, a la vez que nos certificó la buena escuela inglesa de música antigua que ha florecido varias veces, sobre todo en lo vocal, en este nuestro Festival granadino.

Abrió el concierto una suite de ‘Les Fêtes Vénitiennes’, obra de André Campra estrenada en 1710. En esta suite, o resumen musical, yacen concentradas todas las sugerencias de aquella ciudad del agua, con su descripción jocunda de la fiesta, su gracia tirrena y todo el carnaval veneciano impregnando la savia que corre por la partitura. La orquesta prodigiosa y entregada. Sonido enjuto de aditivos, magro de ocurrencias, perseguidor de aquel bullicio que evocamos en la lejanía veneciana. Sin perder un instante el empaste, siempre arropando al clave, sin cuyo bajo continuo ni la belleza ni la fiesta serían tales.

Como segunda obra del programa escuchamos ‘Le Journal du Printemps’, publicada en 1695 por Johann Caspar Ferdinand Fischer. Ahora un giro hacia cierta seriedad rayana en lo filosófico. El paso del tiempo descrito por la orquesta inglesa con un átomo de melancolía, esa que dibujó Durero dejándonos ahítos de enigmas. Favilas de belleza junto a guedejas de lo francés hecho alemán.

E incrustada entre dos suites de Johann Sebastian Bach, para comenzar la segunda parte del concierto, una de las obras cumbres del barroco francés: ‘Les Indes Galantes’ de Jean-Philippe Rameau, estrenada en 1735. Lo indígena y lo exótico hechos música, sin renunciar al tópico. Danza pura, persas, flores, amantes y la final entrada de los salvajes, todo descrito con mesura y sobriedad sin renunciar al donaire y al esbozo de una sonrisa.

Las suites de Bach responden a un concepto muy distinto al de la suite entendida como una excerpta o antología de una obra escénica. Para él la danza era la propia música, el teatro era la partitura, el escenario era el instrumento. Por eso sus suites para violonchelo o para orquesta no necesitan ser visualizadas como apoyo de un espectáculo versallesco. De su proteica y hercúlea producción anoche escuchamos las suites orquestales números 3 y 4, ambas en re mayor (BWV 1068 y 1069) que seguramente el compositor de Eisenach compuso en Leipzig hacia 1730. Es un raro deleite escuchar a la Orquesta del Siglo de las Luces en estas obras tan conocidas, y siempre tan lozanas. Cada instrumentista dispuesto a dar lo mejor de su esmerada preparación, cada compás alcanzando el tuétano de nuestra sensibilidad. Y ese Air de la tercera, con toda la dulzura sin empalago, toda la grandeza con sencillez, toda la música del mundo en cinco minutos. Lo que logró la Orquesta del Siglo de las Luces. Una noche sin sombras.

Belleza primigenia

Porque la música barroca, interpretada con instrumentos de afinación antigua nos conecta con la belleza primigenia. Y esta orquesta sabe hacerlo como ninguna. Cinco mujeres para las maderas, oboes color del haya, trompetas que son metal y aire y nada más, cuerda casi sin acicalar, flautas en pie para mostrar su requiebro y su coquetería, fagotes juguetones con su ronroneo. Y luego esa ductilidad de la orquesta para pasar de lo pimpante a lo meditativo casi sin transición.

Música pura, música inefable, música en estado de gracia, pero música que se compuso para acompañar un ballet o ser incidental de una obra escénica. Era la intención del autor y el noviazgo natural para estas partituras. Cada una de las cuales duraba toda una noche, porque era música para la corte, música con una clara intención política: que el rey tuviese a los nobles ocupados en diversiones, y sus gestos visibles desde sus palcos, evitando que cada uno reinase en su feudo y pudiera tornarse levantisco contra el poder absoluto. Por tanto la música escuchada anoche es música, en cierto modo, mancada. Porque la belleza sublime del repertorio escuchado, la perfección inaudita de los intérpretes británicos, la sonoridad preciosa de la orquesta no evitan que tenga que ser nuestra imaginación la que supla lo que el escenario, avaro y zambucón, nunca nos mostró. Habrá quien diga que para mal ballet mejor buena música y quien opine que la música sin ballet se paladea mejor y sin distracción. Pero a fin de cuentas a uno le hubiese gustado emular con algo más que la imaginación aquel Versalles y poder ver aparecer Las Indias Galan

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