'Sir' o no ser del nuevo rey Lear

Sir Simon Rattle y la Orquesta Sinfónica de Londres, anoche en su segundo velada en el Palacio Carlos V./Ramón L. Pérez
Sir Simon Rattle y la Orquesta Sinfónica de Londres, anoche en su segundo velada en el Palacio Carlos V. / Ramón L. Pérez

El director Sir Simon Rattle demuestra ser insuperable en el repertorio romántico

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Sin las dudas del Hamlet inglés, sin la frialdad de la Finlandia de Sibelius, sin la rigidez no menos tópica de la Alemania de Brahms. Sir Simon Rattle, el nuevo rey Lear con corona de armiño, nos hizo creer de nuevo en el romanticismo, esa época de nuestra cultura que se resiste a abandonarnos. Ciertamente Sibelius es el romanticismo crepuscular con amagos de modernismo, pero ahí quedan Berlioz que es romántico incipiente y Brahms que lo es en plenitud. En nuestros tiempos hay muchos que consideran el Romanticismo como trasnochado, empalagoso y ñoño, pero la música que escuchamos anoche los sigue contradiciendo, por supuesto, sólo cuando se interpreta como lo hizo la London Symphony Orchestra en su segunda noche en Granada. Una noche para la tonalidad de re: Re menor en el concierto del finlandés y re mayor en la sinfonía del hamburgués.

Una noche también clásica en su planteamiento: obertura-concierto-sinfonía. Para que todo sea nuevo, y todo permanezca, como en el Carnaval de Berlioz, bordado por Rattle.

Para el concierto de violín de Jean Sibelius se contó con la colaboración de la violinista Janine Jansen, sin duda una de las mejores conocedoras del repertorio romántico para el instrumento de las cuatro cuerdas. Es conocida la historia, recurrente en muchas obras maestras, del fracaso inicial como preludio de un éxito inmarchitable. El estreno de este concierto fue desastroso en febrero de 1907, pero al año siguiente el éxito fue tal que quedó convertido en una de las obras de repertorio, colocada por los melómanos a la altura de otros conciertos románticos como los de Tchaikovsky, Mendelssohn o el propio Brahms.

Janine Jansen nos ofreció una versión coruscante y vitalista, sin perder lo melodioso ni tropezar en lo atarantado. El tropel de notas fue emergiendo de sus agilísimas manos, como exhalaciones de rara belleza, delimitando siempre cada nota como un mínimo tesoro, pero tan cerca de la contigua que todo parecía un universo precioso imposible de imaginar disperso.

Delicadísimo comienzo como un miosotis ártico que espera el desperezarse de la orquesta. Ella sin distraerse por las cosas que se caen o las partituras que vuelan por el escenario. Agudísimos sin raspadura, graves de terciopelo. Lástima que a veces la orquesta se comiese al violín, más exquisito en lo floral que hercúleo en el volumen. Pero todo lo compensó con la Nana de Falla como propina.

La otra Sexta

Hay muchas sextas. Pero sólo dos refulgen en la historia de la música. La de Mahler, que escuchamos el domingo dirigida con extraordinaria precisión por Rattle, y la Pastoral de Beethoven. Pero era tanta la admiración que Brahms sentía por el sordo de Bonn que ésta su segunda sinfonía se puede calificar como 'la otra sexta'. En efecto lo pastoral y bucólico emergen a cada compás de esta obra en tonalidad mayor. Tonalidad que Rattle no interpretó como desenfreno festivo, a lo que tendieron las trompas algo desordenadas, sino como felicidad sedosa de quien queda absorto ante la naturaleza, como tenue melancolía del que ansía llegar a la cima: ese final que hizo temblar los cimientos del Carlos V.

Con su batuta ágil, su expresividad facial y su índice miguelangelesco, nos rememoró aquel verano de 1877 cuando Brahms escribió esta delicada música paseando por los Alpes. Derrochando esa envidiable complicidad con los músicos, de los que será director titular próximamente, el director británico nos hizo ver incluso más allá: Un horizonte que dibuja las anfractuosidades de la montaña, un tapiz de colores descrito por las intervenciones vivas del metal, la suavidad cromática de las maderas y el constante arropamiento de las cuerdas, un empaste orquestal a veces esquivo por las entradas a turbión, pero siempre añorado como evocación de aquel prieto y verde prado que cubre el mundo geórgico durante el estío.

Torbellino y vida en los dos movimientos extremos y aljófar de elegancia en los dos movimientos lentos centrales maravillados ante ese balanceo de la melodía, mimado por Rattle, para que la brisa devenga en ráfaga y la música en sugerencia.

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