La 'Novena': grandeza, calor y alegría

La 'Novena': grandeza, calor y alegría

Triunfo rotundo de Zubin Mehta y la Orquesta y Coro del Teatro di San Carlo en la Alhambra

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Hace doscientos años justos empezó todo. Aquel año 1817 la Sociedad Filarmónica de Londres le encargó a Beethoven una sinfonía. El compositor de Bonn comenzó a componerla al año siguiente, pero hasta 1824 no vería su estreno en Viena. Para el cuarto movimiento utilizó un poema de su compatriota Schiller, el autor de 'Don Carlo', drama al que le puso música Verdi y relacionado con este Palacio imperial de la Alhambra, donde anoche sonó rutilante y tan espectacular como siempre.

El calor de la noche podía desafinar algún instrumento o extenuar a músicos o director. Pero de esto poco pasó. La orquesta, sin ser sinfónica en sentido estricto, desgranó la partitura con interés y denuedo, acertada al disponer los violines segundos enfrentados a los primeros y no contiguos, como es habitual, y adueñándose de ese sonido cavernoso en las cuerdas tan característico del Beethoven maduro y maestro. Los metales puede que demasiado conspicuos y los timbales sonoros en demasía, tal vez necesitados de unas baquetas más algodonosas para no robar tanto protagonismo, que por otro lado no está mal en un Beethoven más para el espectáculo sinfónico que para la intimidad poética.

Conforme avanzaba la noche el calor fue remitiendo y la orquesta empastándose. Una suave brisa cerró los abanicos y el viento metal, ahora sin tanta prepotencia y sobreactuación, trató de abrir diálogos con las bien empastadas cuerdas. Se lució el fagot en el scherzo y los violines segundos en el cantabile creando una grata sensación de pastoral, tan afín al genio de Bonn.

A estas alturas parece innecesario repetir que Zubin Mehta es uno de los grandes, de los grandísimos. Su declara pertenencia a la 'vieja escuela' no lo arredra a la hora de sugerir ideas novedosas en los timbres y lecturas muy contemporáneas en algunos de los pasajes fugados, esquivando efectos para la galería y centrándose en la música pura, en la obra de arte trascendente, en la elegancia para decir y la profundidad para sentir, porque clásico rima con clase. Y este director tiene clase para que lo clásico parezca nuevo cada día. Nada importa que pierda la batuta o que muestre una micra de cansancio. Él controla los retornos para que no parezcan simples repeticiones, paladea la melodía esperando que la orquesta haga lo propio y deja hacer a los contrabajos, cuando ellos solos entonan el finale presto: los vellos de punta.

Grata conexión

Parece un acierto que un director de su categoría y con sus claras ideas se encuentre con una orquesta que ni es la 'suya' si están ensoberbecida por la fama o el crédito. Obediencia es la palabra. Un conjunto convicto de pertenecer a un teatro de ópera, que sigue al director en sus indicaciones de marcialidad y teatro más que en los pasajes de introspección y ternura.

La vuelta de Mehta a Granada siempre es un acontecimiento y verlo dirigir aún más. Pocos directores paladean la música como él lo hace. Incluso es frecuente verle cantar con los cantantes y casi gritar con el coro, vocalizando el idioma alemán como si esperase que el sordo genial, desde el empíreo, no pudiese oírlo y tuviese que leerle los labios.

En estos tiempos que corren, la alegría veraz es un bien escaso. Ante las noticias, que parecen competir entre ellas en emular caos y miseria, sigue incólume la música de Beethoven. Porque su alegría no es vana futilidad de una noche de calor o un verano de festival, sino esperanza certera de muchas generaciones humanas y todos los tiempos vivibles. Pero para extraer todo ese sentido trascendente a estos minutos de belleza hace falta una interpretación cercana a la de anoche. Tal vez por la conjunción de un director de origen asiático, un compositor alemán y un conjunto italiano. Junto a pasajes de cierto trámite y a otros algo emborronados por el extrovertido timbal o los incontenibles metales, instantes de belleza y precisión, buceando incluso en esas distonías aparentes que nos descubren un Beethoven redivivo en la modernidad.

Pero la apoteosis es ese final coral en el que se pregona y se dispendia la alegría. Pocas veces fondo y forma van tan hermanados. Y para ello un coro napolitano, un coro hecho en la ópera, que se deshace en el grito casi hasta el seísmo, que modula con precisión y afina con destreza. Un coro compacto que se yergue casi en el mejor intérprete de la noche.

Junto a él, la soprano Juliana Di Giacomo con una voz rutilante y briosa que casi se comió las demás, la mezzo ruso-noruega Lilly Jørstad, de voz aterciopelada en los escasos pentagramas que tiene asignados, el tenor norteamericano Robert Dean Smith, más esforzado que sonoro, y el bajo Wilhelm Schwinghammer que cumplió con sus cometido sin aspavientos pero sin preciosidades.

Sin ser la mejor novena que se ha oído en el Festival, o que se espera oír en lo sucesivo, esta de los napolitanos con Mehta nos ha hecho reencontrarnos con la grandeza, con el esfuerzo coral por hacer que la cultura, de la mano de la música, cale hasta el fondo del alma humana y que de ella surja la alegría como la mejor flor que realiza su fugaz antesis en una cálida noche de festival.

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