La música rusa le va bien a Heras-Casado

La violinista Esther Yoo y el director Pablo Heras-Casado, durante la interpretación del 'Concierto para violín', de Tchaikovsky./ALFREDO AGUILAR
La violinista Esther Yoo y el director Pablo Heras-Casado, durante la interpretación del 'Concierto para violín', de Tchaikovsky. / ALFREDO AGUILAR

Triunfo rotundo del director granadino al frente de la Philharmonia Orchestra, semanas antes de hacerse cargo del Festival de su ciudad

ANDRÉS MOLINARIGranada

La noche prometía. Pablo Heras-Casado volvía al escenario y al podio del Palacio Carlos V, esta vez al frente de la Philharmonia Orchestra de Londres, con música rusa en los atriles, escrita en aquel siglo quebrado, e increíble para la música, que ocupa entre 1850 y 1950. Aunque en los corrillos los cuchicheos se referían a la otra vuelta de Pablo, no a dirigir una orquesta, sino a todo un Festival que tendrá 67 años a sus espaldas. El Festival de su tierra.

Este Pablo no necesita Damasco ni Ananías. Mira con tiento todo lo que hace y esperamos vea, ojee y avizore con delectación lo que programará a partir de octubre. Pero anoche era hora de escuchar su quehacer actual al frente de una gran orquesta como es la Philharmonia. La tercera orquesta que nos llega este año desde Londres, en este caso desde el Royal Festival Hall en el Southbank Centre.

El esquema del concierto no pudo ser más clásico: obertura-forma concertante-pieza sinfónica. Fue un acierto comenzar con la 'Obertura Festival, op. 96' de Dmitri Shostakóvich, ya que esta obra fue compuesta hace justo setenta años, en 1947, para conmemorar la Revolución Rusa de 1917, de la que este año recordamos su primer centenario. Aunque en realidad la obra, por razones que no vienen al caso, se estrenó en 1954.

En ella se conjugan curiosamente los sones más pomposos de la corte zarista con las melodías de evocación popular que remiten al proletariado y al socialismo. Lo mejor que se puede decir de la orquesta es que, por momentos, se pareció a una banda. Y eso es mucho. Trompetería recrecida, percusión con desparpajo y un amago de motu perpetuo. La cosa prometía y Pablo supo darle el tono 'festivo' que la pieza requería. Para abrir boca.

Pruebas de fuego

Unas hojas de calendario hacia atrás, hasta 1878, año en el que Piotr Ilich Tchaikovsky compuso su celebérrimo 'Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 35'. Primera prueba de fuego para el trío: orquesta-solista-director.

Este Festival se ha deleitado con mostrarnos la avenencia entre el violín y orquesta: el piano ha quedado para conciertos en solitario. Si al frente del instrumento charol se han sentado dos hombres jóvenes, para el pequeño ruiseñor de la cuatro cuerdas han permanecido en pie dos mujeres de las que dan alas y sensibilidad al instrumento para que trine, cante, llore y padezca. Porque Esther Yoo es de las violinistas que hace cantar al instrumento, luchando contra el calor, el sudor en manos y cuello y cierto avasallamiento del metal, sobre todo de las trompas, que le hurtaban a veces volumen y matiz.

Suerte que ella, con su engañosa fragilidad corporal, se arqueó, crispó todo su cuerpo, gesticuló con denuedo hasta lograr 'romper' la noche y extraer todo el acerado romanticismo que encierra esta partitura, considerada una de las difíciles del repertorio y, por tanto, como diría el joven castizo, de los conciertos más resultones. El cariño del público por la partitura le hizo aplaudir el primer tiempo y deshacerse al final en agrado hacia la portentosa pero comedida violinista.

Y, llenado la segunda parte de la noche, la segunda prueba: 'El pájaro de fuego', música para ballet, compuesta por Igor Stravinsky en 1910. El compositor tenía 28 años cuando Serguéi Diáguilev le encargó esta música para una coreografía de los famosos Ballets Rusos, los que actuaron en Granada y dejaron una fotografía de toda la troupe encaramada a la fuente de los leones. Ahora la orquesta sí fue una gran orquesta, con el metal rutilante, la percusión encabritada, la celesta audible, las dos arpas bien hermanadas...

La historia, aunque perteneciente al folklore ruso, es conocida en occidente. Casi un cuento infantil que relata cómo el príncipe Ivan sale de caza, se interna en un bosque encantado, allí se le aparece un pájaro resplandeciente que le acompaña en mil peripecias, hasta que se hace de día y todo termina felizmente porque el príncipe canjea lo cinegético del ocio por un epitalamio del amor. Lo que ocurre es que si no sabes este argumento y no te vas imaginando la coreografía ideada por Michel Fokine para esta música, toda la primera parte se torna abstracta y casi aburrida. Cosa que evitó Pablo con esa destreza de buen director que ya le caracteriza y sabiendo que estaba al frente de una orquesta de gran categoría que llevaba muchos años sin visitar nuestro Festival.

Música y espera

Pablo Heras-Casado es conocido internacionalmente por moverse con precisión y tino en esa bancada del repertorio que ronda a Mozart y sus contemporáneos, pero anoche demostró que también lee bien las partituras del último romanticismo e incluso el correoso neoclasicismo del siglo XX. Su valía consiste en equilibrar un riguroso respeto por lo escrito con unos ardites de innovación y espolvorearlo todo con toques de originalidad en los pasajes más controvertidos.

Él se siente clásico, por eso anoche colocó los chelos y contrabajos a su derecha, como antaño; dirige con la cintura, frente a estatuarias encumbradas que sólo aletean los brazos, es decir, baila la música pero a la vez dibuja museos enteros con sus manos en el aire. De esta forma se está convirtiendo en un director todoterreno, al que no obstante le cunde el desasosiego de tener que hacerse un hueco entre los grandes, los de siempre, los que ya son pontífices en ese mismo repertorio. El trillado y consabido. La ventaja de Pablo es que, con su juventud, no tiene que sustituirlos, sino sucederlos.

Este año ha sido el año de las orquestas europeas. Que caen cerca y cuestan menos a la hora de organizar la logística. Tres han sido las inglesas y tres las españolas, con una formación napolitana como 'telonera'. A la Orquesta Ciudad de Granada, presente un par de veces, casi como comodín acomodaticio para lo que se presente, se unieron las dos nacionales, a cual mejor. Y, sin pensar en desconexiones británicas de torpeza palmaria, las tres londinenses han ocupado por derecho propio el corazón del Festival, dejando la mejor impresión entre los entendidos y haciéndose un pequeño lar, inolvidable, también en el corazón de los melómanos.

El que será director del Festival granadino, con su elegancia de pose, su atractivo apolíneo, sin almidón en el trato ni frac en el rictus, su agilidad internacional y su destreza en dirigir sin batuta, ha puesto la guinda, dirigiendo la última de ellas. Esas notas finales de su concierto de anoche, al frente de la Philharmonia, pueden ser la sinalefa que las una con la obertura de su otro gran concierto, el que todos esperamos que armonice, como hizo anoche, al frente del nuevo periodo en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada.

Fotos

Vídeos