María Dueñas: el violín tiene nombre de mujer

María Dueñas, en un momento de su actuación de anoche en el Hospital Real./Ramón L. Pérez
María Dueñas, en un momento de su actuación de anoche en el Hospital Real. / Ramón L. Pérez

La delicadeza y maestría de la joven intérprete granadina encandiló al público que asistió a su concierto, en un Hospital Real lleno de público

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Nunca quedará clara la elección: si juventud o madurez. Las edades del hombre son tesoros tan ricos y variados que toda comparación es imposible. Si al subir la montaña todo es ímpetu, avidez y ganas de demostrar lo posible, cuando el artista ya está arriba, su estilo queda sosegado y su alma se ve necesitada de enseñar lo aprendido y lo experimentado, antes de que todo su esfuerzo se desvanezca con el silencio que pone fin al único movimiento de su sonata, esa que carece de segundo tiempo.

Anoche fue la noche de la juventud, del denuedo por gustar, de los nervios por saberse mirada y admirada por los suyos. Pero también una incipiente experiencia, una muestra del tenaz trabajo realizado, un atlas de los caminos que quedan por recorrer.

La 'Sonata para violín y piano' de Mozart está escrita en mi menor. Buena elección para comenzar. Porque no supone grandes dificultades y sí contiene bellos pasajes en los que el violín puede lucirse sin esfuerzo. María eligió lo académico frente a la arriesgada innovación y la corrección frente a ocurrencias nada recomendables para iniciar un concierto, en frío y con los nervios aún a flor de escenario.

Otra cosa fue la obra de Saint-Saëns. Ahí ya apareció la vena de María como virtuosa del violín que, cual Guadiana bajo Brahms, reaparecería con Waxman y con el 'Adiós a la Alhambra', de Monasterio. Porque Brahms, cuando escribió su tercera sonata para violín y piano, era ya un compositor maduro, con cierta retranca que sólo los intérpretes muy avezados saben averiguar. No obstante, María leyó la partitura con instantes de notable acierto, porque se ayuda de ese agilísima y delicada mano izquierda, cuyo meñique baja a lugares imposibles, y de la ampulosidad de la derecha que tan pronto mece el arco como lo usa cual espada a blandir contra las cuatro cuerdas. Lectura también pronunciada por su rostro que siente, padece, se alegra y se relaja con cada sentimiento incrustado en el pentagrama.

Siempre con la teatralidad justa, sin esos desgarros, poses y ficciones de otros violinistas, que nos dan la sensación de encontrarnos en un circo y no en un concierto.

Con el piano a medio abrir

El violín es un instrumento de enorme versatilidad. Y parece mentira que lleve entre nosotros sólo tres siglos. Hoy es imprescindible tanto en las orquestas como en cualquier conjunto de cuerda. Pero el violín, con ser el rey, no se ensoberbece en su excelencia, pues admite todo tipo de compañías, esponsales sonoros de los que ambos salen agraciados. Una de las compañías mejor timbradas para el violín es el piano.

Nicolas Caccivio, como todos los pianistas acompañantes, tenía ante sí un difícil papel: dar un paso atrás para que María se luciera y brillase más que el charol de su góndola sonora, o respetar a cada compositor que trató de equilibrar en la partitura a los dos instrumentos en discusión o avenencia. El jovencísimo pianista respetó en todo momento el protagonismo de María. Era su noche. Pero no desatendió el sutil juego de Mozart, la insistencia sonora de Saint-Saëns, el caudal melódico de Brahms o la furia de 'Carmen'.

Leyó las partituras con minuciosidad y sin atropello, algo tardo en algunas escalas largas, pero conciso de retórica en los pasajes decorativos. Aunque yo hubiese cerrado por completo la tapa del piano para que el fuerte y brioso sonido del joven no se comiese algunos pasajes del violín, sobre todo los más tenues y delicados.

Poco importa el piano entornado. María no sólo es Dueñas de apellido, es también dueña de la melodía y del ritmo, ama de la elegancia y el donaire, haya de la exquisitez y la vaporosidad. Anoche hizo que el violín tuviese nombre de mujer, pero no debe olvidar en ningún momento que entre lo muy bueno y lo sublime quedan océanos que surcan sólo unos pocos. Porque se necesita tesón, trabajo, talento y sensibilidad. Lo bueno es que María Dueñas ya se ha embarcado en ese viaje.

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