Cualquier cosa es un instrumento

La Compañía Bovoj y sus instrumentos improvisados./FERMÍN RODRÍGUEZ
La Compañía Bovoj y sus instrumentos improvisados. / FERMÍN RODRÍGUEZ

La Compañía Bovoj divirtió a los más pequeños con su música hinchable y altas dosis de imaginación, amistad y gamberrismo controlado

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Desde hace más de una década el Festival de Granada dedica una de sus miradas a los niños. Según los años y los directores al frente del mismo, este 'Festival de los Pequeños' ha resultado un mero trámite o ha rayado a gran altura. Este año no ha sido el habitual teatro Alhambra el anfitrión de los niños, sino el Isabel la Católica, que no dispone, como aquel, de cojines para elevar el culito de estos espectadores de tan menguada talla física sobre las butacas diseñadas para adultos, y que vean el escenario sin tener que estirar mucho el cuellecito o subirse sobre el regazo maternal. El año de la despedida de Diego, la cosa parca: sólo un espectáculo para ellos. Se le ha encargado a la familia Aragón que muestre durante dos días su desternillante montaje 'Aire', un juego para plástico y ventilador. Porque cualquier objeto puede servir para hacer música. Y además resulta barato. Sólo hace falta imaginación, amistad y sentido del ritmo.

Sillas y cubiletes

Cosas de las que están muy sobrados los Aragón de la compañía Bovoj. Ellos extraen ritmo de sillas plegables, de cubiletes de plástico, de botellas de PVC para el agua, de tubos de gomaespuma soplados con fuerza, del consabido móvil tecleado, y, sobre todo, de burbujas para embalaje. Es lo mejor de su espectáculo, que tiene muy poco de «Oooohhhh!», es decir, de sorpresa evanescente, de esa que deja boquiabiertos a los críos y nada más; pero tiene mucho de imitable, de sugerencia para que ellos sigan haciendo música en su cuarto con cualquier juguete, con cualquier cosa de la casa. Sólo necesitan un par de amigos con los que reutilizar el plástico que se vaya a tirar, y a derrochar imaginación. Esta sobreabundancia de ritmo abstracto frente a escenas teatrales de mimo y mudez, hace que casi no se escuche en el patio de butacas la típica pregunta del teatro infantil: «¿Mamá, qué hacen?».

Todo está planteado en plan gamberrete, con muchos gags típicos de Tricicle, porque es Paco Mir quien dirige la función, y recursos clásicos del clown: no en vano, los cinco protagonistas son unos gafotas y cuatro llevan nariz postiza, aunque sea azul, porque se trata de aire. En ciertos momentos parecen rendir homenaje a Les Luthiers, con esa creación de instrumentos hechos con la simpleza del vertedero. El decorado nos recuerda que estamos en un concierto de música hinchable y las luces distraen más con sus colorines que ilustran en sus intenciones.

Por supuesto que muchos números se parecen demasiado entre sí, existiendo algunos de mero relleno, con palmadas y pataleo sin más, para llegar a unos cuantos números geniales. Muy acertada y poco molesta la bajada del escenario para jugar con los críos. Lo que los pedantes llaman interacción de proximidad con el público. Catártico el reparto de macroburbujas para que todos, grandes y pequeños disfrutemos como niños explotándolas a discreción o a compás, número que debería ser el último del espectáculo por su catarsis y por cómo deja el teatro hecho unos zorros. Una piruleta a tiempo, con forma de corazón y siempre un toque de distinción en ese perro robot que hace caca y todo.

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