Al Generalife le sienta bien el rock

Al Generalife le sienta bien el rock
Alfredo Aguilar

Brillante homenaje a Roland Petit por el Ballet del Teatro di San Carlo de Nápoles, gracias a la música de Pink Floyd

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Segunda noche de danza en el Generalife y segunda página coreográfica propuesta por Giuseppe Picone al frente del Ballet del Teatro di San Carlo de Nápoles. Si en su presentación nos ofreció una Cenicienta muy cómica y teatral, para su despedida ha hecho bien en recordar a Roland Petit, el gran creador francés del siglo XX. Cuatro de sus coreografías fueron suficientes para mostrar el estilo y las formas de este ballet napolitano que transparenta a las claras que es un ballet de teatro, muy preocupado por la puesta en escena y por el resultado visual de su espectáculo, desatendiendo algo la perfección formal de la danza y su pureza intemporal.

La noche quedó sajada en dos partes: la primera para evocar el Petit más clásico y la segunda al creador más estimulado y amparado por el rock. En los tres dúos de la primera parte los napolitanos rayaron muy por debajo de lo esperado y de lo que se merece nuestro Festival. Las Gymnopedies de Erick Satie jugaron a calcar con una pareja humana el dúo piano y flauta del compositor francés y la vacuidad ocupó los pocos minutos de esta minucia. Tampoco en La Rose Malade, con música de Gustav Mahler, la pareja estuvo acertada. En ambos casos más expresión que precisión, hombres que sostienen mal el cuerpo femenino en el aire. Manos masculinas poco firmes, estética de la languidez muy almibarada, cuerpos mustios que no expresan demasiado. Pero sobre todo una técnica deficitaria llegando a resolverse atropelladamente problemas de entrecruzamiento de miembros.

De esta primera parte se salva Le Combat des Anges, un fragmento del ballet Proust ou Les Intermitences du Coeur, con música de Gabriel Fauré. El ballet de Nápoles bailó el fragmento en el que dos hombres dialogan, congenian, disienten y juegan a invadir intimidades. Unos instantes de bella danza pudieron borrar la mala impresión de sus coreografías compañeras. Buen uso del suelo, abrazos con arte, cuerpos arqueados sin espasmo, exquisito uso del cuerpo del compañero como tabla de salvación. Y la simetría. Siempre la simetría como la mejor sintaxis para dos cuerpos que no ocultan su masculinidad a pesar de ser ángeles en discusión.

La segunda parte fue otra cosa. Se esperaba con interés una de las piezas más singulares de Petit. Fue la estrella de la noche. Y no sólo por la danza en sí, sino por la recreación de rayos láser y humaredas conjuntadas. Aquí se despertó el ballet de Nápoles. Incluso el pésimo sonido de la primera parte ahora sonó con nitidez. Era creación fantástica de Petit, que conmovió los cimientos de la danza contemporánea: Pink Floyd Ballet. Obra de 1972 con la que fundó y comenzó su andadura el Ballet National de Marseille. Entonces la banda británica actuó en directo junto a los bailarines franceses. Tiempos de estreno que nunca volverán.

A lo largo de una docena de temas musicales del mítico grupo londinense, el coreógrafo francés traza un reloj de doce horas sin tiempo donde los bailarines son los minuteros; doce meses sin estaciones donde el ritmo se abre paso entre la escarcha en forma de otra piel de tela prieta que aprieta los cuerpos de ellas y deja desnudos los cuerpos de ellos.

Ahora los Napolitanos sí entendieron que los cipreses con buenos compañeros para el rock. Se esmeraron en la estatuaria que tanto le gustaba a Petit, derrocharon agilidad en los gestos, esos que identifican al creador afincado en Marsella: codos emergentes, palmas de las manos muy abiertas, hombros de latido sísmico. Un conjunto de variaciones coreográficas que, a pesar de escoger temas instrumentales y vocales de Pink Floyd, desarrollados por el gran conjunto y por pocos solistas, mantiene un estilo unísono y un machimbrado competente.

Como en las demás coreografías pies descalzos, atrezzo inexistente, pelo femenino recogido en moño, formas aterciopeladas salpicadas de un pare de furias y breves instantes de ternura. Pero lo mejor el conjunto, usando todo el escenario con amplitud y dominio, a mitad de camino entre niños que juegan a la rueda en la placeta y autómatas de Metrópolis ansiosos por la huida.

Sin olvidar la presentación ‘roquera’ de luces, que no le sienta nada mal al Generalife, tan romántico él. Con algún foco algo molesto por mal dirigido, pero con los rayos finos creando intrincados panales de luz para arropar al conjunto o adornarse con el humo como si fuese moaré antiguo. Ellos tan divertidos como expresivos. Y eso se nota en unos bailarines, cuando están disfrutando con lo que hacen como disfruta el público cuando los ve.

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