Compositor maduro en manos jóvenes

Un Palacio de Carlos V lleno asistió anoche a la actuación de la Joven Orquesta Nacional de España. /ALFREDO AGUILAR
Un Palacio de Carlos V lleno asistió anoche a la actuación de la Joven Orquesta Nacional de España. / ALFREDO AGUILAR

La JONDE realizó una versión impecable y emotiva de la Novena de Mahler

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Corría el año 1910 y, unos meses antes de fallecer, en mayo de 1911, Gustav Mahler daba los últimos toques a su sinfonía número 9, su sinfonía testamentaria, su despedida del mundo. No era un viejo, pero sí un hombre enfermo y cansado, sin embargo era un compositor maduro conocedor como ninguno de todos los entresijos de la orquesta y de cómo dirigir desde el podio. Pero la parca le hurtó los aplausos. Esos que sonaron anoche tan generosos para merecidos. Su amigo Bruno Walter se encargó de darle la última pincelada a esta novena y estrenarla en Viena, un 26 de junio, tal día como anteayer, pero de 1912.

En contraste, este junio de 2017 han sido unos jóvenes españoles los que han recreado aquel testamento musical para el Festival de Granada. Juventud, que no bisoñez, frente a plena sazón musical, ímpetu vital para ir más allá de 'La canción de la tierra', respeto, sin miedo, por una obra con la que muchas orquestas, y no pocos directores, no se han atrevido.

Desde el suave comienzo de Andante comodo percibimos que la noche prometía. Unos jóvenes con mucho estudio a sus espaldas, contenidos en el afán sonoro pero pronunciando las muchas efes de fortísimos que lleva la partitura, para luego deleitarse en esos instantes de sosiego, pocos en este Mahler, que describen la placidez bucólica, la bondad de lo sencillo, la conjunción con la naturaleza. El paso de la vida antes de la segura muerte. Si los jóvenes fueron capaces de que ese primer tiempo no pareciese un caos, ya fue una proeza.

Luego vinieron el scherzo y el rondó, donde jóvenes y juego mostraron que ambas palabras comienzan por la misma letra. Melodías más patentes que antes que se prestan al optimismo, aunque el volcán seguía necesitando ese brío juvenil para que aflorase el magma Mahler con todo su fulgor. En un paso del do mayor al la menor más que correcto. Cada familia orquestal con su minuto de gloria: las dos arpas atinadas, el metal imperante sobre los demás, las trompas con poquísimas equivocaciones en las entradas, la aparatosa tuba haciendo gala de su sordina, los fagotes dueños del compás... y la cuerda muy bien empastada, tanto en las aristas de los agudos como en el terciopelo de las sordinas. A veces un amago de descripción como esos latinos del corazón enfermo mahleriano que se han querido oír aquí y acullá. Pero estos jóvenes siempre desdeñando efectos teatrales y más centrados en leer con corrección la partitura que en innovaciones para la galería. Sin olvidar que el finale adagio, es un epígono, muy melodramático, de todo el romanticismo musical que tanto fecundó el siglo XIX, cuando Mahler era joven como ellos.

Pero, para llegar a esta excelente lectura de tan compleja partitura, ha sido necesaria la presencia en el podio de un director que sabe lo que hace. Que los trata con cercanía y amistad. Colocando los violonchelos a su derecha como es lo clásico, sin usar batuta porque sus manos le son suficientes para que las indicaciones gestuales vuelen raudas a cada instrumentista, esmerándose en que las repeticiones no parezcan calcos ni los retornos copias.

Sin duda lo más acertado de Víctor Pablo Pérez fue encontrar el justo medio entre el turbión de opiniones, análisis y exégesis que se han vertido sobre esta sinfonía y la música en sí, la partitura desnuda de ambages, para entusiasmar con todo ello a los jóvenes de la JONDE que anoche se creyeron lo que hacían y lo dieron todo para, nota sobre nota, barajando la danza con amagos de atonalidad, conmoviendo nuestro tuétano con ese final precioso, edificar ese palacio tan firme y tan efímero que es la música de Mahler. Una obra monoteísta y misantrópica, que no admite ni otra deidad sobre el escenario ni más compañía en el programa. Por supuesto ni propina. Ella sola basta y sobra para emocionar, para seguir con los pies el ritmo danzable de los dos movimientos centrales, para reflexionar sobre ese hilo de vida que poco a poco nos deja, como esa luz que va convirtiendo el palacio en un impresionante crepúsculo, cómplice de ese violín que va apagando su voz para que el silencio también se paladee como parte de la música, como parte de la belleza.

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