La altura estética de los Países Bajos

Momento de la actuación anoche del Het Nationale Ballet./ALFREDO AGUILAR
Momento de la actuación anoche del Het Nationale Ballet. / ALFREDO AGUILAR

Calidad y delicadeza en el variado programa propuesto por el Het Nationale Ballet para cerrar el ciclo de danza clásica de este año

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Última noche de ballet por este año. Noche de dispersión en el programa y cierta unidad en la intención escénica. Eclecticismo y sobriedad más que espectacularidad. Siempre con el romanticismo tardío como horizonte, que todo lo enmarca, y el neoclasicismo como tímida vanguardia estética, más retórica que veraz o conmovedora.

La noche comenzó con una interesante coreografía de Rudi van Rantzing sobre Las cuatro últimas canciones de Richard Strauss. Varias parejas van desgranando esa obra maestra que el compositor alemán escribió un año antes de su muerte. Entre los dos un tercero en discordia, más alto y cárdeno. Porque el tono de la pieza propende a lo terroso y no sólo en el color del vestuario: brazos arqueados como gabletes góticos, piernas en compás isósceles, uso del suelo sólo para señalarlo como lugar de cosecha o parva. Y un telón de fondo negro que extrema la sobriedad en casi simpleza. Los bailarines buscaron un argumento, entre pastoral y amoroso, al que asirse, pero las muchas reiteraciones en posturas de abandono y dejadez corpórea y algunos fallos en la coordinación de las parejas enfrió el ambiente aminorando mucho los aplausos que pudieron merecerse más sonoros.

Se esperaba ver la reposición de la breve Tarantella de Balanchine, el famoso paso a dos, que en realidad es un ejercicio de virtuosismo coreográfico para pareja, creado por el bailarín ruso sobre la pieza homónima del americano Gottchalk. Resurrección de la noche, juego de tresillos y traspuntes con los pies, lucimiento de Aya Okamura: pequeña de estatura pero grande en los alardes. Lástima que su compañero no estuviese a su altura, sobre todo en las insulsas piruetas.

Sobriedad clásica

Unas miniaturas sinfónicas forman el coreografía Frank Bridge Variations de Hans van Manen sobre la música de Benjamin Britten. Un retorno al neoclasicismo en su vertiente más sobria, pieza plagada de masculinidad, como le gustaba a Britten, incluso con las mujeres amparadas en lo andrógino de moño recogido y la total ausencia de falda. El suelo como renglón sobre el que los cuerpos escriben historias con puntos suspensivos. Giros de ella en tono a él: no en vano era noche de plenilunio y Selene, muy dorada, iluminaba más el graderío que los tenues focos azulados el escenario. A pesar de algunas entradas algo atolondradas, esta coreografía se yergue como la más esmerada de la noche: profunda de planeamiento, concorde con la música, concisa de retórica y taimada en parecerse a sí mismo para no aburrir con la monotonía.

Un buen fin de fiesta en el que se trató de maridar proeza técnica con algazara vital

Y terminó la noche con más brillantez de la que traía. Varios fragmentos del Don Quijote de Minkus, ahora con coreografía de Alexei Ratmansky. En esta recreación de Las Bodas de Camacho el vestuario se tornó colorista, las chicas demostraron su garbo y su donaire, el cuerpo de baile aportó lo que le faltaba de espectáculo a la noche e incluso fue candoroso ver el esfuerzo de los holandeses por parecer españoles, tocando las castañuelas y todo. Un buen fin de fiesta en el que se trató de maridar proeza técnica con algazara vital.

Miscelánea para agradar

El Ballet Nacional de Holanda ha cerrado el ciclo de danza clásica de este 66 Festival. Y lo ha hecho con un abanico de coreografías en las que ha demostrado su sobriedad y su compromiso con el clasicismo sin tutú. Dos modelos se alternan en las noches en el Generalife: o se presencia una obra completa, caso de La Cenicienta del primer día, o se asiste a una miscelánea en la que la disparidad de estilos suele ser la pretensión de la compañía para agradar a todos. No me decido por uno u otro programa. Tal vez para cerrar la última noche se hubiese requerido un gran ballet, de esos que dejan el mejor sabor de boca. Y los aplausos hubiesen sido mayores, prolongando buenos regustos y mejores rumores.

Este año la danza ha rayado más clásica que innovadora y más retrospectiva que vanguardista. Puede que al público del Festival le guste más este tipo de programas y que los expertos vengan a él atraídos más por la perfección en el hacer que por la novedad en el decir. Pero el Generalife también debería figurar en las enciclopedias de ballet al uso, incluida esa muy manoseada de internet, como el escenario en el que un día se estrenó un ballet que luego fue famoso y repetido por el mundo entero.

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