El feliz encuentro de la voz de Marina y el piano de Dorantes

Marina Heredia muestra todo su poderío sobre el escenario, con David Peña Dorantes al piano./Alfredo Aguilar
Marina Heredia muestra todo su poderío sobre el escenario, con David Peña Dorantes al piano. / Alfredo Aguilar

La unión de ambos hacen saltar chispas de emoción y duende, pero sobre todo de verdad y flamencura

JORGE FERNÁNDEZ BUSTOSGRANADA

Comenzando un febrero voluble, sin embargo asistimos en el día de ayer a la estabilidad de dos autenticas personalidades en el flamenco que el destino ha hecho que confluyan para gloria del flamenco. Por un lado encontramos al pianista lebrijano David Peña Dorantes y por otra a la cantaora granadina Marina Heredia, los dos de añeja familia, presentando su obra 'Esencias'. La unión de ambos hacen saltar chispas de emoción y duende, pero sobre todo de verdad y flamencura. Sus propuestas, para mayor abundamiento, se dimensionan con la batería exacta de Javi Ruibal y con las palmas y coros de la gaditana Anabel Rivera y la sacromontana Fita Heredia, que destacan por sí solas.

A Marina, una de las mejores cantaoras del momento, el piano de Dorantes le sienta bien, le ofrece una libertad armónica francamente interesante. Moviéndose por las alturas, se desgarra en los 'ayes', parece que se come la melodía y la trasforma en dolor o en esa fiesta contenida que se canta con los ojos cerrados y los brazos abiertos como brindándose por entera. David Peña, con sus mágicas manos, transforma el piano en guitarra a voluntad, con sus picados, con sus trémolos y su rasgueo, al tiempo que hace concesiones continuas al jazz, sobre todo en los dos temas en solitario que se marcó junto al baterista y sus baquetas de escobilla. Lo que no acabo de entender es el rasgueo de las cuerdas del piano, en un alarde de habilidad que sin embargo poco aporta.

Con una gran expectación y el auditorio Manuel de Falla a rebosar, la velada comenzó dulce por nanas, donde Marina supo acunar los espíritus de la noche, para continuar dándole voz a Alberti por alegrías, 'Si te dicen de Cái', coreado por las dos palmeras y precedida por una generosa introducción a piano. Por seguiriyas, bastante rítmicas, fueron sobrecogedores. El piano de Dorantes percutía al ritmo de los platillos de Javi Ruibal. Quizá a la voz le faltara algo de volumen.

Para los tangos de Granada, Marina trajo el cuadro a su terreno. Es algo que domina. Se siente a gusto en sus propuestas, aunque se supera con creces en la granaína tradicional en la que prescinde de los coros y de la percusión. Dorantes arropaba a la granadina como si fuera su razón de tocar, ofreciendo entre ambos un concierto de alto nivel, versátil y atento al tiempo que nos envuelve. Un momento cumbre de la actuación fue cuando se acordaron de Juan Peña 'el Lebrijano' y su disco 'Persecución' (1976), interpretando el cante de Galeras, donde un sorpresivo Curro Albayzín abordó, aunque leyéndolo, el tremendo recitado que acompañaba al cante. No se nombró sin embargo al autor de esos textos, el poeta Félix Grande. En realidad, la presentación del tema hubiera requerido mayor tratamiento. Sea como sea, Marina, vestida de plata, bordó el papel. Pienso que, visto lo visto y oído lo oído, dicho trabajo muy bien podría haberse escrito para ella.

Y de un Peña pasamos a otro Peña. «Esta familia no hace temas, hace himnos», llegó a decir la cantaora para presentar el 'Orobroy' de David. Aunque no fue la pieza original, sino que estaba preñada de fandangos, que le iban como un guante. El quinteto acabó por bulerías, en las que recordaron a Lole y Manuel o al 'Se nos rompió el amor' que popularizó Rocío Jurado. Cómo se abrió Marina, de qué manera puso la voz, el grito y cómo la interpretó. No hubo bis.

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