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'Braveheart' Salmond, el hombre que amenazó a un imperio

Alex Salmond, ante una estatua de Braveheart.
Alex Salmond, ante una estatua de Braveheart. / Reuters
  • El líder del Partido Nacional Escocés lideró con éxito la campaña por el 'sí' a la independencia de Escocia

Las superproducciones históricas de Hollywood tienen siempre el mismo guión. En 'Espartaco', en 'Gladiator', en '300' y, por supuesto, en 'Braveheart', el héroe del pueblo, en inferioridad de condiciones, sufre mil avatares, supera todos los obstáculos y derriba todas las injusticias. Y en un determinado momento del metraje, está a punto de lograr lo imposible: hacer caer al imperio. Pero una traición de última hora acaba con sus esperanzas y al final de la película, casi todo vuelve a ser como era antes. En cualquier caso, el hombre que ha hecho tambalear al rey se transmutará para la eternidad como un mito en el imaginario colectivo de su pueblo.

En Reino Unido se ha rodado en este 2014 la segunda parte de 'Braveheart'. Pero el protagonista no ha sido Mel Gibson, sino un político menos atractivo pero tan encantandor como el actor australiano. El personaje se llama Alex Salmond y en apenas tres años, desde 2011, ha conseguido poner en jaque la idea de la indisoluble unión de los territorios de la Gran Bretaña.

Fue ese año cuando Alex Salmond, hasta entonces un pintoresco y controlable político de provincias, logró que su Partido Nacional Escocés (SNP) ganara por mayoría absoluta las elecciones escocesas. Pero más importante aún fue que un confiado David Cameron, primer ministro británico, aceptara el envite y se aviniera a convocar un referéndum por la independencia de Escocia, con la absoluta seguridad de que el 'no' arrasaría. La fecha: 18 de septiembre de 2014. Pero esta insípida, en principio, consulta se convirtió pronto en el punto de inflexión con el que soñaba un nacionalismo como el escocés, más centrado hasta entonces en el folclore y en las tradiciones que en reivindicar un estado propio.

Origen humilde

En los dos últimos años, el mundo ha conocido a Alex Salmond. Un político criado en un humilde barrio de viviendas baratas en Linlithgow, cerca de Edimburgo; licenciado en Económicas e Historia Medieval por Saint Andrews; extrabajador del Banco de Escocia; casado con Moira McGlashan, una mujer 17 años mayor que él; aficionado al golf, a las carreras de caballos y sobre todo, a la Historia de Escocia. Un habilísimo político, feroz en el cuerpo a cuerpo, dicen que muy divertido en la intimidad, un rival de altura que se aprovechó de que el imperio lo infravalorara.

Siguiendo el guión de Braveheart, Salmond soñó, un día en concreto, con ser presidente de una Escocia independiente. Fue el 7 de septiembre, once jornadas antes del referéndum. Aquella mañana, los sondeos de los periódicos británicos otorgaban la victoria al 'sí' y un escalofrío recorrió el Reino Unido desde Aberdeen hasta Southampton. El imperio, entonces, puso en marcha su maquinaria. La reina Isabel II se bajó del pedestal y recordó a su nación todo lo que une a los británicos; Cameron hizo pucheros y como un novio abandonado, prometió amor eterno a los vecinos del norte; el exprimer ministro Gordon Brown se recorrió todos los rincones de Escocia con la promesa de más dinero para todos. Y el día de la votación, el 'no' a la independencia logró el 55% de los votos, frente al 'sí' que encabezaba Salmond, que se quedó en el 45%. El héroe rozó la gloria.

Salmond dimitió unos días después, pero ni mucho menos murió políticamente. Será el cabeza de lista de su partido para las elecciones generales británicas del próximo año y amenaza, esta vez desde Londres, con seguir gritando, como Braveheart: "Pueden quitarnos la vida, pero jamás nos quitarán... ¡la libertad!"