El portal de Cayetana

Mariola y Carlos, con la pequeña Cayetana, justo en el lugar donde vino al mundo./ÑITO SALAS
Mariola y Carlos, con la pequeña Cayetana, justo en el lugar donde vino al mundo. / ÑITO SALAS

Una mujer da a luz a su niña en plena calle, de madrugada y asistida sólo por el padre | El alumbramiento sorprendió a esta pareja malagueña justo cuando salían de casa, sin tiempo siquiera para avisar a emergencias

FRANCISCO JIMÉNEZ

Viéndola descansar plácidamente acurrucada en los brazos de su madre se antoja complicado imaginar las prisas con las que la pequeña Cayetana quiso venir al mundo. No es que se adelantara demasiado a la fecha prevista. De hecho, nació la madrugada del día 16 cuando en casa de los Quintero Vázquez la esperaban para el 20. Pero cuando llegó su momento, esta jovencísima malagueña decidió nacer tan rápido que lo hizo en el portal. O más bien en la calle, quizá por eso del juego de palabras con su nombre. A las seis de la mañana, a la intemperie, solos, sin saber a qué vecino avisar porque era su segunda noche en el nuevo piso y sin margen siquiera para llegar al coche y poner rumbo al hospital, a sus padres no les quedó otra que «tirar adelante». «Al salir del portal le dije: '¡Carlos, que la cabeza está aquí!'», relata Mariola. La primera reacción del padre fue un «tranquila, que nos da tiempo».

Era el tercer parto que vivían y, a priori, la experiencia es un grado. Cuando empezaron las contracciones cada 20 ó 25 minutos pensaron que aún no había llegado el momento. Así que mientras el padre llevaba a los dos hijos mayores (Carlos, de 11 años, y Marcos, de 7) con la abuela, en el bloque contiguo, ella aprovechó para asearse. «Al salir de la ducha rompí aguas y en apenas 10 minutos ya había nacido». Él ya había presenciado el alumbramiento de los dos varones, pero una cosa es ver los toros desde la barrera y otra bien distinta saltar al albero. Sin esperarlo, estaba al frente del parto de su hija.

La cabeza asomaba

Efectivamente, la coronilla de Cayetana ya estaban fuera cuando atravesaron el umbral del portal número 4 del barrio de Los Ramos, que se convirtió en un improvisado paritorio. «Me tiré al suelo y al ver su cabecita probé con mis dedos hasta tocarle el cuello. No sé por qué, pero en ese instante me vino la imagen de sus dos hermanos saliendo disparados en cuanto asomaron los hombros, así que mi mayor temor era que se cayera al suelo porque Mariola no podía ni sentarse», explica Carlos sin evitar que se le erice la piel. Finalmente, logró sacar a la pequeña, ponerla en brazos de su madre y taparla un poco. En ese momento salió para arroparlas con su bata Rosa, una vecina a la que los gritos de la parturienta sacaron de la cama. Con la bebé ya en el mundo, volvieron a casa mientras llamaban al 061. Ahora la duda era qué hacer con el cordón umbilical. ¿Cortarlo o no? Según la descripción que aportaron de la situación les recomendaron esperar a que llegara la ambulancia. «Vinieron rapidísimo», resaltan. Los sanitarios reconocieron a madre e hija y comprobaron que ambas estaban bien antes de, ya con más calma, trasladarlas al hospital. Y Carlos rompió a llorar.

La historia de este parto natural ha tenido un final feliz, pero sus protagonistas no dejan de darle vueltas a cuál habría sido el desenlace si hubiera surgido alguna complicación. «Me tiemblan las piernas sólo de pensarlo», afirma ella. «Ver a mi mujer sangrando y a la niña tan blanca, tan calladita y con el cordón umbilical colgando... Jamás olvidaré ese miedo», añade él.

Según les aseguró el médico, ocho de cada diez personas que se encuentran ante una situación similar se desmayan, una se queda paralizada y otra sí reacciona. «Si me hubieras preguntado la semana pasada te habría contestado que soy de los que se quedan bloqueados, pero uno nunca sabe cómo va a responder. En cualquier caso, lo hizo ella casi todo», comenta Carlos tratando de quitarse un mérito que Mariola le devuelve definiéndole como el «héroe» de esta nueva familia numerosa. Y Cayetana, mientras tanto, a lo suyo. Con un poco de prisa, pero esta vez para buscar el pecho de su madre.

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