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Historias de San Valentín en Almería

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Historias de San Valentín en Almería

En los años 60 Almería lanzó a los enamorados el mensaje de que su patrón, San Valentín, yacía en la Catedral

14.02.10 - 02:42 -
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En los años sesenta, a rebujo de la popularidad que empezaba a tener Almería gracias al rodaje de películas y desde la más sagaz y perspicaz campaña informativa discurrida nunca en esta tierra, la ciudad lanzó a todos la historia de que San Valentín, el patrón de los enamorados, yacía en algún lugar del claustro catedralicio, al que acudían cada 14 de febrero, los novios almerienses a pedir la eternidad de su sentimiento.
Hasta Perceval, el artista indaliano por excelencia, realizó un bajorrelieve con el santo que se colocó en el Parque hasta que un buen día desapareció, de la misma manera que desaparecieron aquellos programas de radio que alentaban a celebrar por todo lo alto cada 14 de Febrero en Almería, que animaban con concursos, cartas y ripios la participación en una fiesta «como Dios manda», en la que los valores del nacional catolicismo estaban muy por encima de cualquier frivolidad. Durante años la creencia popular -hay toda una generación que no se baja del burro y que insiste en que San Valentín, sus restos, están en Almería- repite y repite ese hecho y por más que el desaparecido archivero de la Catedral, Juan López, escribe un librito con gotas históricas en el que a lo más que se atreve es a decir que una ampolla de sangre de un mártir llamado Valentín llegó a Almería y que mártires santos con el nombre de Valentín hay muchos, la leyenda supera a la realidad y Almería se convierte, al menos a nivel local, en sepultura de San Valentín, casi a la vez que Pepín Fernández, aquél genio que se sacó de la manga Galerías Preciados, se inventa San Valentín y Vuelve San Valentín, dos películas que patrocinan sus grandes almacenes y que hace elevar las ventas en un mes que hasta entonces era muy flojo para un comercio con rebajas en enero.
Lo que no está muy claro es por qué desde la propia diócesis no se corta la campaña, ya que con su silencio ayuda a mantener la falsedad. Y es que la propia Iglesia reconoce a San Valentín como un sacerdote cristiano en la Roma del s.III, periodo en el que se prohibía el matrimonio entre los soldados ya que se creía que los hombres solteros rendían más en el campo de batalla que los hombres casados porque no estaban emocionalmente ligados a sus familias. El cura Valentín, ante tal injusticia, decide casar a las parejas bajo el ritual cristiano a escondidas de los ojos romanos. Por eso es perseguido y martirizado.
Dos siglos más tarde la Iglesia católica recupera su figura. Por aquel entonces era tradición entre los adolescentes practicar una curiosa fiesta pagana derivada de los ritos en honor del dios Lupercus, dios de la fertilidad que se celebraba el día 15 de febrero. Era un sorteo mediante el cual cada chico escogía el nombre de una joven que se convertiría en su compañera de diversión durante un año. La Santa Sede quiso acabar con esta celebración pagana y canonizó a San Valentín como patrón de los enamorados.
El cuerpo de San Valentín se conserva actualmente en la Basílica de su mismo nombre que está situada en la ciudad italiana de Terni. Cada 14 de febrero se celebra en este templo un acto de compromiso por parte de diferentes parejas que quieren unirse en matrimonio al año siguiente. Exactamente igual que lo que hacían las parejas almerienses en plena efervescencia 'valentinera'.
Sea por una razón u otra, San Valentín se ha convertido en el patrón de todos los enamorados y de todas aquellas personas que quieren tener una pareja. Los comerciantes se han hecho eco de esta festividad y la han convertido en un día perfecto para aumentar las ventas. Flores, postales, poemas de amor, dedicatorias, bombones y regalos de todo tipo se obsequian en este día al ser querido para demostrar su amor y amistad. ¿Es eso el Amor? Del panorama provincial hemos rescatado algunas historias.
Los caños de la novia
Cuando el viajero llega a Vélez Blanco, encuentra al doblar el primer recodo y bajar una escalinata los llamados caños de la novia. Dos caños de aguas cristalinas que vierten sus aguas en el barranco de la canastera y que sacian la sed de vecinos y forasteros.
No se sabe si es por el lugar donde están enclavados o por la calidad de sus aguas pero son muchos los que se acercan a beber de este manantial sin conocer el halo de misterio que rodea la fuente. Una antigua leyenda recorre la villa marquesal sobre una joven sonámbula abandonada y un forastero que la rescatará de su sueño eterno.
Dice la leyenda que, al caer la tarde, los caños se quedan desiertos de zagalas que van por agua a llenar los cántaros y sus enamorados escondidos a rondarlas. Pero al caer al noche, cuando sólo son las sombras las que vagan y el silencio domina, aparece el espectro de un fantasma, vestido con una túnica blanca. Se trata de una joven muchacha que todas los días llena agua. Una noche de invierno, un forastero, cansado por la dura jornada, baja las escaleras que llevan a la fuente a saciar la sed que le quemaba, sin conocer el misterio que recorre el lugar. Y como todas las noches el fantasma bajó dormido en sueños con su cántaro. Él escondido, ve como la joven muchacha se despierta al mojarse con el agua y él veloz la cubre con sus brazos y la envuelve en su capa. De ese abrazo nacerá el amor.
Las fuentes han sido el lugar de los enamorados y más en Vélez Blanco, donde las fuentes vertebran toda la localidad. Así, estas se convertían en un espacio de libertad. Era el lugar donde los jóvenes podían juntarse, sobre todo aquellos años que las chicas solían salir poco de casa, la fuente era el lugar del recreo, al igual, que lo sería, la salida de misa, las romerías o las fiestas del patrón. Esta costumbre de ir a las fuentes continúa en Vélez Blanco, y se pueden ver a los jóvenes por los paseos de piedra o las veredas hacia las distintas fuentes o los niños jugando al lado de un caño.
Aún hoy, las gentes de Vélez Blanco cuentan esta historia y dicen que quien bebe de sus caños siempre termina enamorado. Las parejas bajan juntas a beber del manantial del amor y los que todavía no son novios a buscar en las aguas de la fuente ese encuentro como el forastero y la joven.
Setenta 'sanvalentines'
Dicen que el 'Día de los Enamorados', San Valentín, es el mejor día para expresar el amor que uno siente hacia otra persona, pero esa máxima no se cumple con Felipe y Carmen. A ellos no les hace falta celebrar la tan señalada fecha para otros, ya que día a día se expresan mutuamente su amor. Lo vienen haciendo desde hace setenta años, sesenta de casados -los cumplen el próximo día 20- y esos otros diez que se tiraron de noviazgo, desde que se conocieron en su Guadix natal.
A Felipe Molero, 85 años, agricultor durante toda su vida, una enfermedad, con amputación de una de sus piernas le mantiene impedido desde hace aproximadamente dos años. Sentado en su silla de ruedas, y un tanto desorientado, coge la mano a Carmen, 84 años, mientras ella recuerda como fue aquel 'flechazo' que les llevó a unir sus vidas para siempre. Cuenta Carmen que Felipe era amigo de sus cuatro hermanos «sobre todo de Manuel, el mayor», y que aquello sirvió para allanarles el camino. «Estuvimos diez años 'ennoviando' y en el año 1950 nos casamos», recuerda Carmen, que presume de haber sido la primera mujer de su pueblo en casarse de blanco.
Han pasado sesenta años y ahora Carmen se recupera de una rotura de cadera, consecuencia de una caída producida precisamente en una de esas noches que se levantó de la cama para atender a Felipe. Ambos conviven en la Residencia San Antonio, en Las Cabañuelas de Vícar, desde que la salud de Felipe se resintió y le hizo necesitar una atención especial. Carmen no quiso dejarlo solo en la residencia, así que ingresó con él. «Para lo bueno o para lo malo, siempre hemos estado juntos y cuando sucedió lo de su enfermedad no quise quedarme con mis hijos», asegura Carmen, ante la mirada del hombre que conoció con apenas catorce años y con el que confiesa haber sido feliz todos estos años. «Como en cualquier pareja hemos tenido nuestros malos momentos, pero han sido sesenta años de matrimonio de los que estamos muy contentos y llenos de alegría», no duda en decir mientras fija su mirada en Felipe, que se limita a asentir con la cabeza.
Para ambos, la fecha de San Valentín ha tenido en todos estos años una connotación especial, tal vez por la cercanía de la misma a su aniversario de boda. Como para tantas parejas, han aprovechado la misma para reafirmar su amor, haciéndose algún regalo especial, unos zapatos, un vestido, alguna que otra media,,, «nada de tonterías, algo práctico, pero siempre acompañado de un beso», recuerda Carmen que define a Felipe como «un hombre cariñoso, detallista, pero algo olvidadizo», aunque de inmediato añade, «cuando se olvidaba, ahí estaba yo para recordárselo».
Sus tres hijos - Antonio, Carmen y María José- han sido su mayor alegría en esta vida, con ellos llegaron a Aguadulce para trabajar en la agricultura, juego vendría sus nietos, hasta seis. «Sus hijos vienen con mucha frecuencia a visitarlos», señala Isaac, el 'fisio' de la Residencia, presente en la conversación.
Felipe presume de ser buen cocinero y de haber sorprendido en más de una ocasión a su mujer, como en aquella ocasión que le preparó un buen Rabo de Toro, «no recuerdo si era San Valentín, o no, pero es igual como si lo fuese, ya todos los días que llevo con Carmen, han sido San Valentín», asegura Felipe, que con ternura, y algo de esfuerzo por su parálisis, mantiene cogida la mano de su amada esposa. En la Residencia todos destacan el mimo con el que Carmen trata a Felipe, «se desvive por su esposo, siempre está pendiente de él», comenta una de las cuidadoras, que confiesa que «Felipe se queja más cuando está ella que cuando no lo está, como se ha comprobado los días que ha estado ella ingresada en el hospital por su caída». Ahora Carmen se está recuperando, liada con la rehabilitación, pero convencida de que pronto volverá a tener la misma autonomía de hace unas semanas, y poder seguir atendiendo a Felipe, como lo ha hecho en los últimos sesenta años.
Hoy ambos vivirán una jornada especial y Carmen solo pide sentirse fuerte y que no le cueste hacer los ejercicios de rehabilitación, y poder estar junto a Felipe, recortando corazones y degustando juntos los pasteles en forma de corazón con que la Residencia festejará San Valentín. «A estas alturas de la vida, enamorados no estamos, pero nos queremos con locura», nos dicen a modo de despedida.
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