San Sebastián llega a Lubrín con un pan bajo el brazo

San Sebastián llega a Lubrín con un pan bajo el brazo

La fiesta en su origen tiene mucho que ver con las épocas en las que las epidemias de peste y cólera hacían estragos en la población  

FRANCISCO MARTÍNEZ PEREA ALMERÍA

Cada año, el 20 de enero, el pueblo almeriense de Lubrín celebra una peculiar fiesta en honor a su patrón, San Sebastián, llamada del pan, declarada de Interés Turístico de Andalucía y cuyo origen no está del todo claro, aunque son mayoría los que piensan que tiene mucho que ver con las épocas donde las epidemias de peste y cólera hacían estragos entre su población y las personas más pudientes lanzaban comida y dinero desde los balcones a los pobres para no entrar en contacto con ellos y evitar así posibles contagios. También se cree que guarda relación con la recuperación de las cosechas de cereales después de años de pobreza. En cualquier caso, ya sea ofrenda a los más necesitados o mero cumplimiento de una promesa colectiva por un bien recibido, la tradición, alimentada año tras año, se ha convertido en algo más que un acontecimiento religioso para Lubrín, como lo prueba el hecho de que en sus últimas y más recientes ediciones la visita de turistas –alrededor de diez mil– haya supuesto una gran promoción del municipio y de sus costumbres no solo en toda la provincia, sino igualmente en gran parte de Andalucía e, incluso, en el extranjero.

San Sebastián es un santo venerado no solo por la Iglesia católica, sino igualmente por la ortodoxa. Fue soldado del ejército romano y del emperador Diocleciano, quien desconociendo que era cristiano llegó a nombrarlo jefe de la primera cohorte de la guardia pretoriana imperial. Nacido en Narbona (Francia) en el año 256, pero educado en Milán, Sebastián cumplía con la disciplina militar, pero no participaba en los sacrificios paganos por considerarlos idolatría. Por el contrario, como cristiano, ejercitaba clandestinamente el apostolado entre sus compañeros, visitando y alentando a otros cristianos encarcelados por causa de su religión. Sebastián acabó por ser descubierto y denunciado al emperador Maximiano, amigo de Diocleciano, quien lo obligó a escoger entre poder ser soldado o seguir a Jesucristo.

El santo escogió seguir a Cristo, lo que decepcionó al emperador, que lo amenazó de muerte, algo que no amedrentó al futuro santo, que se mantuvo firme en su fe. Enfurecido Maximiano, lo condenó a morir y tras ser detenido, los soldados del emperador lo llevaron al estadio, lo desnudaron, lo ataron a un poste y lanzaron sobre él una lluvia de flechas, dándolo por muerto. Sin embargo, sus amigos se acercaron a él y, al verlo todavía con vida, lo llevaron a casa de una noble cristiana romana llamada Irene, esposa de Cástulo, que lo mantuvo escondido y le curó las heridas hasta quedar restablecido.

Los amigos de Sebastián le aconsejaron que se ausentara de Roma, pero él se negó rotundamente a  seguir el consejo. Y no solo eso, ya que se presentó ante el emperador, que ya lo daba por muerto, y le reprochó enérgicamente su conducta por perseguir a los cristianos. Maximiano, tan desconcertado como ofendido por la osadía del personaje, mandó que lo azotaran hasta morir y los soldados cumplieron esta vez sin errores la misión, tirando su cuerpo en un lodazal. Los cristianos lo recogieron y lo enterraron en la Vía Apia, en la célebre catacumba que lleva el nombre de San Sebastián. Murió en el año 288.

El culto a San Sebastián es, por tanto, muy antiguo y está muy extendido, ya que los primeros cristianos de Roma perseguidos llegaron a las islas del Mediterráneo y trajeron con ellos su devoción al mártir Sebastián, quien además de ser invocado contra la peste y contra los enemigos de la religión, es llamado ‘el Apolo cristiano’ ya que es uno de los santos más reproducidos por el arte en general. Su fiesta se celebra el 20 de enero y ha estado siempre unida a la de San Fabián en la festividad de los Santos Mártires.

Cuando en la conquista de Almería por los Reyes Católicos se inició la cristianización y castellanización de la provincia, en muchos lugares, entre ellos Lubrín, los moriscos quedaron sometidos, aceptando las nuevas condiciones sociales y económicas impuestas por los cristianos. Posteriormente, ante el incumplimiento de los pactos por ambos bandos y la operación religiosa y fiscal de los Austrias sobre esta minoría, se produjo la rebelión de los moriscos de las Alpujarras, secundada en el resto de villas y lugares de Granada y Almería, incluidos los de la Sierra de los Filabres.

Para sofocar dicha rebelión fue enviado a estas tierras un importante ejercito al mando de Don Juan de Austria, quien una vez sofocada la revuelta en cada lugar impuso a San Sebastián como santo para la devoción, acción de gracias y patrón.

En la provincia de Almería las fiestas patronales, denominadas ‘Del Voto’ y las relacionadas con San Sebastián tienen mucho que ver con las epidemias de peste y cólera que sufría la provincia en los siglos pasados. Estas enfermedades traían años de miseria y muerte, provocando la desaparición de sus habitantes. Uno de los remedios fue confiar en el ‘milagro’, proliferando los actos religiosos y las procesiones de santos, coincidiendo en la mayoría de los casos con la finalización de las enfermedades colectivas.

El ‘Día del Santo’ en Lubrín es sin duda el día grande del pueblo. Un día donde el hermanamiento es total y los actos típicos de toda fiesta que se precie, con cohetes y, en este caso, roscas y rosquillas de pan, procesión tradicional y una organización perfecta. Pero escapa a toda duda que lo más significativo de la conmemoración que nos ocupa es el pan, la abundancia del pan para compartir entre todos los asistentes, en unos casos entregado a la salida del santo y en otros arrojado desde los balcones durante el recorrido. Además del pan también se arroja dinero y flores.

Cuatro grupos de personas

En Lubrín todo el pueblo participa activamente en la procesión. Hay cuatro grupos de personas muy bien definidos y que lo hacen a lo largo de toda su vida: un primer grupo formado por los lanzadores/as encargados de arrojar al paso del santo los roscos de las promesas desde los balcones o ventanas que hay en las casas del recorrido; un segundo grupo formado por las personas de avanzada edad y algunos de los visitantes, que permanecen observando entusiasmados el espectáculo; un tercer grupo encargados de conducir con maestría y proteger el trono del santo durante el recorrido del cortejo y un cuarto grupo de personas, integrado por los inquietos ‘rosqueros’, que pelean en noble batalla callejera por coger en el aire los roscos y rosquillas lanzados durante el recorrido. La competencia entre estos últimos es grande, pero como es una lluvia de roscos lo que se produce en algunos momentos, todos los participantes quedan satisfechos de haber cumplido con su tarea y poder llenar su correa o cuerda con tan rico producto.

Hay que significar que la gran cantidad de roscos lanzados en poco tiempo es lo que acentúa el carácter popular de la fiesta de Lubrín y la hace distinta al resto de las celebradas en otros pueblos. Y es que hay una doble competencia entre familias por participar en la fiesta con grandes cantidades de roscos y desde cualquier rincón del municipio llegan con sus sacos repletos de pan para el santo, bien sea para cumplir con las promesas de todo el año o simplemente por seguir una tradición ancestral. Se trata, por tanto de una fiesta singular, mítica, costumbrista y religiosa que gira en torno a la procesión del Patrón y al pan, con un cortejo que suele desarrollarse con cierto orden dentro del desorden que supone la recogida de los roscos, los gritos, las palmas y vítores al santo y, sobre todo, el entusiasmo entre los participantes por ser el mejor rosquero o lanzador. Destacar también la participación de las peñas de jóvenes, así como las sentadas que realizan ante el santo para regular el tiempo del recorrido, al final del cual siempre se entona un himno dedicado al santo antes de su entrada en la iglesia. Posteriormente, como manda la tradición, lo procedente es comerse los roscos rellenos de anchoas con los amigos y la familia en la plaza del pueblo.

Lubrín, pueblo viejo, de emigrantes y cantero, hunde sus raíces a lo largo del tiempo y cuenta con una oferta alimenticia cuando menos interesante. La base económica de esta localidad almeriense son las canteras, contando con una de las más importantes de la provincia, El Tranco. La agricultura, la ganadería y la quesería, completan el abanico de recursos. En cuanto a la gastronomía, señalar que está influenciada por el clima, la economía, los recursos naturales del lugar, las estaciones del año y, como en el caso que nos ocupa, las festividades religiosas, con el pan como uno de sus grandes reclamos.

En el plano monumental, Lubrín es ya de por si un monumento por su precioso entorno. Cuenta además con las típicas plazas de ‘arriba’ y ‘abajo’, la iglesia de la Virgen del Rosario, el antiguo lavadero y el edificio del teatro de Soto Mayor, además de casas de turismo rural de gran encanto.

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