Amor y dolor en el funeral de Gabriel

Los padres de Gabriel tocan el féretro de su hijo frente a la triste mirada de miles de personas en la plaza de la Catedral. hueso /FOTOS: SERGIO G.
Los padres de Gabriel tocan el féretro de su hijo frente a la triste mirada de miles de personas en la plaza de la Catedral. hueso / FOTOS: SERGIO G.

MIles de personas siguieron la homilía del obispo Adolfo González a través de una pantalla gigante en las puertas de la Catedral de Almería Almería arropó por última vez a la familia del chico en una misa fúnebre multitudinaria

S. GONZÁLEZ HUESOALMERÍA

«A todos los que estamos aquí hoy, esto no se nos olvidará jamás». María Ángeles, con esta frase, trataba de hacer comprender a su interlocutor que la herida que ha abierto el triste caso del pequeño Gabriel Cruz en la sociedad almeriense quizás no llegue a cerrarse jamás. Que la forma en la que ha acabado todo, con la muerte violenta del 'pescaito' de Ángel y Patricia, siempre estará presente de alguna manera o de otra en la cotidianidad de unos vecinos que han vivido esta historia como si fuera propia.

«No se trata de si uno tiene hijos o no, sólo es una cuestión de humanidad, de empatía con una familia que ha sufrido una injusticia inasumible», subrayaba Ana, que confesaría después que desde el pasado domingo no le encuentra nada bueno a su nombre, el mismo que comparte con la autora confesa del crimen de Gabriel.

Directamente nadie quiso ayer pronunciar esas dos fatídicas palabras juntas. Era el día de despedir al que hubiera sido un biólogo marino de ojos vivos y sonrisa cautivadora. Desde bien temprano eran cientos de personas las que habían acudido a presenciar el último triste acto público de la corta historia de Gabriel. Pocas horas después de que hubiera cerrado la capilla ardiente del chaval, cientos de vecinos se agolpaban ya en el lugar en el que estaba previsto su funeral, la Catedral. Con la entrada al templo perimetrada por las fuerzas del orden, un gran pasillo central ordenaba el gentío, que se diseminaba entre palmeras o unidades móviles de radio o televisión.

La expectación era enorme. Parecida a la que ya hubo en los momentos de búsqueda del menor, en la concentración del viernes en la capital, durante los cinco minutos de silencio tras la muerte del chiquillo o en el velatorio del pasado lunes. Una larga escalinata de sinsabores a cuyo último escalón se llegó exhausto. Al funeral fue la gente con el chico y su familia en la cabeza. Para respetar el deseo expreso de Patricia, que no quería más rabia en la calle y que toda la energía se derrochase en despedir a su hijo y olvidar a «la bruja mala del cuento», tal y como dijo a los medios al finalizar la misa.

La consecuencia fue el respeto y el recogimiento que se vivió en las puertas de la Iglesia, a la que a partir de las nueve fueron haciendo entrada los allegados de Gabriel y las autoridades. El pueblo estaba fuera, lo seguiría todo por una gran pantalla instalada junto al templo. En el gran pasillo y mientras esperaba, con cada presencia de guardias civiles, de policías o de agentes de protección civil del dispositivo de seguridad, a la gente se le caía un sentido aplauso de agradecimiento a todo el ingente y triste trabajo que han tenido que hacer durante todos estos días de infausto recuerdo. Dos repiques de campana retumbaron a las 10.30 horas. Todo se tornó entonces en mutismo. En un sorprendente silencio fueron llegando a la plaza coches oficiales.

De algunos de ellos se bajaron la vicepresidenta Soraya Sáez de Santamaría y el ministro Juan Ignacio Zoido, que ya portaba la ya famosa bufanda azul celeste que vestía Patricia, quien se la había obsequiado minutos antes. Su llegada trocó el silencio en aplausos, que se fueron incrementando a medida que iban llegando más familiares del pequeño. Con casi todos ya en sus asientos en el templo catedralicio, llegaría para todos los presentes el primer momento verdaderamente duro del día. La comitiva fúnebre con el cuerpo del pequeño hizo su entrada seguida de dos utilitarios, donde iban sus padres y abuelas.

En uno de ellos, ya parado en el pasillo de acceso, se bajó la ventanilla poco a poco y una mano comenzó a saludar. Era Patricia, que una vez más se fundía en un alegórico abrazo con toda esa gente a la que tantas veces ha emocionado con sus palabras. La respuesta fue de amor profundo y dolor impotente. De un apoyo unánime que se fue repartiendo a continuación con el padre, las abuelas o cualquiera que fuera importante para Gabriel. Conmocionado, todo el mundo ya esperaba el peor momento: el traslado del pequeño féretro blanco al interior de la Catedral.

Cuatro operarios comenzaron a sacar el cuerpo de la misma manera quirúrgica que lo introducirían hora y media después. Eran las once de la mañana y un grito mudo de desconsuelo quebró la plomiza mañana de Almería. La comitiva, ya a pie, fue recorriendo los escasos 20 metros que les separaba de la oscuridad del templo. Tras Gabriel, sus padres caminaban abrazados acompasando su dolor con el del resto del cortejo, que poco a poco fue entrando en la Iglesia mientras se oía el clamor de la plaza: «¡No estáis solos!».

La despedida

La misa 'corpore insepulto' la ofició el obispo de Almería, Adolfo González. La vio toda la plaza con respeto por todos aquellos que no habían podido asistir. Eran la representación efectiva de un pueblo entero que se volvió a partir de desconsuelo cuando la comitiva caminó sobre sus propios pasos. Con la última palabra del obispo comenzó el principio de fin de la vida pública de la familia de Gabriel. Los operarios hicieron de nuevo su trabajo con discreción y de la misma forma se apartaron.

En mitad de la plaza, ahí estaba el coche fúnebre abierto con el ataúd del chico esperando el penúltimo adiós. Sus padres se acercaron lentamente y lo besaron. «Siempre estarás con nosotros, Gabriel», le dijo Ángel a su hijo entre lágrimas. Seguidamente dieron dos pasos atrás dejando intimidad a la abuela, la última persona que quería de verdad al pequeño y que lo vio antes de que lo mataran. Se abalanzó sobre el féretro y apoyó su cara, como si le oyera hablar. Tras la triste escena y con las tripas destrozadas, la gente escuchó lo que tenía que decir Patricia. La madre, con serenidad dio de nuevo las gracias y pidió dos cosas, sensatez en la reacción por lo sucedido e intimidad para que ella y su familia pudieran enterrar a su pequeño. Tras las emotivas palabras la comitiva abandonó la plaza entre los aplausos, lágrimas, amor y dolor de un país entero.

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